Olga Tokarezuk. Sobre los huesos de los muertos.

abril 24, 2026

Olga Tokarezuk, Sobre los huesos de los muertos
Siruela, 2016, 2019. 240 páginas.
Tit. or. Prowadz swój plug przez kosci umarlych. Trad. Abel Murcia.

La muerte de un vecino al parecer atragantado por un hueso de corzo será el pistoletazo de salida para una serie de muertes misteriosas en las que los animales parecen tener un papel central. Acompañamos a la protagonista en sus reflexiones hasta el sorprendente final.

Novelón. Lo leí de un tirón y me enamoraron sus personajes, su estructura de falsa novela negra y su final. También los mensajes que se deslizan aquí y allá. Está llena de detalles que te alegran la lectura.

Muy bueno.

En el armario, prácticamente vacío, encontramos un traje color café, con alguna que otra mancha, casi nuevo. Nunca vi que lo usara. Pie Grande siempre vestía unas botas de fieltro y unos pantalones raídos que acompañaba de una camisa a cuadros y un chaleco de piqué, fuera la época del año que fuera.
Si vestir al muerto era una especie de caricia, no creo que en vida Pie Grande hubiera experimentado tanto cariño. Lo sostuvimos delicadamente por debajo de los brazos y le pusimos la ropa. Su peso descansaba contra mi pecho y tras una ola de repulsión natural que me produjo náuseas, de repente, me vino a la mente el impulso de abrazar aquel cuerpo, darle unas palmadas en la espalda y decirle en un tono tranquilizador: «No te preocupes, todo saldrá bien». Si no lo hice fue por la presencia de Pandedios no fuera a interpretar eso como un tipo de perversión.
Aquellos gestos no realizados se transformaron en un pensamiento y sentí lástima de Pie Grande. Quizá lo había abandonado su madre y había sido un infeliz durante toda su triste vida. Más que las enfermedades mortales, son los largos años de desdichas quienes degradan a las personas. Nunca vi en su casa a otra persona, no lo visitaban familiares ni amigos. Ni siquiera los buscadores de setas se paraban frente a su casa para charlar con él. La gente le tenía miedo y no provocaba ninguna simpatía. Parece que sólo mantenía cierto contacto con los cazadores, pero muy rara vez. Le calculé unos cincuenta años, y me dije que daría cualquier cosa por conocer su octava casa y saber si pesaba en ella alguna influencia de Neptuno con Plutón y Marte en el ascendente, porque cuando Pie Grande cargaba en sus manos venosas esa sierra dentada recordaba a un rapaz que vive únicamente para sembrar la muerte y causar sufrimiento.
Para ponerle la chaqueta, Pandedios lo levantó hasta sentarlo y entonces vimos que dentro de su boca la lengua, grande e hinchada, sujetaba algo, así que tras un instante de vacilación, apretando con asco los dientes y retirando varias veces la mano, tomé delicadamente aquel objeto por la punta y vi que tenía entre los dedos un huesecillo largo y fino, afilado como un bisturí. En ese instante brotaron un gorgoteo gutural y una bocanada de aire de la boca muerta, un callado silbido que sonó exactamente igual que un suspiro, y nos apartamos del muerto. Con toda seguridad Pandedios sintió lo mismo que yo: terror. Estoy segura de ello porque poco después salió de la boca de Pie Grande un flujo de sangre color rojo oscuro, prácticamente negro. Un funesto flujo que se derramó en el exterior.
Nos quedamos inmóviles y aterrados.
—Vaya —la voz de Pandedios temblaba—, se atragantó. Se atragantó con un hueso. El hueso se le atoró en la garganta, se atragantó con un hueso en la garganta, se atragantó —repetía nerviosamente.
[…]

En aquel instante, en el alféizar de la ventana, sobre una bandeja de hojalata, vi algo que mi cerebro reconoció pasado un largo rato, aunque se negaba a hacerlo: era la cabeza cuidadosamente cortada de un corzo. Junto a ella había cuatro patas. Sus ojos medio abiertos debieron seguir atentamente nuestros preparativos todo ese tiempo.
Oh, sí: era una de aquellas hembras hambrientas que se dejaban atraer inocentemente en invierno con manzanas medio heladas y que, capturadas en una de sus trampas, habían muerto entre tormentos, asfixiadas por un alambre.
Cuando comprendí lo que había sucedido allí, fui presa del horror, segundo a segundo. Pie Grande atrapó al corzo con uno de sus lazos, lo mató y descuartizó su cuerpo, lo asó y se lo comió. Un ser se había comido a otro, en silencio, de noche. Nadie había protestado, no habían tronado los cielos. Y sin embargo, el castigo había alcanzado al demonio, si bien nadie era el causante directo de su muerte.
Tan rápido como me lo permitieron las manos temblorosas amontoné en un único lugar, en una pequeña pila esos despojos, aquellos huesecillos, para enterrarlos más tarde.

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