
Wunderkammer, 2025. 170 páginas.
Repaso a figuras de artistas y escritoras que enfocaron su arte desde una experiencia mística. Aparecen las místicas de la edad media, claro, como Beatriz de Nazaret, que escribió De los siete grados del amor, con ese misticismo teñido de erotismo que nos sigue sorprendiendo e interpelando a través de los siglos.
Pero también artistas como Hilma af Klint, inventora del arte abstracto aunque no lo supimos hasta que fue demasiado tarde, y cuya obra está articulada alrededor de una comunicación con un más allá que también es místico.
No hace falta que volvamos a decir lo bien que escribe Begoña, pero sí que esta incursión en las figuras relevantes del misticismo femenino es una delicia de principio a fin.
Muy bueno.
Sin embargo, a partir de ese momento y de esas experiencias, sus preocupaciones estéticas se desplazaron hacia el ámbito mediúmnico y espiritual.
El creciente interés artístico y vital por el mundo trascendente hizo que en 1896 fundara, junto a su amiga Anna Cassell y a tres amigas más, el grupo De Fem, «Las cinco», con el fin de celebrar sesiones espirituales y entrar en relación con los misterios del cosmos. Meditaron y ayunaron, leyeron y comentaron pasajes seleccionados de los Evangelios. La energía que emanaba de aquellas reuniones enseguida dio sus frutos: trances extracorpóreos y éxtasis visionarios, mensajes de luz recibidos de maestros superiores; textos y dibujos al dictado, que registraron de manera exhaustiva en un diario. En 1905 un espíritu se dirigió a Hilma af Klint para darle una tarea: sería la responsable de realizar las Pinturas para el templo, imágenes destinadas a entender la realidad invisible y la vida espiritual, y que iban a exponerse en un gran edificio teosófico en forma de caracola: círculos en progresión descendente para un viaje al interior de la vida inmaterial, al origen primordial del universo. Ella aceptó el mandato. De Fem se deshizo poco a poco debido a la falta de consenso para acometer el proyecto de manera colectiva o acaso por el protagonismo que Hilma af
Klint fue adquiriendo dentro del grupo. Sea como fuere, la cuestión es que continuó con las Pinturas para el templo en solitario. Sus lecturas científicas y teosóficas se intensificaron. Se aisló del exterior, primero en su estudio de Esto-colmo y después, cuando el enorme tamaño de alguna de sus obras exigía más espacio, en el refugio que Anna Cassel ordenó construir en la isla de Munsó. Se hizo vegetariana, continuó con los ayunos, ejercitó la fortaleza mental para no acabar recluida en un hospital psiquiátrico, como ocurrió con otras practicantes de espiritismo de la época; uno de los casos más emblemáticos y dolorosos fue el de Camille Claudel.
Igual que habían hecho antes en De Fem, af Klint llevó un riguroso registro del proceso creativo. En sus diarios, unas libretas azules, recogía los bocetos de los lienzos proyectados y una vez finalizados los fotografiaba y pegaba en los cuadernos. Asimismo, anotaba el tamaño original y la fecha en que daba las pinturas por terminadas, hizo una lista detallada de los términos y símbolos que usaba en sus lienzos y también dejó constancia escrita de sus procesos espirituales. Para ella, el arte era una puerta de acceso a lo inmutable y eterno que anima el universo. Renunció a la pintura mimètica y figurativa.
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