Arelis Uribe. Quiltras.

abril 29, 2024

Arelis Uribe, Quiltras
Tránsito, 2019. 106 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Ciudad desconocida
Bestias
Italia
Rockerito83@yahoo.es
Bienvenida a San Bernardo
El kiosco
29 de febrero
Quiltras

Quiltra viene a significar perra sin raza, que no tiene pedigrí, como las protagonistas de estos relatos que, sin ser pobres, no pueden aspirar a cruzar al otro lado, donde las casas son grandes, no hay problemas de dinero y se puede estudiar donde a uno le apetezca. Pero no pensemos que son relatos centrados en lo social, sino en la indefensión que solemos tener en la adolescencia y juventud, cuando nos enfrentamos sin armas a lo jodido del mundo.

El abandono de una perra, un amor por internet que se alarga en el tiempo, una amiga que se vuelve inalcanzable o las peleas que nos parten por la mitad son algunos de los temas que aparecen en estas páginas. Me gustó especialmente 29 de febrero donde todos estos elementos se equilibran a la perfección y nos arman un relato que nos contagia de tristeza.

Muy bueno.

Cuando chica con mi prima nos dábamos besos. Jugábamos a las barbies, a la comidita con tierra o a las palmas. Me quedaba en su casa fin de semana por medio. Dormíamos en su cama. A veces nos sacábamos la camiseta del piyama y jugábamos a juntar nuestros pezones, que en esa época eran apenas dos manchones rosados sobre un torso plano. Con mi prima estuvimos juntas desde siempre. Nuestras mamás se embarazaron con dos meses de distancia. Nos dieron pechuga juntas, nos quitaron los pañales juntas, nos dio la peste cristal juntas. Era casi obvio que cuando grandes íbamos a compartir una casa y jugaríamos a la comidita y a las muñecas, pero de la vida real. Creía que íbamos a ser ella y yo, siempre. Pero los adultos corrompen las cosas.
En la familia de mi mamá eran siete hermanos. Tres hombres y cuatro mujeres. Los hombres vivían como los hermanos que eran. Habían estudiado ingeniería en la misma universidad, les gustaba el mismo equipo de fútbol y se juntaban a hablar de vinos y relojes. Las cuatro mujeres eran un caos. Una se fue a trabajar a Puerto Montt. Con suerte la veíamos para navidad. Otra se fue siguiendo a un pololo y ahora tenía muchos hijos y vivía en Australia. Casi no existía. Las dos que quedaban –mi mamá y la mamá de mi prima, mi tía Nena– eran esposas de hombres brutos. Mi papá era una bestia y también el papá de mi prima. De esa gente que se cura para año nuevo y hace llorar a los demás. Nunca vi a los siete hermanos reunidos. A veces nos encontrábamos en los funerales o cuando los abuelos celebraban un aniversario. Una vez fuimos a la parcela de uno de los tíos y en el patio había pavos reales. En nuestra casa apenas cabía la Pandora, una quiltra enorme que mataba a los gatos de los vecinos. Nunca entendí por qué vivíamos tan diferente, si éramos de la misma familia.
Mi mamá y mi tía Nena se parecían, por eso eran amigas. La gente tiende a ordenarse con los de su tipo, en una segregación voluntaria, como el reciclaje o las donaciones de sangre. Hasta que un día, no recuerdo por qué, se enojaron. Quizá fue porque mi mamá le pidió plata y no se la pagó. Quizá porque mi tía vino a almorzar y dijo algo malo sobre la comida. No sé, pero se enojaron y pasó lo que sucedía en una familia como la mía: en vez de resolver los problemas, dejaron de hablarse. Supongo que era una tregua, un acto de fe. Confiaban en que el silencio esfumaría las penas, que al dejar de nombrarlas también dejarían de existir.
A mi prima y a mí nos pasó la distancia por rebote. Lo último importante que alcanzamos a compartir fue que nos llegó la regla casi al mismo tiempo. No sé de dónde ella había sacado un libro que explicaba todo. Tenía dibujos de un hombre y una mujer sin ropa. Lo leímos. Fue la primera vez que nos tocamos así. Revisamos si teníamos pelos. Estábamos solas en su casa. Esa tarde llegó mi mamá a buscarme. Se gritó con mi tía Nena por algo que no entendí y no volvimos de visita nunca más.

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