Emilio Bueso. Diástole.

febrero 19, 2012

Emilio Bueso, Diástole
Salto de página, 2011. 236 páginas.

Colmillos radioactivos

Segundo de los libros encadenados, completamente diferente al de ayer. Aquí no hay ternura; hay sangre y radioactividad.

Jerome es un adicto a la heroína, pero antes fue pintor. Y tiene un encargo curioso, pero bien pagado. Pintar en cuatro noches consecutivas el retrato de un extravagante anciano que vive en una casa congelada en lo alto de una colina. No hace falta decir que no todo es lo que parece…

Es difícil describir el libro sin destripar nada. Empecemos diciendo que es una novela de género (terror, no especifico más). Que es absolutamente original, demostrando que en contra de lo que pueda parecer, todavía no se ha escrito todo. Y que en contra de las últimas revisiones -edulcoradas- del tema hay personajes que todavía pueden personificar el mal como es: sucio, sangriento y -signo de los tiempos- radioactivo.

He disfrutado mucho leyendo Diástole. Porque tiene un ritmo trepidante, y te agarra de la oreja como intentes salir de sus páginas. Porque al contrario de lo habitual en estas novelas, está bien escrito, con un lenguaje que crea muy bien la atmósfera necesaria. Y porque me gusta el arte.

Aquí la reseñan con un poco de sorna: La medicina de Tongoy y aquí con veneración: La tormenta en un vaso. Es normal que haya opiniones divididas, no es una novela que pueda gustar a todo el mundo. Pero sí me ha gustado a mí.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (172/365)

Extracto:
Así que no hago nada bueno. Hago lo que hago yo. Follarme a la heroína de mi peor historia en cualquier callejón. Dejarme llevar por la única pasión que me hace vibrar ya. Paro el mundo, le digo al globo que deje de orbitar, a la Tierra que ya no gire más. Suena en mi cabeza la aguja de un tocadiscos derrapando sobre el vinilo. Por un momento no hay traslación ni rotación ni puede oírse el rumor del viento en los árboles ni brillan las estrellas ni cantan los grillos ni se escuchan pájaros nocturnos. Una pápela de polvo blanco sin más polvo blanco se desliza por mis manos, una cortina de nubes corre sobre la luna llena y una bruma muy fea pasa sobre la córnea de mis ojos, que miran a través de la ventanilla. Al poco, aflojo la goma de mi brazo y la jeringuilla queda vacía. Como mi cabeza.
Dentro de mí estalla el maíz con el que se hacen las mejores palomitas.
En mi pecho retumban tabiques auriculares y ventriculares, mi corazón golpea sus paredes del mismo modo en que suelen golpearse las de una celda acolchada. Sístole. Diástole. Sístole. Diástole. Sacadme de aquí. Sístole. Diástole. Matadme.
Pasan unos instantes de esos que no pueden medirse con ningún reloj. Un tiempo de los que están más allá de cualquier agujero negro. Minutos que podéis borrar de toda realidad. Un lapso privado en el que sólo quepo yo y nada más importa. No sé decir si eso dura mucho: me basta un fogonazo de felicidad, algunas veces. Otras me paso colgado media hora, o eso me han dicho. Al fin y al cabo nadie sabe decir cuánto dura un orgasmo.
El aire helado de las montañas del desierto me saca de mis delirios, me abofetea y me devuelve al mundo de los vivos, reparado, pero no del todo. Estoy un poco adormecido. El sudor sobre mi piel se está comenzando a secar y me ha abandonado el temblor que suele zarandearme las manos cuando tengo el mono.
Ahora podré pintar, le digo al panel de mandos de mi Talbot Horizon.
Pero él no tiene colores.
Él sigue noqueado. No se ha repuesto de lo suyo. Yo sí. No él. Ambos estamos encajándole los tirones a la vida, pero a ninguno de nosotros nos salen gratis los grandes subidones, los grandes bajones que vienen después.
La pendiente. El barranco.
Me palpita todo el cuerpo. Sístole. Diástole. Sístole. Diástole. Sístole. Diástole. Un latido más y sabré que si tengo un sitio en este mundo es en el interior de esta berlina desvencijada.
Porque mi coche es la única cosa que hay en el mundo que todavía no me ha dejado tirado. No del todo.
Y yo no puedo abandonarlo así, no puedo despedirme de él aquí en medio. No, porque eso es lo que llevan haciendo conmigo desde que cumplí los quince años. Tengo que darle una patada, a mi viejo coche. Un chute de gasolina más, otro empujón. Vamos amigo mío, le digo, puedes hacerlo, puedes seguir acompañándome.
Puedes llevarme hasta la casa de mi cliente. Faltan veinte minutos, si no se te ha averiado también el reloj del salpicadero. Venga, campeón, llévame hasta la mansión del dinero y tal vez eso consiga pagarme a mí los opiáceos que licuó y a ti los hidrocarburos que vaporizas. Mi heroína, mi morfina, mi codeína, mi cocaína, mi anfetamina, mi ketamina y tu gasolina nos cuestan mucho dinero.

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