Javier Pérez Andújar. La noche fenomenal

noviembre 20, 2019

Javier Pérez Andújar, La noche fenomenal
Anagrama, 2019. 270 páginas.

El programa de misterio La noche fenomenal se enfrenta a una serie de sucesos que están amenazando al mundo real. Unas grietas dan acceso a otro mundo donde la gente se transforma sin querer en personajes famosos. Se puede viajar entre mundos, pero es algo muy peligroso…

Las novelas de Javier Pérez Andújar son una delicia. Es cierto, apenas tienen trama, pero no les hace falta. Si otras obras suyas abundan en frases líricas, esta es pródiga en personajes parcialmente basados en personas reales que son una delicia de escuchar (porque cuando los lees, te parece estar escuchándolos). Uno de ellos, central, ha resultado ser la música y cantante Tina Gil a la que escuché hace tiempo en un recopilatorio y quedé fascinado por su música marciana.

He disfrutado con la lectura desde el principio atropellado hasta el final incierto, y me he enamorado de ese grupo de seres al margen que se mueven bajo la lluvia intentando encontrar una verdad escurridiza.

Delicioso.

-Ya te lo he dicho, a salir de aquí.
-¿De dónde aquí?
—Tengo que liquidar este karma. El señor Pitágoras se cree muy importante porque resulta que se va a Madrid a hacer lo que le da la gana, que es lo que ha hecho toda su vida. Me ha echado de esta casa y ahora vivo en un cuchitril en la Bonanova.
-No parece mal sitio. Ahí vive mucha gente de pasta.
—Es una cárcel -dijo, y bajó la cabeza y su rostro quedó cubierto por su pelo.
—¿Cómo crees que puedo ayudarte?
—Es un puto bucle. Ese que se hace pasar por mi hermano me ha dicho que cuando se vaya podré volver a esta casa. Y está bien porque es lo que me corresponde, pues la casa no es suya, y puestos a decir verdad, es más mía que suya; pero no, el señor Pitágoras ha tenido que confinarme en el tugurio de la Bonanova. Solo hay uno más cutre en toda Barcelona, que es donde vive el madrigalista del Clot. ¿Has estado alguna vez en su casa? Es muy gracioso ese tipo. Lo tiene todo manga por hombro, todo el piso atiborrado de instrumentos medievales. Me refiero a instrumentos musicales, no de tortura. ¿Cómo se diría si fuesen de tortura? Eso, aparatos de tortura. Es muy bonito conocer las palabras. Yo antes conocía muchas palabras. Me esforcé por conocerlas todas, pero alguien se ha empeñado en que no lo consiga. Ahora, que estoy en ello. No voy a dejar que se salgan con la suya. Toca muy bien el torloroto. No todo el mundo puede tocar ese instrumento. Tiene muy buenas cualidades el madrigalista del Clot. Pero, ah, no, no, no vuelvo a la Bonanova, yo no paso en esa prisión ni un día más. Y no creas…, que lo de aquí también es una trampa, porque como regrese a esta casa ya no podré salir jamás, y de nuevo estaré como en el principio. Tengo que salir de este samsara. Ayúdame, por favor. ¿Me invitas a un café? Otro
día te lo pago. Vamos aquí cerca, que lo tienen muy bueno. Ya no se puede tomar café casi en ninguna parte. Lo primero i|ue hago al entrar en un bar es ver si tienen de la marca Illy. Si no lo veo me salgo.
—No puedo acompañarte ahora. Estoy ayudando a un amigo a recoger los libros de tu hermano.
—Se cree muy inteligente el señor Pitágoras. Ha llenado la casa de libros para que no quepa dentro nadie más que él.
Isis elevó el volumen de su voz como si quisiera que la oyera su hermano en la planta de arriba y no se dirigiera a mí.
-Es igual que la masa devoradora de aquella película. Se expande a través de los libros como esos seres extraterrestres que lo iban invadiendo todo. ¿Por qué te crees que escribe libros? Para ocupar espacio. Es una criatura egoísta. Si lo sabré yo. Dile a tu amigo que acabe la faena solo. Disculpa, me he pasado. No nos conocemos de nada y te estoy metiendo en un lío. Creo que voy a llorar. Bueno, tengo que irme, que veo que el señor Pitágoras está muy ocupado, como siempre. Volveré a la tarde. Me ha encantado conocerte. Espera, te voy a hacer un regalo para que me disculpes.
La mujer sacó un lápiz azul y una libreta de su bolso y dibujó un Tintín muy alargado acompañado de Milu. Miró su dibujo satisfecha, con una sonrisa inmensa que era como un trallazo de alegría.
-Aún falta algo —dijo, y le dio la vuelta a la hoja para escribir el número de un móvil. Arrancó la página y me la puso en la mano. Cuando se levantó se sacudió los pantalones y se dirigió hacia la portería.
-No pierdas esa hoja por favor. Y llámame si tienes problemas. Yo soy muy buena solucionando problemas.
Desde el portal abierto me lanzó un beso con la mano antes de salir a la calle.

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