Pino Cacucci. En cualquier caso ningún remordimiento.

junio 25, 2020

Pino Cacucci, En cualquier caso ningún remordimiento
Hoja de lata, 2013. 400 páginas.
Tit. or. In ogni caso nessum rimorso. Trad. Mónica Lobato Barreira.

Biografía de la vida de Jules Bonnot, anarquista francés que tuvo una vida apasionante. Fue chófer de Arthur Conan Doyle y participó en el primer atraco con un coche.

Si quieren saber más de tan peculiar personaje les recomiendo que pinchen en el enlace de la wikipedia y que no se acerquen al libro. Está escrito de manera pésima tanto en el lenguaje como en la construcción narrativa. Hay páginas que me han dado vergüenza ajena y se explaya mucho en detalles insignificantes y pasa rápidamente por otros interesantes. Eso dejando de lado las licencias que se toma, comprensibles al novelizar hechos.

Un churro. El extracto que dejo creo que habla por sí mismo. Otros opinan diferente: En cualquier caso ningún remordimiento.

Decepcionante.

Jules apareció algún tiempo después. Estaba al otro lado de la calle, esperando a que ella lo viese. No había osado llamar, se limitaba a esperar. No quería asustarla y mucho menos provocar un enfrentamiento con Besson. Quizás ni siquiera lo odiaba. Le daba simplemente asco. Porque el odio, para Jules, había asumido un papel tan alto e importante que no podía malgastarlo con el que él consideraba «un gusano lameculos y cobarde». El dolor más grande era pensar que Sophie se había dejado embaucar por un ser tan despreciable, que más allá de tomarles el pelo a los trabajadores haciéndoles aceptar la paciencia infinita, antecámara de la resignación, se había demostrado habilísimo en aplicar las mismas dotes persuasivas con su mujer, la madre de su hijo.

Fue la suegra la primera en verlo. «¿Quieres que llame a la Policía?», le preguntó a la hija. Sophie hizo un gesto negativo y salió sin decir nada. Besson había tenido que regresar a Francia por un pleito pendiente, volvería a recogerla dentro de poco. No quedaba más remedio que afrontar a Jules, intentar convencerlo. No podía continuar viviendo con la pesadilla de encontrárselo delante cada vez que se asomaba a la ventana. Lo alcanzó, manteniendo la mirada fija en él, con una determinación que por sí sola demostraba lo tarde que era ya para discutir cualquier cosa.

—Buenos días, Jules. ¿Querías hablar conmigo? —dijo con un tono tan frío que él instintivamente se encogió de hombros, como para tranquilizarla.

—Quería… es solamente por Justin-Louis… Querría verlo.

—Lo lamento Jules. Es mejor para todos, créeme. No nos obligues a hacer lo que ninguno de nosotros querría hacer. Ya le he encargado a un abogado que lo arregle todo. Ningún tribunal me obligaría a dejarte verlo, lo sabes.

Jules asintió. Lo sabía. Incluso demasiado bien, lo sabía. Ningún tribunal, con sus antecedentes, le habría concedido nada al fichado Bonnot, individuo asocial e irrecuperable.

—Sophie —murmuró—. ¿Estás segura de verdad… de querer esto?

—No hay otra solución —dijo ella bajando por un instante la mirada—. Si te permitiese entrar, todo sería más complicado… y solo le harías daño. Cuanto antes se olvide de ti, mayores esperanzas tendrá para su futuro. Tienes que aceptarlo, Jules.

Él torció la boca, y la mueca de sufrimiento consiguió tomar la apariencia de una sonrisa tétrica. Sonreía al destino que comenzaba a aceptar sin ilusiones.

—¿De verdad te has enamorado de ese cerdo, Sophie?

Ella recobró la dureza inicial.

—¿Y quién eres tú para juzgarlo? No importa si lo amo. Él le puede dar un porvenir a mi hijo y…

—Nuestro hijo, Sophie.

—No. Es solo mío. No basta haberte ido a la cama conmigo para decir que eres su padre. ¿Cuándo has sido un padre para él?

Jules abrió la boca. Pero no para hablar. Trataba solo de dejar entrar aire en los pulmones, inútilmente. Estaba aprendiendo a convivir con aquella punzada en el pecho que le cortaba la respiración durante unos instantes interminables. Se pasó una mano por la cara, asintió y sonrió para esconder la vergüenza de haber ido hasta allí para hacerse humillar una vez más.

Antes de ponerse en marcha, dijo con un hilo de voz:

—No sé si seré capaz, Sophie…

—Sí que podrás —lo apremió ella con una fuerza gélida que no le había conocido nunca—. Me olvidarás, como te olvidaré yo.

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