Menchu Gutiérrez. La niebla tres veces.

enero 24, 2020

Menchu Gutiérrez, La niebla tres veces
Siruela,1995, 1998, 2001. 2011. 270 páginas.

Tres novelas cortas con aparición central o secundaria de la niebla. En la primera unos alumnos de un extraño orfanato van viajando en tren a través de campos vacíos recalando en monasterios que delimitan el blanco y el negro de su aprendizaje. En la segunda una extraña batalla en las sombras entre la iglesia del bien y la del mal hace de sus habitantes unos extraños títeres. La última es una plaza circular con doce casas como si fueran un reloj que la protagonista va visitando y conociendo lo que esconden.

La prosa poética y sugerente de Menchu, que nunca explica sino que nos cuenta casi al oído lo que sus ojos sueñan, dibuja unos ambientes precisos y turbadores, apenas una punta de un iceberg que esconde sus secretos que sólo se adivinan. Nada hay en estos relatos de cotidiano, todo está tocado por el misterio.

Para paladear poco a poco, escondidos del frío y de la lluvia. Otras reseñas: Laniebla tres veces y Laniebla tres veces.

Muy recomendable.

La mesa está cubierta con un mantel blanco bordado de rosas. Sobre el mantel hay tres platos, y sobre cada plato trozos de carne.
Sobre la mesa también hay tres vasos, una jarra de agua y una botella de vino. Hay tres tenedores y tres cuchillos, y una cesta con pan.
Las manos del hombre maduro, de la mujer madura y de la niña mueven los tenedores y los cuchillos sobre los platos. Clavan el tenedor en la carne, la cortan en pedazos más pequeños con el cuchillo, y con el tenedor se la llevan a la boca. Luego, mastican.
No utilizan la boca para hablar, sólo mastican. Y con los ojos no se miran, sólo miran la carne del plato.
Las manos de la mujer madura ofrecen la cesta del pan que nadie ha pedido; sin embargo, las manos del hombre maduro y también las de la niña cogen de la cesta una nueva rebanada que colocan junto al pan ín-tocado al lado del plato.
Mientras mastica, haciendo presión con los dientes, la mujer madura piensa en la boca desdentada del demonio, siente que el comedor es esa boca y que el
hombre maduro, la niña y ella misma le sirven de cena esta noche.
El demonio los tiene dentro de la boca y se los traga sin masticar, mientras ellos se afanan con los dientes y esos pedazos de carne, y engordan para él.
Todo esto lo piensa sin levantar la vista del plato.
Un vaso se levanta. Una gota de vino cae sobre el mantel, y todos la miran sin decir nada.
La gota parece haber caído del techo del comedor, y equivale a un desastroso acontecimiento en la rutina de cortar carne y masticar.
El hombre maduro olfatea la carne antes de llevársela a la boca. La niña mira los colores sonrosados y el corazón rojo de la carne que aparece cuando la corta con el cuchillo.
Todos se levantarían de la mesa si pudieran, pero están pegados a las sillas y al frío que los tiene cogidos de los tobillos por debajo de la mesa.
La luz del comedor es intensa y, sin embargo, todos mastican y callan bajo una densa sombra.
Desde el inicio de la cena, el cuervo ha suplantado a la lámpara del techo, y cubre a esta familia con sus alas extendidas.
La iglesia negra ha bendecido la mesa.


Cuando regreso a la cocina, la mujer calienta leche con azúcar en el fuego.
-¡Qué difícil elegir entre la vainilla, la corteza de limón y la canela para aromatizar esta crema! ¡Es como tener que elegir entre un beso en los labios y un beso en el cuello!
Finalmente, la mujer elige el palo de vainilla y el aroma impregna poco a poco la cocina, con la suavidad de algo que parece eterno.
Me siento en un taburete, y cierro los ojos mientras la mujer remueve el cazo con la cuchara de madera. Oigo el chasquido de los huevos que casca sobre el borde de un cuenco de porcelana, e imagino el proceso que se opera sobre la mesa.
La crema se va haciendo densa, infinita, y la mujer canta ahora una canción de cuna.

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