Fernanda García Lao. Estación Saturno.

abril 21, 2026

Fernanda García Lao, Estación Saturno
Candaya, 2025. 140 páginas.

Un hombre y una mujer, hermanos, regresan a casa tras el funeral de su hermano mayor. Tras una parada en una gasolinera, donde se escapa el gato que es lo único que les quedaba del fallecido, llegarán hasta un extraño hotel donde todo es extraño y desconcertante.

Si hace poco me quejaba de un libro que estaba bien escrito pero que no llevaba a ninguna parte, esta Estación Saturno es todo lo contrario. Igualmente bien escrito, te sumerge rápidamente en una atmósfera a medio camino entre Kafka y Lynch, te desconcierta, te abandona al extrañamiento y te perturba en varias páginas.

La novela no tiene un inicio, nudo y desenlace y, aún así, no sales del libro igual que entras, y es de esos textos que se te quedan pegados días en la memoria. Lo leí, además, en el estado adecuado de ánimo, así que todo bien. Menos la portada, que no le pega ni por casualidad al contenido.

Muy bueno.

PECERA AL REVÉS
Lo que se pierde
La hermana toma la ruta y avanza veloz. El hermano levanta la mano izquierda como diciendo más despacio. El limpiaparabrisas se agita igual que la cola del gato cuando el muerto estaba vivo y salía con él en los hombros. La lluvia menea el auto como si fuera de gelatina. Las piernas z
de ella ya están secas. El sigue empapado. Su mano hurga el papel descubierto en el bolsillo, junto a la estampita inmunda que sustrajo, sin ánimo de revelar su contenido.
Las luces traseras de la camioneta se han extraviado. Pero la hermana ya cree distinguir, a pesar de la lluvia, la torre extraña de la municipalidad de Guaminí, con el reloj en la punta. Cinco y media, le parece ver. La hora no coincide con la del auto, dos y cinco. El extravío se agudiza cuando mira de soslayo su reloj pulsera. Cuatro y diez.
Lj) que se lee
El cuentakilómetros. Las señales. El papel que el hermano extrae del bolsillo. Al desdoblarlo, se ayuda con la linterna. Un gran Perdóname. escrito a mano por el muerto en una hoja de cuaderno. La letra inconfundible la conoce bien. Se la imitaba desde que era chico. Será que se escribió a sí mismo o hubo un destinatario, se pregunta. Apaga la luz, guarda el papel. Al cabo de un instante, lo extrae de nuevo, prende, relee, lo guarda.
/ jo que el silencio mastica
Ahora se le da por jugar con la linternita. Las luces distraen. La hermana ensaya insultos y recriminaciones mentalmente, tiene un glosario para decir. Su madre nunca la dejó putear, una mujer no dice esas palabras. Los hermanos eran libres de hacerlo. Ella tuvo que odiar bajito, en abstracto. Ha juntado tanta ira, que de noche se le endurece la mandíbula y las encías le sangran.
El hermano contempla opciones posibles para ese Perdóname que el muerto escribió y puso en el bolsillo. Porque no puede ser casual, se dice. Va dirigido a mí. Un perdón en diferido, enviado desde el otro mundo. Cómo adivinó que usaría este traje preciso entre los que había disponibles en el ropero. Es verdad que no eran muchos, sólo un par decentes. Los demás, excesivamente felices, claritos o rayados.
El muerto le escribe desde el más allá mientras se robaron su gato. El perdón llega demasiado tarde, se dice el hermano. O demasiado temprano. ¿Pide perdón por haberse matado, por haberlo hecho cómplice de sus desvarios mentales o por dejarles el gato? Quizás el muerto lo escribió para otra persona, el papel quedó olvidado en el bolsillo y la mala suerte quiso que muriera sin entregarlo.
Una semana atrás, el Perdóname no le hubiera provocado ninguna emoción, pero ahora, tras el deceso, y junto a la estampita roñosa de San Cosme y San Damián que sustrajo del local, cobra una significancia insoslayable. Los hermanos médicos. Uno, el muerto, que dejó la profesión al saberse enfermo. Otro, el vivo, que continuó ejerciendo a pesar de su crisis de vocación con tal de no regresar a Saturno. San Cosme y San Damián terminaron sin cabeza. El muerto ya perdió la suya.

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