Malcolm Gladwell. Fuera de serie.

septiembre 29, 2020

Malcolm Gladwell, Fuera de serie
Taurus, 2008. 330 páginas.

La tesis de este libro es muy sencilla y se resume en una línea: para tener éxito no sólo tienes que tener talento, también hay una serie de condiciones externas que se tienen que cumplir. Esto me parecía a mí una verdad de perogrullo que no necesita un libro para explicarla, pero luego me puse a pensar en la mentalidad de los estadounidenses que creen que cualquiera puede llegar a ser lo que quiera y va a ser que no.

El primer capítulo habla del efecto Mateo, centrándose en la asimetría encontrada en los mejores jugadores de diferentes deportes. En la práctica totalidad de deportes analizados hay un sesgo en los meses de nacimiento, que coincide con los meses de corte de las ligas infantiles. Si es por edad cumplida en el año, es decir, los nacidos en 1980 por ejemplo, los que nacen en enero son más grandes y fuertes que los que nacen en diciembre. Hay una diferencia de casi un año y a esas edades se nota mucho. Por lo tanto esos niños jugarán mejor, los sacarán más en los partidos, tendrán más atención por parte del entrenador, más confianza en sí mismos, practicarán más… y eso no hará más que aumentar las diferencias con los nacidos más tarde. Como dicen en el libro:

Aquella noche, ya en casa, Barnsley consultó las fechas de nacimiento de todos los jugadores de hockey profesionales que pudo encontrar. Se repetía el mismo patrón. Barnsley, su esposa, y un colega, A. H. Thompson, recopilaron estadísticas sobre todos los jugadores en la liga juvenil de hockey de Ontario. La historia era la misma: en enero habían nacido más jugadores que en cualquier otro mes, y por un margen aplastante. ¿El segundo mes de nacimientos más frecuentes? Febrero. ¿El tercero? Marzo. Barnsley descubrió que por cada jugador de la liga juvenil de hockey de Ontario nacido en noviembre había casi 5,5 nacidos en enero. Consultó las selecciones sub-11 y sub-13: la misma historia. Miró la composición de la liga nacional de hockey. La misma historia. Cuanto más lo miraba, más se convencía de que lo que estaba viendo no obedecía al azar, sino que era una ley de hierro del hockey canadiense; a saber: en cualquier equipo de la elite del hockey —la flor y nata—, el 40 por ciento de los jugadores habrá nacido entre enero y marzo;

Este es el capítulo más científico de todo el libro y es un efecto que se está estudiando en todo tipo de ámbitos, sobre todo en el educativo que es donde puede tener peores consecuencias. Inevitablemente en un equipo o en un aula se van a mezclar alumnos con una diferencia de desarrollo notable y hay que poner los medios para que todos tengan las mismas posibilidades de éxito y que no se malgaste talento.

En el siguiente capítulo nos habla de la regla de las 10.000 horas, que viene a decir que para ser un experto en algo tienes que dedicarle, de media, 10.000 horas. Se basa en que en un estudio sobre músicos aspirantes a un puesto los investigadores se dieron cuenta de que los mejores habían dedicado 10.000 horas al estudio, los normales 6.000 y los peores 4.000. A partir de aquí el autor se dedica a explicar el éxito de dos programadores de éxito porque tuvieron acceso temprano a ordenadores y pudieron tener esas 10.000 horas cuando nadie las tenía. No tengo yo títulos como para desmentir todo esto, pero ni me creo la relación causa efecto ni la veo aplicable a la informática. En realidad la diferencia de horas entre los músicos puede ser tanto una causa como un efecto. Me explico. Si se te da bien tocar es más probable que te guste hacerlo y que te importe menos practicar. Una especie de efecto mateo.

Esto lo he podido comprobar de primera mano siendo profesor de informática. Partiendo todos del mismo nivel hay gente a la que se le da mejor que a otra la programación. Yo, para que los alumnos subieran nota, mandaba ejercicios opcionales para casa. Los únicos que lo hacían eran los que ya se les daba bien. No es que los que trabajaran más se hicieran mejores, sino que los mejores eran los que trabajaban más.

El resto de capítulos, sobre que las culturas de pastores tienen un concepto del honor más elevado y por eso más comportamientos violentos (al contrario que en la historia de Caín y Abel) es interesante y digno de estudio. Incluso si los pueblos ganaderos tienen más posibilidades de tener bandas terroristas, pero lo que se cuenta en el libro no pasa de mera anécdota.

Tampoco la relación entre la cultura del arroz y los buenos resultados en matemáticas de los asiáticos, son cosas para pensar pero sin más prueba que las historietas que se cuentan no tienen categoría de estudio. Yo siempre he pensado lo mismo pero al revés en este país, que el estudio y las buenas notas no tienen muy buena prensa y por eso es complicado sacar adelante buenos planes educativos. Pero que lo piense es una cosa, que sea verdad y comprobable otra muy diferente.

Se deja leer

Las culturas del honor tienden a echar raíces en tierras altas y otras áreas menos fértiles, como Sicilia o la región de los montes vascos, en España. La explicación es que, si uno vive sobre alguna ladera rocosa, no puede cultivar la tierra, así que probablemente se dedique a criar cabras u ovejas; y la clase de cultura que se desarrolla alrededor del pastoreo es muy diferente de la cultura que se desarrolla alrededor de la agricultura. La supervivencia de un labrador depende de la cooperación con los demás dentro de la comunidad. Pero un pastor está solo. Un labrador tampoco tiene que preocuparse de que le roben el sustento por la noche, porque no es fácil robar cosechas a no ser, por supuesto, que el ladrón quiera molestarse en cosechar un campo entero él solo antes de ser descubierto. Pero un pastor sí que tiene que preocuparse. Está bajo constante amenaza de ruina por la pérdida de sus animales. Así que tiene que ser agresivo: tiene que aclarar, con palabras y con hechos, que no es un hombre débil. Tiene que estar dispuesto a luchar en respuesta al menor desafío a su reputación: eso es lo que significa «la cultura del honor». Es un mundo donde la reputación de un hombre está en el centro de su sustento y su autoestima.

El momento crítico en el desarrollo de la reputación de un pastor joven es su primera pelea —escribe el etnógrafo J. K. Campbell hablando de una cultura pastoril griega—. Las peleas son necesariamente públicas. Pueden producirse en la cafetería, en la plaza del pueblo o, con más frecuencia, sobre la linde de un pasto, donde una maldición o una piedra lanzada por otro pastor a una oveja ajena descarriada es un insulto que inevitablemente exige una respuesta violenta.

¿Por qué eran así los Apalaches? Debido a la procedencia de los primeros colonos de la región. Los llamados estados del backcountry americano —desde la frontera con Pensilvania al sur y el oeste hasta Virginia y Virginia Occidental, Kentucky y Tennessee, Carolina del Norte y Carolina del Sur, comprendiendo también el norte de Alabama y Georgia— fueron poblados por una mayoría abrumadora de inmigrantes impregnados de una de las culturas del honor más feroces del mundo: la de los «irlandeses-escoceses», es decir, los habitantes de las tierras bajas de Escocia, los condados del norte de Inglaterra y la región del Ulster en Irlanda del Norte.

Las zonas fronterizas, como se conocían estas comarcas, eran unos territorios remotos y fuera de la ley que habían estado en el centro de luchas de poder durante cientos de años. Las gentes de estas regiones estaban empapadas de violencia. Eran pastores que arrancaban con esfuerzo lo poco provechoso de una tierra pedregosa y yerma. Era gente cerrada, que respondía a la dureza y las tribulaciones de su entorno estrechando al máximo los lazos familiares y poniendo la lealtad a la sangre por encima de todo lo demás. Y cuando emigraron a Norteamérica, se desplazaron al interior del continente, a lugares remotos, fuera de la ley, rocosos y poco fértiles como Harlan, que les permitían reproducir en el Nuevo Mundo la cultura del honor que habían creado en el Viejo.

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