Stefan Zweig. Momentos estelares de la humanidad.

noviembre 11, 2019

Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad
Acantilado, 2002. 308 páginas.
Tit. or. Sternstunden der Menschheit. Trad. Berta Vias Mahou.

Diferentes momentos de la historia relevantes por alguna razón relatados con mano maestra por Zweig.

Zweig fue un autor muy famoso en su época, que vendía lo que quería, y si hoy está olvidado no es porque su prosa o sus temas hayan envejecido mal, sino porque somos bastante gilipollas.

La selección de los momentos como estelares siempre será algo subjetivo, lo que está claro es que todos tienen su importancia, y narrados por alguien del talento de Zweig, emocionantes. Porque ¡que bien escribe este hombre, dios mío! como los buenos cuenta cuentos te va llevando en volandas de aquí para allá y tú te dejas mecer por su prosa mientras te embelesas con la historia.

Mis preferidos los relativos a los creadores, impresionante la historia del nacimiento del Mesías de Hendel y la conversación en formato teatral de Tolstoi.

Un libro muy recomendable.

Los estudiantes guardan silencio. Entonces el estudiante 2ose adelanta y habla con dureza.
estudiante 2°: Le agradecemos que nos haya recibido y le damos las gracias por su franqueza. Nunca más me encontraré ante usted, así que permita que para despedirse este don nadie le dirija unas sinceras palabras. Quiero decirle, Lev Tolstói, que se equivoca usted si cree que las relaciones humanas sólo pueden ser mejoradas por medio del amor. Eso puede valer para los ricos y los despreocupados. Pero los que desde niños se mueren de hambre y durante toda la vida se consumen bajo el dominio de los amos, ésos están cansados de esperar tanto tiempo el descenso de ese amor fraternal desde el cielo cristiano. Ellos prefieren confiar en sus puños. Y así, la víspera de su muerte, Lev Nikoláievich Tolstói, le digo: El mundo se ahogará en sangre. No sólo los amos, también sus hijos morirán a golpes y serán hechos pedazos para que la tierra no pueda esperar ya nada malo de ellos. Yo espero que se le ahorre ser testigo de su error… ¡Se lo deseo de todo corazón! ¡Que Dios le conceda una muerte tranquila!
Tolstói retrocede, estremecido por la vehemencia del ardiente joven. Después se repone, da un paso hacia él y le habla con sencillez.
tolstói: Le doy las gracias en especial por sus últimas palabras. Me ha deseado usted aquello que añoro desde hace treinta años. Una muerte en paz con Dios y con todos los hombres. {Ambos se inclinan y se marchan. Tolstói les sigue un rato con la vista. Después, excitado, empieza a-andar de un lado para otro y entusiasmado se dirige al secretario.) ¡Qué jóvenes más admirables! ¡Qué temerarios, orgullosos y fuertes son estos jóvenes rusos! ¡Magnífica, esta juventud ardiente y fiel! Así es como la conocí hace sesenta años en el sitio de Sebastopol. Con esa misma mirada arrogante y libre fueron al encuentro de la muerte, de cualquier peligro. Obstinadamente dispuestos a morir por nada con una sonrisa en los labios. A arrojar su vida, su maravillosa y joven vida, por una cascara vacía, por palabras sin contenido, por una idea que no es cierta, sólo por el placer de la entrega. ¡Maravillosa, esta eterna juventud rusa! ¡Que sirve con todo ese ardor y esa fuerza al odio y al crimen como si se tratara de una causa sagrada! Y, sin embargo, me han hecho bien. Esos dos me han vapuleado, pues realmente tienen razón. Es preciso que al fin reaccione contra mi flaqueza y que asuma mis palabras. A dos pasos de la muerte, y aún estoy vacilando. De verdad, lo correcto sólo se puede aprender de la juventud. ¡Sólo de la juventud!


LA RESPUESTA
Semanas enteras esperaron sus compañeros en la cabana. Al principio, llenos de confianza. Después, ligeramente preocupados. Por fin, con creciente desasosiego. En dos ocasiones enviaron expediciones en su ayuda, pero el tiempo, con su látigo, les obligó a darse la vuelta. Durante el largo invierno aquellos hombres sin jefe permanecieron sin nada que hacer en la cabana, mientras, negra, la sombra de la catástrofe se cernía sobre sus corazones. En esos meses, el destino y la hazaña del capitán Robert Scott quedaron encerrados en la nieve y en el silencio. El hielo los mantuvo sellados en un ataúd de cristal. Sólo el 29 de octubre, en la primavera polar, partió una expedición para encontrar al menos los cadáveres de los héroes y sus mensajes. El 12 de noviembre hallaron los cuerpos congelados en sus sacos de dormir. Y a Scott, que, en el momento de morir, había abrazado a su compañero Wilson. Encontraron las cartas, los documentos, y cavaron una tumba para tan trágicos héroes. Una negra y sencilla cruz sobre un montículo de nieve se alza ahora solitaria en ese mundo de blancura, bajo el que se oculta para siempre un testimonio del heroico esfuerzo de la humanidad.
¡Pero no! Sus hazañas conocen una resurrección, inesperada y prodigiosa. ¡Maravilloso milagro de la técnica del mundo moderno! Los amigos traen de vuelta las placas y las películas. En un baño químico se revelan las imágenes. Y una vez más se ve a Scott avanzando con sus compañeros. Y el paisaje del Polo, que, aparte de ellos, sólo contemplara aquel otro, Amundsen. Por los hilos del telégrafo, sus palabras y el mensaje contenido en sus cartas saltan a un mundo que se muestra admirado. En la catedral del imperio, el rey se arrodilla en homenaje a los héroes. De ese modo, lo que parecía estéril, fructifica de nuevo; lo que se había perdido, se convierte en una fragorosa llamada a la humanidad para que tense sus energías con el fin de lograr lo inalcanzable. En un soberbio juego de contrastes, a partir de una muerte heroica, la vida renace intensificada. Del ocaso, la voluntad de remontarse hacia el infinito. Pues la ambición sólo se inflama ante lo azaroso del éxito y el logro fácil, pero nada eleva el corazón de modo tan espléndido como la caída de un hombre en lucha contra el predominio invencible del destino. Esa es la más grandiosa tragedia de todos los tiempos, la que de cuando en cuando logra crear algún poeta, y la vida miles de veces.

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