S.L. Macknik y S. Martínez-Conde. Los engaños de la mente.

julio 1, 2020

SL Macknik y S Martínez-Conde, Los engaños de la mente
Destino, 2012. 400 páginas.
Tit. Or. Sleights of mind. Trad. Carlos Lagarriga.

La magia vista a través de nuestros conocimientos sobre neurociencia. Muchas de las intuiciones de los magos tienen una explicación perfectamente lógica, basada en el funcionamiento neuronal de nuestro cerebro. No es casualidad que se usen varitas y movimientos curvos, que los magos tengan una cuidada puesta en escena e incluso que tengan unas bellas ayudantes.

Los autores han estudiado en el laboratorio muchos de los efectos mágicos y han encontrado muchas explicaciones acerca de su funcionamiento. Aunque nuestro cerebro es un órgano maravilloso tiene sus puntos débiles. Los magos han sabido encontrarlos mediante ensayo y error y ellos están encantados de estudiarlo.

Dejo algunos apartados interesantes en las muestras, incluyendo una elogiosa mención a Juan Tamariz, que como digo muchas veces aquí nos lo tomamos un poco a chufla por sus pintas y su aire cercano, pero que es uno de los mejores magos de la historia. No hay libro sobre magia extranjero que lea en el que no aparezca.

Otras reseñas: Los engaños de la mente y Los engaños de la mente

Muy interesante.

Los neurocientíficos especialistas en cognición saben mucho de desviación encubierta de la atención: constituye un elemento fundamental en la llamada «ceguera por desatención».4 Se trata de un fenómeno mediante el cual no percibimos los objetos que hay a la vista porque la atención está centrada en otra parte, y tiene que ver con el modo en que el cerebro ve y procesa la información. También estudiamos un fenómeno muy parecido que se conoce como «ceguera al cambio»: se produce cuando no somos capaces de percibir que hay algo diferente de lo que había antes, y está relacionado con el modo en que nuestra mente deja de recordar lo que acaba de ver.
Muchos magos tratan de aprovechar en sus números la ceguera por desatención o la ceguera al cambio, pero el gran maestro en este tipo de engaños es el mago español Juan Tamariz. En la jerarquía de los ilusionistas, él es el maestro Yoda. Dai Vernon, el legendario mago que consiguió engañar a Houdini (capítulo 2), solía explicar que en sus más de ochenta años de carrera como mago ninguno había conseguido engañarlo como Tamariz. Y nadie lo diría al verlo. Ya hemos hablado del extraño aspecto que suelen ofrecer los magos, pero, si alguien nos habla de un mago de fama mundial y tenemos que imaginarlo, seguramente lo visualizaremos como el paradigma de cierta elegancia: impecable en el vestir, bien peinado y de modales intachables. Sin duda, la imagen encajará con un Copperfield, un Henning o incluso Penn & Teller, con sus trajes a juego.


DELITOS DE LA MEMORIA
En 1975, un australiano experto en testimonios presenciales, Donald Thompson, apareció en un debate televisado en directo en el que se ponía en duda la Habilidad de los recuerdos que tenían los testigos oculares de un suceso. Más tarde, Thompson fue detenido por la policía y sometido a una rueda de reconocimiento en la que una mujer confirmó que se trataba del hombre que la había violado. Las autoridades presentaron cargos contra él, aunque dicha violación había ocurrido mientras Thompson se encontraba en el programa de televisión. Él alegó como coartada que todo el mundo pudo verlo a esa hora en directo y que además había otros contertulios en el programa, incluyendo un inspector de la policía, pero su alegación fue denegada. El agente que le tomó declaración le dijo en tono despectivo: «Ya, y supongo que Jesucristo y la reina de Inglaterra estaban también con usted, ¿no?». Finalmente, los investigadores descubrieron que el violador había atacado a la mujer mientras ésta veía la televisión,
justo en el momento en que se emitía el programa en el que Thompson había aparecido. La víctima había confundido el rostro del violador con el del hombre que había visto en el televisor. Y Thompson fue absuelto.
Otro caso ilustre es el del célebre psicólogo infantil Jean Piaget. Su primer recuerdo de infancia era que habían estado a punto de secuestrarlo cuando contaba dos años de edad. Recordaba perfectamente los detalles: cómo estaba amarrado al cochecito mientras veía a la niñera defendiéndose del agresor, los arañazos en la cara de ella y al policía que, con una capa corta y blandiendo una porra blanca, corría tras el secuestrador. Pero esto nunca sucedió. Trece años después del supuesto intento de secuestro, la antigua niñera de Piaget confesó que se lo había inventado. Piaget comprendió que aquel recuerdo tan vivido no era más que una fantasía producto de las innumerables ocasiones en que su familia le había relatado la historia.
Wegner diseñó un experimento para comprobar si podía conseguir que una persona experimentara un pensamiento consistente con un suceso que no fuese causado por ella y, además, convencerla de que sí lo había causado.
Volvamos atrás y pongámonos en la piel de un voluntario de este experimento. Se nos pide que colaboremos en un estudio sobre las influencias psicosomáticas en la salud, para lo cual nos toca desempeñar el papel de curandero en una sesión de vudú que llevamos a cabo con otro participante, la supuesta víctima, y que consiste en clavar alfileres en una muñeca. En realidad, la víctima, una chica, está compinchada con Wegner (por algo forma parte de su equipo). Poco después de introducir las primeras agujas en la muñeca, la chica finge que le duele la cabeza. ¿Realmente creeríamos que hemos sido nosotros la causa del dolor? Muchos de los voluntarios que participaron en el estudio lo creyeron. Es más, si la «víctima» de pronto se comportaba de un modo ofensivo y desagradable, el nivel de pensamiento mágico aumentaba en el falso curandero. Aunque en realidad no se le había causado daño alguno.
La falacia del jugador puede manifestarse cuando la persona que apuesta sospecha que la ruleta está trucada. Si el color rojo no sale después de una larga serie de números negros, el jugador piensa que han manipulado la ruleta y están timándolo. Los mentalistas han tomado buena nota de ello y han inventado lo que denominan teoría de lo «demasiado perfecto». Cuando un mago se encuentra en una sesión (en la que debe adivinar, por ejemplo, lo que está escrito en unas tarjetas recogidas de entre el público), no es raro que se equivoque a propósito en alguna de sus predicciones. Lo argumentan diciendo que la capacidad del vidente debe parecer imperfecta. Al fin y al cabo, si el mago o el vidente lo adivina todo, el espectáculo deja de parecer sobrenatural. Si el mentalista nunca se equivoca, el público creerá que no tiene poderes, que hay gato encerrado.

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