Varios. Opowiadania.

noviembre 21, 2019

Varios, Opowiadania
Páginas de espuma, 2008. 218 páginas.
Trad. Joanna Bielak.

Incluye los siguientes relatos:

En quiebra, Adam Czerniawski
El sentido de la vida, Adam Wiedemann
El herrero Kruk, Andrzej Stasiuk
Cuaderno de William Moulding, jubilado, Gustaw Herling-Grudziñski
Sin rastro, Henryk Grynberg
Cómo llegar a ser rey, Jerzy Sosnowski
Velada literaria, Olga Tokarczuk
La mesa, Pawel Huelle
El último invierno antes del diluvio, Wlodzimierz Odojewski
Rayos del cielo, Wojciech Kuczok

Recordaba haber leído una antología de Pitol en un archivo libro tan inencontrable que sólo estaba en formato electrónico. Esperaba encontrar algo parecido en esta antología, pero es muy diferente. Imagino que aquella -que perdí- era de autores clásicos y ésta de autores modernos. Y me ha decepcionado un poco.
No es que los relatos están mal, que no lo están, pero hay pocos memorables. Destaca mucho, en mi opinión, Sin rastro y al menos es original -aunque tampoco es que me haya gustado demasiado Cómo llegar a ser rey. El costumbrista La mesa también es remarcable.

He encontrado críticas a la traducción, y algo de eso puede haber. La única reseña que he visto es esta: Antología del nuevo cuento polaco.

Recomendable.

P.D. Olga Tokarczuk acaba de ganar el premio Nobel.

No sabía hacia donde iba. Iba hacia adelante. A veces después de toda una noche y a veces después de unas cuantas noches llegaba al sitio desde el que había partido. Tenía miedo a la gente pero sufría estando sola. En el gueto había estado con mi madre y mi hermana y con todos los que estaban sufriendo pero aquí me encontraba sola entre los que me perseguían y entre personas que vivían bastante bien.
Para pasar el día me cavaba una tumbecita en la blanda tierra del bosque y me escondía debajo de las hojas e hierbas pero en invierno en la nieve quedaban las huellas. Los graneros no eran seguros porque siempre acababa entrando alguien y, además, los crueles perros aldeanos ladraban desde lejos. Así que me escondía en los hoyos en los que se guardaban patatas. No daban tanto calor como los graneros pero se estaba mejor que en el bosque. Y tenía patatas de sobra. Cuando uno está con hambre, las patatas crudas van muy bien. Y -lo que es más importante- contienen mucha agua. Y yo estaba más falta de agua que de comida. Comía lo que me encontraba, zanahorias del campo, coles, remolachas, pero siempre tenía sed. En invierno comía nieve, en verano bebía de los charcos como los perros. Siempre me dolía el estómago. Comía hormigas, lombrices y víboras. No les tenía miedo. Yo no les hacía nada así que no se metían conmigo. No como las personas. Me lavaba bajo la lluvia o en los arroyos. Me molestaban mucho los piojos, me despertaban del sueño. Intentaba quitármelos sacudiendo la ropa. No tenía nada con que peinarlos hacia fuera para quitármelos.

Una vez llegué a una pineda sin monte bajo. Estaba buscando sin éxito un sitio para refugiarme. No tenía fuerzas para ir a otro bosque. Me quedé dormida un rato pero me despertó el miedo así que subí a un árbol. Hice bien porque, al poco tiempo, vinieron los alemanes en moto y los ucranianos en bicicleta. Encendieron hogueras, acamparon allá, comieron, bebieron y mearon debajo de mi árbol. Me picaban las hojas puntiagudas en la nuca pero tenía que seguir inmóvil, orinarme encima y dedicarme a observarlos todo aquel odioso día.
Una tarde no encontré fuerzas para levantarme y me quedé en mi tumbecita para descansar. Pero no recuperé la fuerza, así que me quedé allá para pasar la noche siguiente. Y luego, otra. Después ya perdí la cuenta. Estábamos en primavera. No sentía frío. Tampoco tenía hambre. Incluso los piojos molestaban menos, así que dormía. Sólo me despertaba la sed. En un momento me pareció oír voces humanas pero no podía huir, no podía mover ni el brazo ni la pierna como en un sueño, así que pensé que estaba soñando. Cuando vi unas botas ligeras y no muy altas intenté levantarme. En vano. Me había quedado clavada en la tierra. Y de repente pensé que estaba bien que no me pudiera levantar que ya estaba, ya se había acabado todo y no había que ir más a ninguna parte. Y me sorprendí de no entender para que me había esforzado tanto. Luego me despertaba por unos momentos bajo una capota plegable que daba sacudidas al pasar por los baches. Me deben de estar llevando adonde está mi padre, pensé. Alguien me gritó a los oídos: diewuszka, diewuszka, Niemiec kaput!

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