Arno Schmidt. La república de los sabios.

noviembre 18, 2019

Arno Schmidt, La república de los sabios
Minotauro 1967, 1973, 1984 y 1998. 210 páginas.
Tit. or. Die gelehrtenrepublik. Trad. Luis Alberto Bixio.

En un futuro medio distópico medio extraño los sabios viven en una república aparte dedicados a sus creaciones. Un periodista consigue unas cuantas horas para poder entrevistar a sus habitantes.

La primera mitad narra las aventuras del periodista para llegar a la república a través de un desierto en el que viven centauros (y centauras, con una llegará a intimar) y algunos seres mutantes que dan bastante miedo. La segunda es ya en la república y se mete en una guerra fría entre los dos bloques existentes (trasunto palmario de EEUU y URSS).

Me han gustado las críticas que lanza a creadores, el desparpajo con el que se tratan temas sexuales (pese a ser un libro antiguo) aunque la misoginia campa por sus respetos; te asignan una secretaria a voluntad pero no se mencionan secretarios equivalentes. También el lenguaje cuidado. Pero en general se me hizo farragoso.

Una lectura curiosa. Otra reseña: La república de los sabios

Cada dos años se entregaba una nueva máquina de escribir. Papel y lápices según las necesidades. También había otra cosa gratuita en el caso de los solteros: lo que designaré con el nombre de «secretaria» (pero —como nos hallábamos en la más republicana de las repúblicas de todos los tiempos- las secretarias tenían que mostrarse de acuerdo (cosa que hacían todas por así decirlo, pues el hecho les daba una celebridad inmediata y hasta terminaban por escribir ellas mismas, en general una biografía de sus patrones, revelando las intimidades más escabrosas). Yo quería conseguir una serie completa de las monedas de la isla: esas piezas eran verdaderas obras de arte. Tendrían que dármelas al partir yo, para no desequilibrar el presupuesto de la isla. Le manifesté al indio mi deseo y él se apresuró a llamar por teléfono desde el Observatorio).


El señor director de la Biblioteca, sinceramente conmovido: «¡Y pensar que habría de ver aún esto! ¡Que alguien pida leer el Insulanischen Mandorell de Hap-pel! ¡Sólo un instante, por favor!…..» Miré la esfera de mi reloj: veinte segundos (a los lectores de los diarios siempre les gusta que se les diga: «Estuvo otra vez frente a mí en dos minutos y veinte segundos.» Y, ¿por qué no? De esa manera ve que -por lo menos en parte- los impuestos que pagan no se gastan inútilmente). La sala de lectura estaba admirablemente instalada: pupitres de hermosa madera lustrada, cómodos sillones: cuarenta segundos. A lo largo de las paredes, millares de volúmenes encuadernados: a lo alto una galería, lo que por lo menos duplicaba el número a veinte mil volúmenes: sesenta segundos. (En ese preciso instante volvió a aparecer el señor director a través de la puerta: «En seguida, un momento.» Mientras esperábamos, traté de sonsacarle una o dos cosas: «La actividad aquí debe ser enorme, ¿no? Sin duda está usted muy ocupado.» El director se limitó a levantar las dos manos en señal de protesta: «¡Pero de ninguna manera!» (¡Qué amable era! ¡Seguramente estaba esperando la hora de cerrar!) Luego, vacilante, como si tuviera que decirme algo que le pesara en el corazón: «Desde hace días es usted el primero que viene…..» «¿El primero? ¿Desde hace días?», pregunté con el ceño fruncido. El hombre miró embarazado alrededor y el jeque árabe le echó una mirada negra. ¡Vaya!: ¡Que se sepa todo!)
i La Biblioteca, ¡ehé!…!, es relativamente poco frecuentada, salvo por los hombres de ciencia. Pero, los señores poetas….., de éstos no tenemos por el momento más que cuatro lectores regulares: dos de ellos se hacen llevar de vez en cuando ediciones de la Edad Media -con signos mágicos y cosas parecidas— y los contemplan durante horas enteras sin hablar palabra, como hipno-li/ados: tal vez para fortalecer la imaginación. No sé; no sé. El tercero trata de robar incunables de pequeño formato. Pero el cuarto —no, aquí no hay nada que decir- trabaja realmente de todo corazón. Da gusto entregarle un Annuaire du Républicain de 1793 o darle consejos; ¡sí, ese señor frecuenta los buenos libros!»

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