Alain Robbe-Grillet. Las gomas.

noviembre 12, 2019

Alain Robbe-Grillet, Las gomas
Anagrama, 1986. 224 páginas.
Tit. or. Les gommes. Trad. Jordi Petit Fontseré.

Ha habido un intento de asesinato fallido, aunque la víctima decide fingir que ha muerto para escapar con tranquilidad. El detective Wallas llega a la ciudad con el cometido de averiguar quién ha sido el asesino, pero acabará perdiéndose en el laberinto de calles en una búsqueda inútil de la goma perfecta.

Un libro extraño, que mantiene una breve trama de conspiraciones y asesinatos para construir un ambiente a ratos kafkiano, desasosegante, donde no parece haber un destino claro ni existir un mapa que nos indique cual es el norte y cual es el sur, ni por donde tenemos que girar para llegar a nuestro destino. Otra reseña: Las gomas

El libro venía con un exlibris y resulta que hay una historia interesante detrás: Fondo Isabel Núñez. Leer un libro que perteneció a la biblioteca de alguien siempre tiene un sabor especial.

Muy bueno.

—Sí, sí, claro. He dicho: No admito que no lo admitan.
— ¡Ah!, bueno.
Antoine no parece satisfecho con esa postura, que le parece demasiado sutil. De todas maneras, exclama, dirigiéndose a su compañero:
—Ya lo ves, ¿eh?, ¡herbolario!
—No veo nada —responde el herbolario tranquilamente.
— ¡Este señor es de mi parecer! —No lo ha dicho.
Antoine se excita cada vez más.
—Pero explíquele usted qué quiere decir «oblicuo» —grita a Wallas.
—«Oblicuo» —repite Wallas evasivo— puede tener varios significados.
—Eso creo yo también —aprueba el herbolario.
—Bueno —exclama Antoine acabada la paciencia—, una línea que es oblicua respecto a otra, significa algo.
Wallas se esfuerza por formular una respuesta exacta:
—Significa que forman ángulo —dice—, un ángulo diferente de cero y de noventa grados.
El herbolario exulta.
—Es lo que yo decía —concluye—. Si hay un ángulo, ya no es todo recto.
—No conozco- a nadie tan idiota —dice Antoine.
—Pues yo sé uno aun mejor… Permites…
El borracho se ha levantado de su mesa para mezclarse en la conversación. Como apenas se sostiene en pie, se sienta en seguida al lado de Wallas. Habla con lentitud para no trabarse la lengua:
—Dime cuál es el animal que es parricida por la mañana…
—Sólo nos faltaba el estúpido este —exclama Antoine—. Apostaría cualquier cosa que no sabes qué es una oblicua.
—Tú sí que tienes aspecto oblicuo —dice el borracho con tono suave—. Los acertijos los pongo yo. Tengo uno que ni pintado para mi viejo amigo…
Los dos adversarios se alejan hacia la barra, en busca de nue-
vos partidarios. Wallas vuelve la espalda al borracho que continúa, a pesar de todo, con su voz jubilante y aplicada:
—¿Cuál es el animal que es parricida por la mañana, incestuoso al mediodía y ciego por la noche?
En el mostrador la discusión se ha hecho general, pero los cinco hombres hablan a la vez y Wallas sólo pilla fragmentos
de frases.
—¿Qué? —insiste el borracho—, ¿no lo encuentras? No es tan difícil: parricida por la mañana, ciego al mediodía… No… Ciego por la mañana, incestuoso al mediodía, parricida por la noche. ¿Eh? ¿Qué animal es?
Por suerte llega el dueño para llevarse los vasos vacíos.
—Conservo la habitación esta noche —le anuncia Wallas.
—Y además paga la ronda —añade el borracho.
Pero nadie hace caso a esta sugestión.
—Pero ¿estás sordo? —dice el borracho—. ¡Eh, amigo! ¿Sordo al mediodía y ciego por la noche?
— ¡Vete a la porra! —dice el dueño.
—Y que cojea por las mañanas —completa el borracho con
súbita seriedad.
— ¡Te digo que te vayas a la porra!
—Pero si no hago nada malo; le propongo un acertijo. El dueño pasa el trapo por encima de la mesa. —Estamos hasta las narices de tus acertijos.
Wallas se va. Más que un trabajo concreto que hacer, lo que lo echa del cafetucho es el hombrecito de los enigmas.
Prefiere caminar, a pesar del frío de la noche, a pesar de su cansancio. Quiere juntar los escasos elementos que ha podido recoger durante el día. Al pasar ante la verja del jardín, levanta los ojos hacia el pabellón, ahora desierto. Al otro lado de la calle, la ventana de Madame Bax está iluminada.
— ¡Eh! ¿No me aguardas? ¡Eh! ¡Compadre! Es el borracho que lo persigue.
— ¡Eh, oye! ¡Eh! Wallas aprieta el paso.

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