Manuel Mujica Laínez. Misteriosa Buenos Aires.

mayo 31, 2010

Editorial Planeta, 2001. 272 páginas.

Manuel Mujica Laínez, Misteriosa Buenos Aires
Escenario fantástico

A veces los libros se le pierden a uno en la propia biblioteca. Ni sabía que lo tenía, estaba en la sección de leídos sin estarlo. Una revisión oportuna me ha permitido recuperarlo.

El libro es una colección de relatos ambientados en Buenos Aires en diferentes épocas. Desde su fundación en 1536 hasta 1904. De corte fantástico la mayoría, algunos totalmente sobrenaturales, todos inscritos en acontecimientos históricos más o menos reconocibles (en mi caso la mayoría menos, por ignorancia).

La calidad es desigual pero en general aceptable. Mujica Laínez no es un escritor que me entusiasme, pero de vez en cuando acierta de pleno y hay tres o cuatro cuentos bastante buenos. Me hicieron gracia las peripecias en primera persona del libro Pablo y Virginia, con sus sufrimientor porque casi nunca lo leen entero y su temor a permanecer virgen. Me llenaron de ternura El ángel y el payador y confieso que lloré -nenaza que es uno- con El hombrecito del azulejo.

En conjunto merece la pena y no es difícil de encontrar.

Descárgalo gratis:

Mujica Láinez, Manuel – Misteriosa Buenos Aires.pdf

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Extracto:[-]

Acaso fuera la edad, acaso la experiencia, pero sufrí altibajos sentimentales que no condecían con mi carácter. ¿Acabaría Monsieur de Saint-Pierre por dominarme y por hacer de mí, su hijo rebelde, un personaje ficticio, lacrimoso y declamador?

En tan largo espacio, Bonpland sólo se ocupó de mí una vez. Me sacó de la biblioteca y me indicó al joven consagrado a embalsamar picaflores.

—Si no tiene lectura, aquí hay un libro que se comentó en Europa.

El muchacho se plantó en la página 14; trece más que Bonpland; once más que Lord Gerald; cinco más que Graciela; veinticinco menos que Juanita. Esa actitud vigorizó mi escepticismo. Volví al anaquel remozado.

Me despedí de mis compañeros, atlas y textos de botánica y mineralogía, en setiembre de 1837. Aimé Bonpland me conducía a Buenos Aires, repentinamente, dentro de un equipaje tan complejo que hasta comprendía huesos de gliptodonte. Me regaló a Pedro de Angelis, publicista napolitano.

En su casa de la calle de Santa Clara resido desde entonces y en ella falleceré. Faltábame su conocimiento para completar una mundología a la que nutre la curiosidad.

Los años en el curso de los cuales me he alojado en la biblioteca de don Pietro no pueden, ciertamente, calificarse de monótonos. En ellos he analizado de muy cerca la miseria humana. He atestiguado el desarrollo de la ambición reptando como una víbora. He tenido por espectáculo a la ingratitud y al temor que hacen mudar al hombre de piel. Nadie me leyó en el andar de tres lustros. ¿Se detendrán los presuntos dueños del globo terráqueo a reflexionar sobre ese aspecto de la fatalidad libresca? Nos leen (cuando nos leen) en dos, tres, cinco días. Luego nos comprimen los unos contra los otros, sin que a menudo nada nos relacione con nuestros c-maradas inmediatos. Y nos olvidan. ¿Qué representa

esa veloz y excitante semana de comunicación, de intercambio, si se la compara con los meses, con los años, con los decenios de rígida expectativa, de esperanza y de desencanto? No filosofemos, Pablo y Virginia, y reanudemos la narración.

Sólo la admirable inocencia de Aimé Bonpland pudo aproximarle a un hombre como Angelis y hacerle cometer la equivocación de honrarle con su afecto. Ambos habían venido a las Provincias Unidas invitados por Rivadavia. Eso estrechó sus vínculos. Pero no he tratado a dos seres más opuestos. El primero es todo buena fe y el segundo todo fe mala. El primero enseñó a la Emperatriz Josefina a clasificar sus rosas y el segundo enseñó a los hijos de Joaquín Murat, caracoleante Rey de Ñapóles, los rudimentos de la traición maquiavélica. Bonpland vivió entre árboles y pájaros; Angelis, entre bufones y periodistas que se vendían al mejor postor. El único lazo auténtico que entre uno y otro distingo és su común pasión por la cultura.

¿De qué le ha servido el estudio a Pietro de Angelis? ¿De qué le han servido las obras raras y estéticas que decoran este caserón, hoy tan funesto, y la biblioteca más importante del país y las colecciones de manuscritos? ¿De que le ha servido poseer cinco o seis idiomas vivos y dos muertos, amén de dominar el vocabulario toba, el quichua, el pampa, la tamanaca, el aymará y el mapipure? ¿De qué le ha servido la elegancia inmaculada de su corbatón, el ademán con que estira la caja de rapé, y la coquetería con que revolea el gran pañuelo de la India? ¿Dirá la verdad Monsieur de Saint-Pierre y la educación que nos aparta de la naturaleza nos precipitará en el cultivo técnico de los vicios?

Cien veces, mil veces, he observado a Angelis, en esta misma habitación que custodian los libros alineados, escribiendo hasta el amanecer sus panfletos soeces, sus editoriales mentirosos, su correspondencia de extorsión. Ha elogiado a Rivadavia, a Lavalle, a Rosas, a Viamonte, a Balcarce… Me lo han referido mis compañeros o yo mismo he sido testigo de su venalidad. Y siempre temblando, siempre temblando. A medianoche llamaban a la puerta y el napolitano se ponía a temblar.

5 comentarios

  • Diego mayo 31, 2010en8:49 am

    Es curioso este Lainez, tras la lectura de Bomarzo, y crear en mi una impulsiva necesidad de visitar los jardines del mismo nombre, empecé con El Escarabajo pero me dejó frio.

    Ahora los cuentos son otra buena tentación en la que caer.

    saludos

  • Palimp mayo 31, 2010en6:20 pm

    El escarabajo me lo regaló una amiga hace mucho tiempo, se lo acabo de dajr a mi madre y también le ha dejado fría. Yo recuerdo que no me gustó demasiado, pero mentí.

    Estos cuentos están más entretenidos.

  • Madison junio 1, 2010en12:47 pm

    Leí Bomarzo, (espero no equivocarme de título, porque de eso hace mucho) y no me gustó demasiado, se me hizo pesado.

  • Palimp junio 2, 2010en9:09 am

    Estos cuentos son bastante más ligeros.

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