Varios. La aldea de F.

abril 5, 2024

Varios, La aldea de F
Universidad Nacional Autónoma de México, 2011. 200 páginas.

Microcuentos escritos por Eva Díaz Riobello, Isabel González González, Teresa Serván e Isabel Wagemann a partir de el cuento El guardagujas de Arreola. Desplegando múltiples caminos desde ese tren en medio del desierto y una aldea en medio de la nada construyen diferentes historias que se entremezclan, se inspiran, se complementan y nos llevan a un espacio donde todo es posible.

Los que menos me convencieron fueron los primeros, quizás por estar más apegados al cuento, pero después cogen vuelos y hay relatos magníficos (dejo muestras) que están entre los primeros de este género tan complicado.

La autoría se diluye, primero, porque las autoras afirman haberse editado y aconsejado unas a otras, y porque a pesar de que en cada cuento aparecen al final las iniciales de la autora, uno los lee sin tenerlo en cuenta, aunque poco a poco vas reconociendo el estilo de cada una.

Muy bueno.

Hermanos
En la aldea de F. la vida era muy dura. No había tiempo para juegos y, cuando nació mi hermano, aun hubo más bocas que alimentar. Siempre me molestó su alegría innata, aquella mirada soñadora que parecía elevarle por encima de nuestras míseras vidas, así que de vez en cuando le daba una paliza para devolverle a la realidad. Le rompí la flauta con la que hacía bailar a los ratones del sótano y otro día quemé el muñeco que había tallado en un trozo de madera.
Una tarde le sorprendí en el huerto, con un puñado de judías en la mano. Quería plantarlas y hacerlas crecer hasta el cielo. Le pateé hasta que las soltó y aquella noche las cenamos estofadas. Él no quiso probar bocado, pero me pareció que sonreía con disimulo. Por la mañana su cama estaba vacía y a nosotros se nos había cubierto el cuerpo de pelo. No está tan mal. Papá sigue durmiendo en su cama dura y mamá en su cama blanda. Yo no he perdonado a mi hennano y aún sigo esperando que regrese para hacerle probar mis nuevas zarpas.
Anoche, cuando volvimos de explorar las vías del tren, vi un bulto acostado en mi cama y, convencido de que era él, le salté encima. No hubo suerte. Mamá me ha consolado y después ha limpiado los rizos rubios que quedaban en el suelo. Al menos hoy no cenaremos sopa.
EDR

Un último beso
Se citaron en el parque de cactus donde se habían besado por primera vez. Ella llegó pronto y lo esperó bajo la lluvia. De sus pies brotaron raíces y, a media tarde, nacían las primeras flores. Cuando por fin él acudió a la cita, no pudo encontrarla; en su lugar, un cactus aguarda impaciente que el amante se acerque un poco más, lo justo para ensartarle una espina en la garganta.
TS

Cama con espejos
A don Gonzalo Rojas
Reflejados infinitamente en los espejos de uno y otro lado de la cama, hicimos todas esas veces el amor.
IW

La coleccionista
Una niña coleccionaba arena. Aislaba cada granito, lo cogía con una pinza y lo guardaba en un vaso de vidrio. Miles de átomos de coral, cientos de pizcas de nácar y quién sabe cuántas partículas de cuarzo geminado albergaban sus recipientes. La gente venía de lejos a contemplar su exposición. Ella les asignaba un número y ellos transitaban los pasillos hasta que de repente, pegaban la nariz a tal o cual vaso y acariciaban exta-siados la superficie del cristal. “¿Qué les ha parecido?”, les preguntaba al salir. “Son unas vasijas preciosas”, contestaban los visitantes. La niña apuntaba en su cuaderno: “trescientos cuarenta y un mil”. Era magnífica su colección de idiotas.
IGG

Caperucita
La madre puso a su hija un vestido rojo y le pidió que llevara una carta al prestamista. El hombre leyó el mensaje y sonrió a la niña. ‘‘Qué dientes tan grandes tiene”, pensó ella, mientras, a sus espaldas, él trancaba la puerta.
EDR

Reencuentro
El olor de la sangre provenía de aquella casa, no había duda, aunque parecía abandonada desde hacía mucho tiempo. Receloso, olfateó las huellas frescas que alguien había dejado en el barro de la entrada. Pertenecían a un pie delgado y firme, con un perfume inquietantemente familiar. La puerta principal estaba entreabierta y no pudo resistir la tentación de echar un vistazo. En un rincón de la sala halló el cadáver desmadejado de la anciana. Tumbado sobre un desorden de prendas rojas, sin duda era la fuente de aquel aroma tramposo que le había atraído hasta la aldea desde las profundidades del bosque. No había terminado de atar todos los cabos, cuando una risa maliciosa se dejó oír desde el dormitorio. Ella lo esperaba allí, su cuerpo blanco completamente desnudo y las trenzas rubias deshechas sobre la almohada. Sus pupilas amarillas se agrandaron al ver cómo la joven estiraba sus largas piernas, tentadora. “Acércate, lobo”, susurró, “ya no soy una niña”.
EDR

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