Philippe Delerm. El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida.

mayo 28, 2020

Philippe Derlem, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida
Tusquets, 1998. 106 páginas.
Tit. Or. La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules. Trad. Javier Albiñana.

35 piezas cortas que nos hablan de pequeños placeres de la vida, detalles que solemos pasar por alto y que por ejemplo ahora, confinado en mi casa, añoro de una manera que no podía imaginar. Con un lenguaje que roza la poesía, en un dulce vaivén, como tomar el sol en una terraza una tarde de verano mientras nos preparamos para tomar ese primer sorbo de cerveza.

Otras reseñas: El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida y El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida.

Recomendable.

Casi podríamos comer fuera
Lo que importa es el «casi», y también el condicional. Así de entrada, parece una locura. Estamos apenas a principios de marzo, y durante toda la semana hemos tenido lluvia, viento y aguaceros. Y, mira por dónde, todo ha cambiado. Ya desde la mañana, ha salido el sol con una intensidad mate, una fuerza tranquila. La comida está lista, la mesa puesta. Pero incluso dentro ha cambiado todo. La ventana entreabierta, eV rumor <\u< llega de fuera, algo ligero que flota en el ambiente «Casi podríamos comer fuera.» La frase lleg siempre en el mismo instante. En el instant mismo de sentarse a la mesa, cuando parece qu es demasiado tarde para convulsionar el tiempc cuando la ensalada está ya puesta en el mante ¿Demasiado tarde? El futuro lo hacemos nosc tros mismos. Tal vez la locura nos mueva a ab¡ lanzarnos fuera, a pasar febrilmente el trapo pe la mesa del jardín, a proponer que la gente í ponga un jersey, a canalizar la ayuda que despliegan los demás con torpe jovialidad, idas y venidas contradictorias. O nos resignaremos a comer bien calentito —las sillas están demasiado mojadas, la hierba está tan alta... Pero tanto da. Lo que importa es el momento en que se pronuncia la frasecita. Casi podríamos... Qué grata es la vida en condicional, como en los juegos infantiles de antaño: «Diríamos que tú estarías...». Una vida inventada, que funciona a la inversa de la realidad. Una vida casi, con esa frescura al alcance de la mano. Una fantasía modesta, consagrada a la degustación contrapuesta de los ritos domésticos. Un vientecillo de ponderada locura que lo cambia todo sin cambiar nada... En ocasiones decimos: «Casi hubiéramos podido...». Es la frase triste de los adultos que lo único que han mantenido en equilibrio sobre la caja de Pandora es la nostalgia. Pero hay días en que se apresa el día en el flotante momento de los posibles, en el momento frágil de una honesta vacilación, sin orientar de antemano el astil de la balanza. Hay días en que uno casi podría.


El primer trago de cerveza
Es el único que vale la pena. Los siguiente cada vez más largos, más anodinos, sólo te dejí una sensación de pastosidad tibia, de abundanc despilfarradora. Tal vez en el último resurge, ce la desilusión de terminar, una apariencia de nc vio…
¡En cambio, el primer trago! ¿Trago? Er pieza mucho antes de la garganta. En los labios aflora ya ese oro burbujeante, frescor amplificado por la espuma, y lentamente en el paladar un placer tamizado de amargor. ¡Qué largo parece el primer trago! Se bebe de un tirón, ce avidez falsamente instintiva. En realidad toe está escrito: la cantidad, ese ni poco ni mucl que constituye el único ideal; el bienestar inm diato rematado por un suspiro, un chasquido < lengua, o, tan importante como éstos, un sile ció; la engañosa sensación de un goce que abre al infinito... Al mismo tiempo, somos cor cientes de que lo mejor ha pasado. Posamos el vaso, e incluso lo alejamos un poco, formando un bloque con el cuadradito de cartón secante. Saboreamos el color; falsa miel, sol frío. Siguiendo todo un ritual de sabiduría y espera, nos gustaría gobernar el milagro que acaba de producirse y de desvanecerse a un tiempo. En la pared del vaso leemos con satisfacción el nombre concreto de la cerveza que habíamos pedido. Continente y contenido pueden interrogarse, contestarse en un diálogo especular que no tarda en interrumpirse. Nos gustaría conservar el secreto del oro puro, y encerrarlo en fórmulas. Pero ante esa mesita blanca salpicada de sol, el decepcionado alquimista tan sólo salva las apariencias, y bebe cada vez más cerveza disfrutando cada vez menos. Es un placer amargo: bebemos para olvidar el primer trago.


Invitado por sorpresa
A decir verdad, no estaba previsto. Teníamos aún trabajo para el día siguiente. Únicamente habíamos pasado para consultar una cosa. Y de pronto:
—¿Te quedas a cenar? Nada, algo sencillo, ya improvisaremos algo.
Esos escasos segundos en que sentimos que nos lo van a ofrecer resultan deliciosos. Es la idea de prolongar un buen momento, desde luego, pero también la de saltarse a la torera el tiempo. El día había sido ya previsible; la noche se anunciaba tan inamovible y programada… Y así, de pronto, en dos segundos, nos zambullimos en la novedad: podemos cambiar el curso de las cosas, de golpe y porrazo. Está cantado que nos deja-
En esos casos, huelgan los cumplidos. No van a recluiros en un sillón del salón para ofreceros un aperitivo conforme a los cánones. No, la conversación se cocerá en la cocina —¡ten, si quieres ayudarme a pelar las patatas! Con un mondador en la mano, la gente se dice cosas más profundas y naturales. Nos comemos un rábano al pasar. Cuando nos invitan por sorpresa, pasamos a ser casi de la familia, casi de la casa. No hay limitación alguna a la hora de moverse. Tenemos acceso a todos los rincones, a las alacenas. ¿Dónde pones la mostaza? Flotan perfumes de escalonia y de perejil que parecen venir de otro tiempo, de un lejano clima de confraternidad —acaso el de las noches en que hacíamos los deberes en la mesa de la cocina.
La conversación va espaciándose. Ya no necesitamos todas esas palabras que fluyen sin parar. Lo mejor ahora son esas suaves playas entre las palabras. Sin cumplidos. Hojeamos un libro al azar en la biblioteca. Una voz dice «creo que está todo listo» y rechazaremos el aperitivo —«de verdad». Antes de cenar, nos sentaremos a conversar en torno a la mesa ya puesta, los pies apoyados en la barra un poco alta de la silla de mimbre. Nos sentimos a gusto cuando nos invitan por sorpresa, completamente libres, ligeros. Con el gato negro de la casa acurrucado entre las piernas, nos sentimos adoptados. La vida ha dejado de moverse: se ha dejado invitar por sorpresa.

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