Juan Revenga. Adelgázame, miénteme.

septiembre 16, 2020

Juan Revenga, Adelgázame miénteme

Veamos:

1.- Hay un problema de obesidad en el mundo
2.- Hay cientos de dietas que se venden y anuncian como remedios eficaces y sin sufrir.

Los dos hechos no pueden ser ciertos a la vez. ¿Imaginan cual es el que no es cierto? A comentarlo y demostrarlo se dedica este libro, basado en hechos comprobados y que hace un repaso de bastantes dietas (no de todas, es imposible) y explica el por qué no funcionan.

Como dicen dos de las citas que encabezan sendos capítulos:

La industria del adelgazamiento es el único negocio rentable del mundo con una tasa de fracaso del 98 %.

(The Eating Disorder Foundation)

La mayoría de las personas que comienzan un tratamiento dietético lo abandonan; de las que continúan, la mayoría no pierde peso; y de las que pierden peso, la mayoría vuelve a recuperarlo.

JOHN STUART GARROW

Ya en el prólogo el autor nos adelanta lo que nos vamos a encontrar:

Que no te engañen: adelgazar es tremendamente difícil. No es imposible, pero sí difícil; especialmente adelgazar y mantener ese adelgazamiento a lo largo del tiempo.2 Si alguien te dice lo contrario o lees algún tipo de publicidad que sugiera o dé a entender lo contrario, es decir, que es fácil o sencillo (la mayor parte de la publicidad en este sentido es así), recela: o has leído mal o alguien miente como un auténtico bellaco. La probabilidad de que haya otras alternativas ante tanta sencillez en los planteamientos iniciales es francamente escasa.

Pero si esto es así ¿Por qué amigos nos recomiendan dietas que aseguran que funcionan? Veamos una posible explicación:

El amimefuncionismo, además, es una estrategia prohibida en la legislación vigente y no es por casualidad, ya que este recurso se utiliza cuando fallan las pruebas objetivas, es decir, cuando no existen, y es entonces cuando se recurre a las pruebas subjetivas. Para comprender un poco mejor el lado más peligroso de esta coletilla, nada mejor que ponernos en una situación cotidiana. Supongamos que decides por primera vez adelgazar y recurres a un profesional, un dietista-nutricionista. Él o ella te proponen hacer un planteamiento genérico de tu estilo de vida, incluido, claro, el de la alimentación. Con este sistema, en el plazo de dos meses reduces tu peso, pongamos, por ejemplo, tres kilos y medio. Sin embargo, pasado este tiempo, te despistas, tu inicial voluntad flaquea y dejas las recomendaciones a un lado mientras vuelves a comer (y vivir) como antes de visitar al especialista.

Sigamos suponiendo que al cabo de cuatro meses pesas dos kilos más de los que pesabas antes de ponerte en manos del dietista-nutricionista. Entonces, decides hacer, por ejemplo, la dieta del sirope de arce. La has leído en un blog de moda con muchos seguidores y en ella solo parece haber beneficios. Es esa dieta que te hace estar casi sin probar un bocado sólido en una semana, esa que ca­si te hace desfallecer, pero tú aguantas y soportas gracias a tu férrea voluntad, y va y resulta que, transcurrida esa semana, pesas cuatro kilos menos. ¡Esto sí que funciona!, pensarás, y no la dieta del pirado aquel y su perorata con la necesidad de seguir mejores estilos de vida. Además, vas y lo pregonas a los cuatro vientos: en una semana con el sirope de arce has bajado cuatro kilos. Estás tan contento que decides ir a la herboristería a por más sirope de arce y continuar. Sin embargo, este nuevo envase de sirope de arce se queda en un armario de tu cocina sin abrir; te vuelves a despistar, retornas a tu rutina habitual y vuelves a recuperar el peso, esta vez en menos tiempo. Pero en tu subconsciente te ha quedado bien claro un peligroso concepto: el sirope de arce funciona y lo otro no.

Lo cierto es que si alguna de las dietas funcionara, es decir, fuera eficaz para perder peso sin pasar hambre o sufrir de alguna manera no haría falta que hubiera tantas. Esa dieta ya se habría impuesto:

A pesar de la ingente cantidad de métodos existentes o habidos, al mismo tiempo, se han destinado, y se sigue haciendo, incalculables recursos humanos y económicos para ponerles coto. ¿No crees que si alguno de estos sistemas funcionara no haría falta preguntar qué hacer ante un caso concreto de obesidad? Lo que trato de poner de relieve es que en el tratamiento del exceso de peso no hay soluciones fáciles ni generales ni milagrosas. Adelgazar, como decía en el prólogo, es complicado y depende más de ti que de cualquier otra persona, aunque estar bien asesorado cuando no se tienen ciertos recursos puede ser de gran ayuda. Si algo fuera universalmente eficaz para adelgazar todo el mundo lo sabría, todo el mundo lo compraría y nadie padecería obesidad o tendría unos kilos de más, salvo por voluntad propia. Pero lo cierto es que, a día de hoy, esa solución mágica no existe y, por tanto, no depende del dinero que nos podamos gastar, ni de la cantidad de dietas que podamos hacer.

En un libro que afirma que no hay dietas mágicas evidentemente no va a proporcionarnos ninguna solución, pero sí que podemos ir cambiando hábitos poco a poco:

Concretar tus objetivos consiste, por ejemplo, en sentarte un día y, bien solo, bien en compañía (este tipo de cambios vitales suelen tener un mejor pronóstico cuando implican al mismo tiempo a personas que tienen un cierto vínculo), hacer una planificación de la ruta que, centrándonos solo en comer mejor, vas a seguir para alcanzar ese objetivo parcial. De este modo habrás de anotar todas aquellas circunstancias que crees que ejercen una influencia negativa en tu estilo de alimentación actual sin importar su origen; pueden ser circunstancias económicas, de falta de tiempo, laborales, de conocimiento de la materia en sí, de falta de habilidades culinarias, de asociaciones que se hacen entre tu estado de ánimo y la comida, etcétera. Del mismo modo habrás de anotar también los pequeños cambios que estás dispuesto a afrontar al menos inicialmente, por ejemplo:

• Si has identificado una de tus influencias negativas como la falta de tiempo para hacer la compra, podrías anotar algo así como: «Iré a comprar productos frescos (frutas, verduras, hortalizas, pescado y carne) los sábados por la mañana».

• Si crees que uno de tus puntos débiles es que comes en el trabajo y vas a salto de mata: «Me organizaré para llevar la comida de casa al trabajo al menos dos días por semana».

• Si crees que tomas demasiados refrescos y que no controlas su ingesta, ya que echas mano de ellos casi de forma inconsciente: «Haré un recuento de todos los refrescos que me tomo en un día y plantearé otras posibles elecciones en su lugar».

Muy recomendable.

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