Marta Peirano. El pequeño libro rojo del activista en la red.

noviembre 19, 2019

Marta Peirano, El pequeño libro rojo del activista
Roca editorial, 2015. 140 páginas.

En un mundo en el que todos llevamos móviles en el bolsillo, estamos conectados a facebook y nuestro mail es propiedad de grandes corporaciones podemos suponer que estamos bastante monitorizados y que todos nuestros pasos, amigos, correos pueden estar sujetos (y muchas veces lo están) a escrutinio ajeno.

Si somos ciudadanos a los que no nos importa nuestra privacidad no pasa nada, pero si somos periodistas que queremos proteger nuestras fuentes o no nos gusta que sepan mucho de nosotros tenemos que empezar a cambiar nuestras costumbres.

La primera parte de este libro explica con ejemplos concretos por qué es necesario añadir una capa de protección a nuestras comunicaciones. La segunda proporciona las herramientas necesarias para que podamos navegar sin ser vistos, enviar correos encriptados y proteger nuestros teléfonos móviles.

Útil y muy recomendable.

P.D. En el momento de aparecer esta reseña el INE está realizando un seguimiento de todos los móviles de España: El INE arranca el rastreo de millones de móviles pero hay formas de esquivarlo


Es verdad que mucha gente compra crema hidratante sin perfume y que, contra lo que pudiera pensarse, hay personas que prefieren los colores pastel sin que su juicio esté fuertemente condicionado por una explosión de hormonas. Pero no es la preferencia por cada uno de esos productos por separado sino una combinación específica de todos ellos lo que nos indica con exactitud la situación de un cliente para poder mandarle cupones que se anticipan a su siguiente necesidad. Y no merece la pena discutir la validez de estas reglas, porque no son las conclusiones de un sociólogo o de un psicólogo sino las de un progra-mador. Por primera vez en la historia somos capaces de cruzar cantidades absurdas de detalles insignificantes para sacar conclusiones estadísticas sobre el comportamiento humano. Bienvenidos a la era del Big Data.
Parece una conspiración, pero en este caso es solo capitalismo aplicado a la Era Digital. Hace unos años, la mayor base de datos personales del mundo no la tenía la CÍA ni el FBI sino Wallmart, gracias a un ingenioso sistema por el cual los clientes renunciaban a su privacidad a cambio de un minúsculo descuento en sus compras al final de mes: la tarjeta de puntos. Hoy las entrañas de la Red esconden una máquina despersonalizada y sistemática que registra, procesa, filtra y analiza todos nuestros movimientos con la misma sencilla intención de vendernos cosas. Los Data Centers de Amazon, Facebook, Twitter o Google no son grandes solo porque guardan todos nuestros correos, ni son ricos solo por vender publicidad.
Si estas cosas pasaran a pie de calle, nos parecerían un ataque ultrajante a nuestra intimidad, pero la mayor parte del tiempo no lo vemos así porque el sistema nos hace creer que su trabajo es hacernos felices. A cambio de nuestra intimidad, la máquina recompone el mundo a la medida de nuestras compras, preferencias, pagos, amigos y recomendaciones. Gracias a nuestra indiscreción, Amazon solo nos ofrece libros que nos gustan, Spotify pincha nuestros grupos favoritos y Facebook sabe quién cumple años esta semana para que compremos el regalo con tiempo y reservemos mesa en el restaurante adecuado. La Red se ha convertido en la más eficiente de las secretarias porque sabe quiénes somos mejor que nosotros mismos, pero no trabaja para nosotros. Nosotros somos la carne que está siendo masticada por un mercado tentacular que no está sujeto a una regulación efectiva.
Análisis de Conducta, Análisis de Redes Sociales, Sentiment Analysis, Minería de datos, Escucha activa, Big Data… los nombres no son neutros ni descriptivos, sino todo lo contrario. Cada vez que escribimos algo en un buscador, creamos un usuario en una red social o mandamos un correo por Gmail, aceptamos que la empresa responsable venderá nuestros datos a terceros para g* hacer cosas con ellos que no sabemos ni nos imaginamos, sin necesidad de autorización, a menudo en lugares donde la ley no nos protege. Nuestros datos cambian de manos a gran velocidad, casi siempre por dinero, a veces por descuido y, en el peor de los casos, por la fuerza. Porque nuestra secretaria es eficiente pero no siempre discreta y hay un número creciente de criminales que se interesan por nuestros números de tarjeta, transacciones bancarias y cartillas médicas.
Todo esto es capitalismo, pero ahora sabemos que también hay conspiración. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, gobiernos propios y ajenos pinchan nuestros teléfonos, leen nuestros correos y registran nuestras vidas de manera sistemática con intenciones que no son estadísticas ni comerciales. Las nuevas leyes de retención de datos, cuya responsabilidad fue protegernos de la invasión de las empresas, obligan hoy a los proveedores de servicios —Internet, telefonía, transportes— a mantener un diario con las actividades de todos sus usuarios en tiempo real, a veces hasta siete años, para ponerlo a disposición de las autoridades si así lo requieren.

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