
Páginas de espuma, 2026. 146 páginas.
Incluye los siguientes relatos:
Personaje en construcción
El orador
Ciclón
Miembro fantasma
Una mujer de su época
Intimidad irremplazable
Si el mundo parara de hacer lo que hace
Grupo de foco
De frontera solo el aire
Ultima carta a Claudia
Que me han gustado más que sus novelas, con tramas más concentradas y una gran calidad del lenguaje. El relato con el que comienza ‘Personaje en construcción’, con ese juego de metaliteratura que se cierra sobre sí mismo es una pequeña obra de arte. El resto habla más de emociones perdidas y recobradas, de ausencias molestas como ese miembro fantasma que sigue doliendo aunque no esté.
Una buena reseña aquí: a href=»https://paginasdeespuma.com/la-diaria-resena-miembro-fantasma/» Miembro fantasma
Muy bueno.
No sirvo para ese tipo de entrega, dice, y habla del resquebrajamiento, el sonido que le parece oír cada vez que algo se termina (y todo se termina, dice, no hay superficie que aguante). El Escritor piensa en su padre, pero no dice nada; prefiere no mostrarse vulnerable. Comen las arepas en silencio. Las mesas están tan pegadas que el Escritor no puede evitar una reflexión sobre la intimidad en una ciudad donde todos compiten por un poco de espacio. Marcela le dice que ha terminado los bosquejos de la escenografía en la que estaba trabajando y lo invita a verlos en su apartamento. El siente la felicidad de las arepas. Se recuesta en la silla, echa los hombros un poco hacia atrás para estirar el estómago y la camisa se infla. Tiene confianza de que ahora podrá llegar a su casa y escribir la historia sobre el Señor Escritor. Se lo dice a Marcela, en parte para que no piense que es por fidelidad o por pereza, por lentitud digestiva, que rechaza el ofrecimiento de ir a su casa. Ella no parece desilusionada, más bien se encoge de hombros como si no le importara en lo más mínimo y solo hubiese actuado por cortesía. Él siente la necesidad de decir alguna frase sencilla y contundente: tengo el cuento en la punta de los dedos. Marcela sonríe; es dueña de esa capacidad que él considera innata en las mujeres de alegrarse por el bien ajeno. Se despiden, y al llegar a la esquina suena el celular del Escritor. Es su novia.
El mira la pantalla primero con terror, después con un alivio que raya en el milagro: ella está, el orden de su mundo. Pero no atiende. Camina cinco cuadras sintiéndose otro, piensa que se está compenetrando con su personaje y que acaso así ha de sentirse la empatia. Al llegar a la esquina no cruza con luz roja. Se siente un Señor Escritor con toda
la vida por detrás y la certeza de que, bajo ninguna circunstancia, será nada más que una promesa. Se toca el vientre y lo imagina más grande de lo que es. Algunas ventanas ya están encendidas y se complace mirando dentro de esas vidas sin envidia, solo haciendo el inventario de lo que ve: un gato en el respaldo de un sofá, un joven que fuma con el torso fuera de la ventana, un instrumento grande contra la pared (nunca aprendió a diferenciar entre un violoncelo y un contrabajo), una señora que mira televisión mientras un ventilador de techo se agita sobre su cabeza.
La escritora saca el celular del bolsillo y ve las llamadas perdidas de su novio. Siempre que almuerza con Marcelo, o con algún otro, tiene la misma sensación: que no hay nada mucho mejor ni mucho peor que su novio allá afuera. Marcelo, aunque cinco años más joven que ella, espera con paciencia el momento de llevársela a la cama. Ella lo deja esperar, no por puritanismo, sino porque una parte de su ser más profundo desprecia la manera obsecuente con que él la admira. Tal vez su novio y ella logren mantener la superficie del hielo intacta un tiempo más. Durante el almuerzo, Marcelo le señaló una planta y le pidió que adivinara si era real o de plástico. La escritora no sabía, pero logró evitar la respuesta diciendo que prefería mantener el misterio. Le devuelve la llamada a su novio. Al doblar en la avenida se fija en un cartel grande con una publicidad de zapatillas deportivas: «El límite es el cielo». Debe regresar a su casa y escribir ese cuento de una vez por todas. Como escritora, siempre ha sentido que el tiempo juega en su contra, mientras sus colegas varones publican todo lo que escriben con una seguridad interior que ella nunca llegará a conocer.
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