Arkadi y Boris Strugatski. Ciudad Maldita.

septiembre 28, 2020

Arkadi y Boris Strugatski, Ciudad Maldita
Gigamesh , 2004. 367 páginas.

La ciudad está en un sitio indefinido, donde el sol se enciende y se apaga, la cartografía es desconocida y todos forman parte de un experimento del que se desconocen los fines. Andrei, el protagonista, pasará de ser basurero a editor de un periódico, político de alto nivel y por último explorador de los confines de ese extraño mundo.

Ciencia ficción en el margen como muchas novelas de los Strugatski el experimento funciona primero como una metáfora del régimen soviético -y por eso no pudo publicarse hasta muy tarde. Sin embargo la potencia de las imágenes, la personalidad de los protagonistas -ese Andrei enfrentado consigo mismo, luchando entre el deber y la humanidad- y lo onírico de ambiente y situaciones hace que la cosa vaya mucho más allá.

¿Por qué hay un ataque de babuinos? ¿Qué es la pared? ¿Qué significa el experimento? ¿De dónde sale el edificio rojo -y adonde va? Son todo preguntas que quedan más o menso sin respuesta, y uno se queda atrapado en este mundo a mitad de camino entre el realismo mágico, una pesadilla de Kafka y la ciencia ficción más hard.

En muchos sitios la describen como una novela en contra de los totalitarismos y un canto a la libertad, pero yo no lo tengo tan claro. Aquí hacen una reseña extensa: Ciudad maldita, en esta bitácora amiga se fijan más en la soledad del individuo frente al caos de la existencia: Ciudad maldita.

Muy recomendable.

—Oye, Fritz —dijo Izya—. ¿Por qué razón quieres echarte más preocupaciones encima? Digamos que surgen escritores de talento, y en sus obras geniales se dedicarán a darte caña a ti, a tu sistema, a tus consejeros… Verás las molestias que vas a tener. Al principio, intentarás convencerlos, después tendrás que amenazarlos, y finalmente te verás obligado a detenerlos.
—¿Y por qué me van a dar caña sin falta? —se molestó Geiger—. ¿No podría ser, por el contrario, que me alaben?
—No —afirmó Izya—. No te alabarán. Hoy Andrei te ha explicado claramente cómo son los científicos. Pues resulta que los grandes escritores siempre andan rezongando. Es su estado normal, precisamente porque son la conciencia doliente de la sociedad, que ni siquiera sospecha que la tiene. Y como, en este caso, el símbolo de la sociedad eres tú, en primer lugar te tirarán tomates a ti… —Izya se echó a reír—. Me imagino cómo hablarán de Rumer.


«Unos rizos… —pensó—. Qué cosa. Qué mala suerte tienen algunos. Y no podemos hacer nada al respecto. Sólo hay que pensar en aquellas cosas que dependen de nosotros… Digamos, en Leningrado no hubo rizos de ningún tipo. Hubo un frío salvaje, horrible, los que se congelaban gritaban en los portales cubiertos de hielo, cada vez con menos fuerza, durante muchas, muchas horas… Uno se quedaba dormido, oyendo cómo alguien gritaba, se despertaba sumido aún en aquel grito desesperado, sin que le pareciera algo horrible, más bien se trataba de algo que daba náuseas, y cuando por la mañana, envuelto en la manta hasta la barbilla, bajaba a buscar agua por las escaleras cubiertas de excrementos congelados, agarrando la mano de su madre que a su vez tiraba del trineo donde habían atado el cubo, el que gritaba yacía abajo, junto al pozo del ascensor, seguramente en el mismo lugar donde cayera la noche anterior, en el mismo sitio, sí, porque no había sido capaz de incorporarse, ni siquiera de arrastrarse, y nadie había salido a prestarle ayuda. Y no hizo falta rizo alguno. Sobrevivimos sólo porque mamá tenía la costumbre de comprar la leña al comienzo de la primavera y no en verano. La leña nos salvó. Y los gatos. Doce gatos adultos y un pequeño gatito, tan hambriento que cuando intenté acariciarlo se lanzó sobre mi mano y se puso a roer y morder mis dedos con ansiedad. Os mandaría allí, canallas —pensó Andrei con rabia repentina, acordándose de los soldados—. Aquello no era el Experimento. Y la ciudad era mucho más terrible que ésta. En aquel sitio me hubiera vuelto loco sin remedio. Me salvó el hecho de ser un niño. Los niños simplemente morían…
»Pero no rendimos la ciudad —siguió pensando—. Los que se quedaron iban muriendo poco a poco. Los amontonaban ordenadamente en los cobertizos para la leña, intentaban evacuar a los vivos, el gobierno seguía funcionando y la vida continuaba su curso, una vida extraña, delirante. Alguien moría en silencio; otro hacía algo heroico y después también moría: un tercero trabajaba en la fábrica hasta el último momento, y cuando le llegaba el día, también moría. Había quien engordaba a costa de todo eso, comprando oro, plata, perlas, pendientes, joyas, por mendrugos de pan, pero después también moría: lo llevaban a orillas del Neva y lo fusilaban, y después subían hasta la calle, y sin mirar a nadie se volvían a colgar los fusiles tras las huesudas espaldas. Había quien, con un hacha en la mano, acechaba en los callejones, comía carne humana, hasta intentaba venderla, pero de todos modos moría también. En aquella ciudad no había nada más habitual que la muerte. Pero el gobierno seguía allí, y mientras lograra permanecer, la ciudad se sostenía.

2 comentarios

  • Cities: Walking septiembre 28, 2020en10:11 am

    Veo que te ha entusiasmado mucho más que a mí, que a pesar de que recuerdo imágenes muy potentes, en global me resultó bastante oscura. Y gracias por el link 🙂

  • Palimp septiembre 29, 2020en12:46 pm

    Sí, cada vez más me gusta el universo Strugatski. ¡Abrazos!

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