Walter Gratzer. Eurekas y Euforias.

julio 7, 2008

Editorial Crítica, 2004, 2005. 454 páginas.
Tit. Or. Eurekas and Euphorias. Trad. Javier García Sanz.

GratzerEureka
Anecdotario

Una recopilación de curiosidades acerca de la vida de los científicos no nos va a enseñar ciencia, pero nos enseñará la parte humana que se esconde detrás de las ecuaciones. Mitad historias de descubrimientos sorpresa (como Serendipia), mitad apuntes biográficos graciosos o extravagantes, el libro es una fuente inagotable de anécdotas graciosas que, si bien no nos harán más sabios, nos enseñarán que la ciencia tiene su lado divertido.

Es imposible resumir un libro como éste, así que les he preparado una buena selección de historias. Ha sido difícil escoger, porque hay algunas muy buenas. Empecemos por la típica imagen del profesor despistado. Nadie mejor que David Hilbert para representarlo:

Los despistes de Hilbert eran legendarios. Uno de sus estudiantes citaba un ejemplo: una tarde, cuando Hilbert y su mujer se estaban preparando para recibir a los invitados para una cena, ella le dijo que se cambiara la deplorable corbata que llevaba. Los invitados llegaron pero Hilbert no reapareció. Finalmente fueron en su busca y le encontraron dormido en la cama. Tras quitarse la corbata, simplemente había seguido con la secuencia de acciones habitual, terminando con el camisón y la cama.

En algún momento durante los años veinte, uno de los brillantes estudiantes de Hilbert había escrito un artículo que pretendía demostrar la hipótesis de Riemann —un persistente desafío para los matemáticos concerniente a un aspecto importante de la teoría de números—. El estudiante le había mostrado el artículo a Hilbert, quien lo estudió cuidadosamente y quedó realmente impresionado por la profundidad del argumento pero, por desgracia, encontró un error en el mismo que ni siquiera él podía corregir. Al año siguiente, el estudiante murió. Hilbert preguntó a los afligidos parientes si le permitirían decir una oración fúnebre. Mientras los parientes y amigos del estudiante estaban llorando ante la tumba bajo la lluvia, Hilbert se adelantó. Empezó hablando de la tragedia que suponía que un joven tan dotado hubiera muerto antes de tener una oportunidad de demostrar de qué era capaz. Y siguió diciendo que pese al hecho de que la demostración que propuso este joven de la hipótesis de Riemann contenía un error, era aún posible que algún día se obtuviera una demostración del famoso problema siguiendo las líneas que el difunto había indicado. «De hecho», continuó con entusiasmo, de pie bajo la lluvia junto a la tumba del estudiante muerto, «consideremos una función de una variable compleja…».

Además de despistados, los profesores muchas veces dejan desconcertados a sus alumnos:

Muchos de los más grandes científicos del mundo han sido profesores excepcionalmente malos. La opacidad de las actuaciones públicas de Niels Bohr era legendaria . Su amigo Ernest Rutherford era un orador desbordante , pero rompía en incoherencias cuando se veía forzado a manipular ecuaciones algebraicas. En una ocasión se volvió enojado contra su audiencia: «¡Todos están ahí sentados como tarugos y ninguno va a decirme dónde me he equivocado!». Para otros, más inclinados hacia la teoría, las derivaciones matemáticas eran demasiado fáciles y los estudiantes se quedaban perplejos mientras el profesor se saltaba los pasos intermedios de una demostración. Se cuenta que el matemático G. H. Hardy [ empezó su perorata en una clase con la declaración: «Es ahora obvio que…». Acto seguido se detuvo y se volvió a contemplar en silencio las ecuaciones que había escrito en la pizarra. Tras una pausa interminable, dejó ver una sonrisa y aseguró a sus oyentes que realmente era obvio.

Los artistas siempre han tenido fama de extravagantes, pero algunos científicos no les van a la zaga. Para comprobarlo, lean la siguiente historia:

William Buckland (1784-1856) fue el primer ocupante de la Cátedra de Zoología en Oxford y pasó su extraordinaria excentricidad a su hijo Francis, un zoólogo autor de Curiosidades de Historia Natural y durante algunos años inspector de las pesquerías de salmón. Los Buckland hicieron un hábito de comer, con espíritu de curiosidad científica, cualquier animal que se cruzara en su camino. Francis llegó a un acuerdo con el zoológico de Londres para recibir una pieza de cualquier cosa que muriese allí. Los visitantes de la casa de los Buckland, además de sufrir las insinuaciones del burro mascota y otras criaturas que en general no se encuentran en un salón, corrían el riesgo de que se les ofreciesen manjares tales como ratón en croüte o una cabeza de marsopa en lonchas. William mantenía que el asado de topo había sido la cosa más desagradable que había comido hasta que probó los moscardones guisados. Cuando un amigo suyo, el arzobispo de York, le mostró una caja de rapé que contenía el corazón embalsamado de Luis XVI que el prelado había comprado en París en la época de la Revolución, William Buckland manifestó que nunca había comido el corazón de un rey y antes de que se lo pudieran impedir lo había cogido y se lo había tragado.

Durante una visita a Italia, a los siempre curiosos Buckland les mostraron una mancha en el suelo de una iglesia en el lugar donde un santo había sido martirizado. Cada mañana, les dijeron, la sangre fresca se renovaba milagrosamente. Inmediatamente William se arrodilló en el suelo y aplicó su lengua a la mancha húmeda. No es sangre, informó a sus anfitriones. El sabía exactamente lo que era: nada más que orina de murciélago.

Más allá de la extravagancia está la locura, y aunque parezca increíble también se han logrado hacer contribuciones:

Quizás el caso más trágico y más extraño de vida de trabajo pasada en confinamiento es el del matemático André Bloch. Nació en Besancon en 1893, siendo uno de tres hermanos de padres judíos. Huérfano a edad temprana, André y el más joven de sus hermanos, Georges, mostraron talentos sobresalientes y ambos obtuvieron plazas por oposición en la Escuela Politécnica de París. Sus estudios fueron interrumpidos por la primera guerra mundial, en la que Georges fue gravemente herido y perdió un ojo mientras que André, que servía como oficial de artillería, cayó herido en un puesto de observación bajo el fuego de los cañones enemigos. Tras varias estancias en el hospital, se le dio una licencia indefinida en 1917 y retomó sus estudios en la Escuela.

Más tarde, en noviembre de ese mismo año, mientras cenaba en familia en París, se abalanzó con un cuchillo sobre su hermano Georges y sus tíos y los apuñaló hasta la muerte. Luego salió a la calle, gritando, y fue detenido sin oponer resistencia. Con el país inmerso en una guerra desesperada, el asunto, que después de todo implicaba a dos oficiales del ejército, fue silenciado y el perpetrador fue ingresado en un hospital psiquiátrico, la Maison de Charenton, en las afueras de París. Allí permaneció hasta su muerte por leucemia en 1948.

André Bloch explicó tranquilamente a un doctor del Charenton que no le había quedado otra opción que eliminar a la rama de su familia que se había visto afectada por una enfermedad mental. Las leyes de la eugenesia, insistió, eran ineluctables y su deber era actuar como lo hizo. Reprendió al doctor por su reacción emocional: «Usted sabe muy bien», declaró, «que mi filosofía está inspirada por el pragmatismo y la racionalidad absoluta. Yo he aplicado el ejemplo y los principios de una célebre matemática de Alejandría, Hipatia». No hay evidencia, por supuesto, de que Hipatia sostuviese nociones tan radicales, ni se estableció si el trastorno de Bloch derivaba de su experiencia en la guerra. Pero en todos los demás aspectos parecía completamente sano y de su celda en el Charenton proceden una serie de importantes comunicaciones matemáticas, principalmente en análisis algebraico, teoría de números y geometría, aunque también escribió un ensayo sobre las matemáticas de las mareas. Un artículo estaba preparado con otro matemático recluido durante algún tiempo en la Maison de Charenton.

Los logros de Bloch son más extraordinarios si se tiene en cuenta que era completamente autodidacta y sólo más tarde estableció contactos, a través de cartas y escasas visitas, con algunos de los matemáticos destacados de la época, los cuales, inicialmente, desconocían que estaban en correspondencia con el interno de un manicomio. También desarrolló un interés especial por la teoría económica y escribió varias cartas al presidente Poincaré (pariente del célebre matemático y físico Jules Henri Poincaré) con sugerencias para la gestión de la economía nacional. Durante la ocupación alemana en la segunda guerra mundial, Bloch tuvo la habilidad suficiente para ocultar su nombre judío y publicar bajo dos seudónimos. En el año de su muerte recibió el premio Becquerel de la Academia de Ciencias. La historia del «matemático de Charenton», como le llamó un prominente psiquiatra francés, recuerda irresistiblemente al cirujano de Crowthorne (sujeto de un libro de dicho título escrito por Simón Winchester y publicado por Penguin Books en 1999), el doctor paranoide que, tras haber asesinado a un inocente transeúnte en una calle de Londres, contribuyó con un saber y dedicación profundos al primer Oxford English Dictionary desde su celda en un manicomio durante la última parte del siglo xix.

No olvidemos la historia de Nash, reflejada en la película Una mente maravillosa. Otros, sin embargo hacen gala de una cordura envidiable:

La reacción de Yang recuerda a la del matemático aplicado sir Harold Jeffreys cuando era consultor de las ICI (Imperial Chemical Industries). En una de sus visitas, los físicos de la compañía expusieron con exhaustivo detalle un problema en el que esperaban que podría ayudarles. Jeffreys escuchó pacientemente en silencio total. Cuando la presentación terminó había más silencio y entonces él habló: «Bueno, me alegro de que sea su problema y no el mío», y rápidamente se despidió.

Ya me hubiera gustado responder lo mismo a más de un cliente. Otros son tan tímidos y modestos que son incapaces de anunciar sus logros:

Bardeen le detuvo un día en el vestíbulo del edificio de física en la Universidad de Illinois; era la mañana siguiente a que Bardeen, Cooper y Schrieffer hubieran decidido que tenían la teoría BCS. Slichter informa: «Era evidente que tenía algo que quería decir, pero simplemente se quedó de pie allí. Yo esperé. Finalmente habló. «Bueno, creo que hemos explicado la superconductividad»». «Aunque Bardeen era tímido en muchas cosas», dice Slichter, «si había algo realmente grande que él hubiera hecho, quería contarlo».

La productividad científica de Bardeen sólo terminó con su muerte. La otra gran pasión de su vida era el golf. Slichter habla de que

su compañero de golf de toda la vida en el club le inquirió un día: «Oye, John, hace tiempo que quería preguntarte: ¿A qué te dedicas?». Slichter pregunta: «¿Puedes imaginar eso? Creo que si yo hubiera ganado dos premios Nobel como había hecho John, me las hubiera arreglado para para sacarlo en algún momento de cualquier conversación».

Aunque uno tenga una mentalidad matemática, no está bien llevarla al límite o pueden ocurrir cosas como la siguiente:

La muerte de De Moivre tiene algún interés para los psicólogos. Muy poco antes de producirse, él afirmaba que cada día necesitaba dormir diez minutos o un cuarto de hora más que el anterior: así, el día siguiente al que había alcanzado un total de más de veintitrés horas, durmió hasta el límite de veinticuatro… y entonces murió mientras dormía.

La ciencia muy raras veces da fama y dinero, así que el siguiente consejo es muy acertado:

Los jóvenes, especialmente las mujeres jóvenes, suelen pedirme consejo. Aquí está, valeat quantum. No emprendas una carrera científica en busca de fama o dinero. Hay maneras más fáciles y mejores de conseguirlos. Empréndela sólo si nada más te satisface; pues nada más es probablemente lo que recibirás.

Pero si es tu vocación, no debes dejarte vencer por las dificultades:

Rutherford se negó a considerar a Kapitsa porque el laboratorio ya estaba seriamente abarrotado. Impetuosamente, el joven le preguntó: «¿Cuántos estudiantes de investigación tiene?». «Unos treinta», fue la respuesta. «¿Cuál es la precisión acostumbrada de sus experimentos?» fue la siguiente pregunta, a lo que Rutherford respondió: «Alrededor del 2 o 3 por 100». «Bueno», sonrió Kapitsa, «entonces un estudiante más pasaría desapercibido dentro de esa precisión».

Nieves Concostrina cuenta muy bien lo que pasó tras la muerte de Jeremy Bentham, pero puede que incluso ella desconociera la siguiente anécdota:

Él mencionó entre otras cosas que cuando se estaban haciendo experimentos con el cuerpo de míster Bentham tras su muerte, míster James Mill [filósofo y padre del filósofo utilitarista John Stuart Mill] entró un día en la habitación de míster Peacock en la India House y le dijo que de la cabeza de míster Bentham exudaba una especie de aceite, que era casi imposible de congelar y que él imaginaba que podría utilizarse para engrasar cronómetros que se llevaran a grandes latitudes. «Cuanto menos hable sobre eso, Mili», dijo Peacock, «mejor será para usted, porque si eso llega a saberse alguna vez, igual que ahora leemos en los periódicos que hay que matar a un excelente oso para obtener su grasa, tendremos anuncios diciendo que hay que matar a un excelente filósofo para obtener su aceite».

Ya he hablado en este Cuchitril que Heisenberg intentó -o eso decía- dedicarse más a las aplicaciones prácticas de la energía nuclear que a la fabricación de la bomba. Lo que no sabía era lo siguiente:

La suerte de Heisenberg en su examen de doctorado produjo mucho regocijo entre los físicos de todo el mundo, pero quizá no fuera extraño que el proyecto de la bomba atómica alemana, con sus enormes demandas experimentales, no prosperara bajo su liderazgo. El papel de Heisenberg en este episodio es, no obstante, un capítulo de la historia más complejo y controvertido. En 1944, el OSS (precursor de la CÍA) destinó a un agente, Moe Berg, para asistir a una conferencia de Heisenberg en Zurich, en la neutral Suiza. Berg era un héroe del deporte, una estrella del béisbol, que hablaba alemán (y varios idiomas más) y sabía algo de física. Tenía que adivinar, a partir del discurso de Heisenberg, si el proyecto de bomba atómica alemán estaba haciendo progresos. Si podía sacar esa conclusión, sus instrucciones eran matar de un tiro al conferenciante. Berg aguantó la conferencia hasta el final, con la mano en la pistola, pero, y esto no sorprende demasiado, Heisenberg no aludió a la cuestión, y el asesino frustrado regresó tranquilamente a su base.

Una gran fuente de anécdotas son las disputas por la prioridad de un descubrimiento. Pero ninguna tan novelesca como la de la invención de la aspirina. Con esta historia finalizo esta selección:

La aspirina es con diferencia el más usado de todos los fármacos y aún siguen saliendo a la luz nuevos aspectos de sus múltiples y beneficiosos efectos. Su nombre deriva del sauce, del que se sabía desde hacía tiempo que albergaba en su corteza un principio analgésico. La leyenda dice que esto se reconoció por primera vez cuando se vio a osos con dientes rotos o infectados que desgarraban y masticaban la corteza. El compuesto activo fue identificado en el siglo XIX como ácido salicílico; pero pronto se vio que el ácido o su sal, el salicilato sódico, un producto químico barato y fácil de preparar, aunque efectivo para superar el dolor, era intolerablemente amargo y también causaba trastornos estomacales. Por ello, los químicos de la industria farmacéutica alemana F. Bayer y Company se propusieron sintetizar sencillos derivados del ácido salicílico. Todos los informes del descubrimiento de la aspirina —ácido acetilsalicílico— coinciden en que fue preparada por un joven químico en la factoría Bayer llamado Félix Hoffmann. Su inspiración fue el sufrimiento de su padre, lisiado y con continuos dolores por artritis reumatoide. Hoffmann hizo un preparado puro que instantáneamente alivió las peores molestias de su padre y, tras una evaluación por parte del farmacólogo de Bayer, Heinrich Dreser, la aspirina salió al mercado en 1898.

La verdad fue muy diferente. Arthur Eichengrün entró en la compañía en 1894 e inmediatamente se ocupó del problema del ácido salicílico. Su plan consistía en preparar un éster, es decir, un compuesto en el que un grupo ácido es bloqueado acoplándolo a otro compuesto * que contiene un grupo hidroxilo (es decir, un alcohol). Los esteres son en general resistentes a la descomposición por ácido y por eso sobreviven en el estómago, pero en las condiciones alcalinas del intestino se deshacen para regenerar el ácido padre. En el caso de la aspirina, las paredes del estómago no sufren la acción del ácido salicílico, pero cuando éste es liberado en el intestino es absorbido y hace su trabajo calmante como estaba previsto. La historia del descubrimiento de Hoffmann se originó al parecer en 1934 y, como Eichengrün recordaba amargamente a una edad avanzada, la Sala de Honor del Museo Alemán de Munich tenía en su sección de química una exposición de cristales de aspirina con el rótulo, «Aspirina, inventada por Dreser y Hoffman». Esta exposición se montó en 1941, cuando el judío Eichengrün se estaba consumiendo en el gueto de Theresienstadt.

Por suerte, Eichengrün sobrevivió a la guerra y vivió para contar su historia: Hoffmann era un ayudante a quien él instruyó para sintetizar el éster sin molestarse en explicarle el objetivo, y Dreser no había tenido ningún papel en absoluto en el trabajo. Como judío, Eichengrün fue expurgado de los registros y en ellos se escribieron los nombres de los dos arios. Un examen de los cuadernos de laboratorio en los archivos de la Bayer confirmó la versión de Eichengrün. Él se había convertido en director del programa de química aplicada de la compañía y había seguido desarrollando otros fármacos, así como fibras de celulosa, mientras que Hoffmann había dejado la investigación de sales farmacéuticas. En 1949, Eichengrün publicó su historia en una revista técnica alemana, pero los mitos se resisten a morir y fueron necesarias las investigaciones de un científico de la Universidad de Strathclyde para confirmar la verdad y hacerla pública.

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