Alan Bradley. Flavia de los extraños talentos.

septiembre 15, 2020

Alan Bradley, Flavia de los extraños talentos
Planeta, 2009. 432 páginas.
Tit. or. The Sweetness at the Bottom of the Pie. Trad. Montse Triviño.

Flavia es una apasionada de la química que vive con su padre en una mansión inglesa acompañada de sus dos hermanas con las que se lleva a matar, el ama de llaves y un ayudante para todo. Su padre recibe la visita de un turbio personaje que aparece muerto al día siguiente en el jardín. Arranca una investigación en la que Flavia intentará averiguar quién es el asesino para librar a su padre de la sospecha.

Novela que me venía muy recomendada y de la que todo el mundo está enamorado pero que a mí me ha parecido una novela juvenil sin demasiadas alharacas, que se lee bien pero sin excesiva profundidad. Todos los enigmas los ves venir a dos kilómetros de distancia y los personajes no pasan de correctos. Sólo una escena me llamó la atención: la visita de Flavia a la residencia de ancianos. No les haré spoilers.

Entretenida si más. Otras reseñas: Flavia de los extraños talentos y Flavia de los extraños talentos

Se deja leer.

Tres de las cuatro paredes de la estancia estaban cubiertas del suelo al techo por vitrinas con puertas de cristal: en dos de ellas se acumulaban hileras y más hileras de productos químicos en tarros de botica, de cristal, rotulados con la pulcra y hermosa letra de Tar de Luce, quien a la postre había desafiado al destino y había sobrevivido a su familia. Tar había muerto en 1928 a los sesenta años de edad en su reino químico, donde lo halló una mañana el ama de llaves con uno de los ojos aún observando, aunque ya sin ver, por su queridísimo Leitz. Se había rumoreado, incluso, que en el momento de su muerte estaba estudiando la descomposición de primer orden del pentóxido de nitrógeno. De ser eso cierto, se trataría de la primera investigación conocida sobre una reacción que, a la larga, conduciría a la invención de la bomba atómica.

El laboratorio del tío Tar había permanecido cerrado a cal y canto y se había mantenido intacto en un asfixiante silencio hasta que empezó a manifestarse lo que papá definió como mi «extraño talento», lo que me había permitido quedarme el laboratorio para mí sola.

Aún me estremecía de emoción cada vez que recordaba el lluvioso día de otoño en que la química apareció en mi vida.

Estaba yo escalando los estantes de la biblioteca, jugando a ser una célebre alpinista, cuando me resbaló un pie y tiré un voluminoso libro al suelo. Cuando lo recogí para alisar las arrugadas páginas, me di cuenta de que el libro en cuestión no sólo tenía palabras, sino también decenas de ilustraciones: en algunas de ellas se veían manos sin cuerpo que vertían líquidos en curiosos recipientes de cristal que más bien parecían instrumentos musicales de otro mundo.

El libro se titulaba Estudio elemental de química, y en cuestión de segundos aprendí de él que la palabra «yodo» procede de un término que significa «violado» y que «bromo» procede de una palabra griega que significa «fetidez». ¡Ésas eran las cosas que yo quería saber! Me metí el voluminoso libro rojo debajo del suéter y me lo llevé arriba. Sólo más tarde descubrí el nombre «H. de Luce» escrito en la guarda. El libro había pertenecido a Harriet.

No tardé mucho en dedicar cada minuto libre a estudiar minuciosamente aquellas páginas. Había noches, incluso, en que apenas podía esperar el momento de irme a la cama, pues el libro de Harriet se había convertido en mi amigo secreto.

En él se hablaba de los metales alcalinos, algunos de los cuales tenían nombres fabulosos, como litio o rubidio, y de los metales alcalinotérreos, como el estroncio, el bario y el radio. Aplaudí con entusiasmo al leer que el radio lo había descubierto una mujer, madame Curie. Y luego estaban los gases venenosos, como la fosfina (se ha demostrado que una simple burbuja tiene efectos letales), el peróxido de nitrógeno, el ácido hidrosulfúrico… La lista era interminable. Cuando descubrí que el libro proporcionaba instrucciones detalladas para formular dichos compuestos, subí hasta el séptimo cielo.

En cuanto conseguí entender las ecuaciones químicas del tipo K4FeC6N6 + 2 K = 6KCN + Fe (que describe lo que pasa cuando se calienta el prusiato amarillo de potasa con potasio para producir cianuro de potasio) se me abrió el universo entero. Fue como haber encontrado un libro de recetas que en otros tiempos hubiera pertenecido a la bruja del bosque.

Lo que más me intrigaba era haber descubierto que todo, toda la creación —¡de principio a fin!—, se mantenía unido gracias a enlaces químicos invisibles. Me produjo un extraño e inexplicable consuelo saber que en algún lugar, aunque en nuestro mundo no pudiéramos verlo, existía auténtica estabilidad.

Al principio no establecí la obvia conexión entre el libro y el laboratorio abandonado que había descubierto de niña. Pero cuando finalmente relacioné una y otra cosa, mi vida cobró vida…, si es que eso tiene sentido.

Allí, en el laboratorio del tío Tar, se hallaban perfectamente ordenados los libros de química que con tanto amor había ido recopilando. No tardé mucho en descubrir que, con un poco de esfuerzo por mi parte, la mayoría de ellos no me resultaban complicados. Pronto pasé a los experimentos sencillos, tratando de no olvidar nunca que debía seguir las instrucciones al pie de la letra. Huelga decir que provoqué unos cuantos hedores y explosiones, pero cuanto menos se hable de esa cuestión, mejor que mejor.

Con el tiempo, mis cuadernos de notas fueron cada vez más abultados. De hecho, mi trabajo se volvió más sofisticado cuando la química orgánica fue revelándome sus misterios, y sentí una gran alegría al descubrir que de la naturaleza podía extraerse mucho y con mucha facilidad. Mi mayor pasión era el veneno.

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