Raymond Gali. La noche del fin de los tiempos.

septiembre 16, 2019

Raymond Gali, La noche del fin de los tiempos
Caligrama, 2018. 700 páginas.

En una noche tan tormentosa que parece que el apocalipsis está a punto de desencadenarse sobre la tierra el crítico de teatro Hamlet viaja a Londres para asistir al estreno de lo que parece ser una obra de teatro única. Protagonizada por los actores de moda Romeo y Julieta parece que va a ser el acontecimiento del siglo. Pero a Hamlet hay algo que le preocupa más: averiguar quien es el asesino de su padre.

Novela de ciencia ficción que incorpora a varios de los protagonistas de las obras de Shakespeare, escrita como si fuera una obra de teatro de una duración interminable y que imita el estilo del bardo inmortal pero situada en un futuro alternativo. Aunque el motor de la trama es la investigación de un asesinato, son otras las subtramas las que llevan el peso de la historia.

Historia que es trepidante y con muchos momentos de humor que más de una vez me han arrancado una carcajada por los juegos de metalenguaje que incorporan. Hasta el punto de que la solución al asesinato también tiene un juego incorporado que no voy a desvelar aquí.

Yo he disfrutado mucho con su lectura, aunque requiere un nivel de frikismo considerable: amor por el teatro isabelino, por la ciencia ficción y por las obras inclasificables que se atreven a tomar un camino propio alejado de tópicos y esquemas predefinidos.

Recomendable.

Acto I Escena 5
(A bordo de un taxi veloz, rumbo al aeropuerto madrileño, el crítico teatral recuerda lo recién vivido en el castillo: fogonazos del éxtasis con Ofelia sacuden el cerebro de Hamlet, emulando el aparato eléctrico exterior)
HAMLET.—
SU CUERPO aparece desguarnecido. Robustas mis manos ensamblan bien en sus artísticos pechos perfectos. En relieve luz de acero danés, doble hoja, pavorosos los gritos…
Sus convulsiones lo devolvieron al ahora. Vomitó y se limpió. En sus ojos se reflejó rauda la insólita iluminación de los cielos. El taxi devoraba la carretera a velocidad vertiginosa. Decidió interrogar a su secretaria a través del auricular-micro:
HAMLET.—¿Encontraré a ese malvado demonio?
YORICK.—¿Si coincidirás en Londres con el asesino de tu padre?
HAMLET.—Habla y hazlo rápido, ¿sí o no?
YORICK.—Tus piruetas lingüísticas no funcionarán.
HAMLET—Inténtalo.
Y( )KI( K. ¿Cómo podría saber eso si ni siquiera conocemos la identidad «Id que perpetró el vil crimen? Lo siento, Hamlet.
11 Volvo encaró la M-60 penetrando a través del espeso telón de .if’ii.i y fuego.
IIAMLET.—
SI os que escapamos, turbia nochecita. Si es perseguir, ¿a quién? ¿Á
qué?¿A él?
Un súbito fogonazo iluminó el oeste diez milésimas de segundo; su indivisible tsunami sónico hizo vibrar las ventanas hasta el exigente límite de su i Ontrol de calidad sueco.
YORICK.—Apocalíptica noche para escapar de esta realidad. I IAMLET—Descarta distraerme con el tiempo, es inútil. YORICK.—Ahora me soltarás paranoico que nos persiguen o delirio similar. Hamlet, curioso, se volvió y confirmó:
HAMLET.—En la lluvia vislumbro faros cerca, brillan tras el taxi, brillan aquí. YORICK.—Pues será un Fórmula Uno; este vehículo casi vuela. I IAMLET—¡Así es!
YORICK.—Un efecto óptico alimentado por tus fantasmas. HAMLET—¡No!
YORICK.—Nadie conoce los datos exactos de tu reserva del vuelo: telemá-ik a, sin ninguna intervención humana. HAMLET.—Entonces, ¿quién…?
Comprobando lo que se les venía encima, el conductor bramó movilizando todas y cada una de sus extrañas facciones:
TAXISTA.—¡ESE HIDEPUTA NOS DARÁ POR DETRÁS!
Una bandada de alondras pasó fugaz por delante del parabrisas. Sus peores presagios atravesaron el umbral de la realidad. Tras el primer impacto, los violentos bandazos disolvieron sus pensamientos.
Se estrellaban.

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