Pedro Sorela. Historia de las despedidas.

febrero 27, 2020

Pedro Sorela, Historia de las despedidas
Alianza editorial, 2008. 302 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Donde comienzan los viajes
Neura de tigre en Rantampoor
Novela bajando de un taxi
Regreso a Shanghai. Y despedida
Cuando vivíamos (mejor) en un (pastel) Esterházy
Ni siquiera sé cómo se miente
Prehistorias de la India
Perros mudos en Nueva Delhi
Banquero que ya casi no lo es, viajero a punto de
detenerse, muchacha que no quiere ver
3 14 16 (Desierto acercándose)
Censo de cuervos en invierno
Dante bajo el agua
Tráiler (cuento teórico)
Limpiador de piscinas o San Jorge en El Salvador
Caricias para afilar los ojos
Donjuán en Waterloo
Relojes falsos, el sudor, la bedel dormida y otras fotos del
Distrito Francés
Nada que ver en Miskolc
Partes de la guerra en Barcelona
Arquitectura antiterrorista (Proyecto)
La ciclista canosa, la golfista de Keizergracht y otros
cuentos de ventanas
El arma de Dios (Cuento de carretera)
Efectos de la lluvia en Portugal
Posfacio

Me gusta como escribe Sorela, el ritmo de sus frases, que parecen cantar. Pero lo que dice, el contenido, me resulta insustancial la mayor parte de las veces y en algunas ocasiones completamente vacío.

No ha sido lectura desaprovechada pero esperaba más. Me lo recomendaron, seguramente, aquí: Historia de las despedidas

Se deja leer.

El tipo es fácil de imaginar pues se trata de ese personaje universal que da grandes voces y carcajadas y viriles palmadas en la espalda, y comienza a oler cuando achica los ojos para mirar a una de esas muchachas que, como Marcela, ya parecen mujeres pero son niñas. Preferí alejarme pues me tengo miedo. Así que me giré hacia la yegua azabache a mi lado y le pregunté de dónde venía. Me pareció que no olía a caballo y percibí que, como si hubiese venido a una boda, antes había pasado por la peluquería: ese toque indefinible pero evidente de ciertos peinados.
Como no me contestó pensé que no me había oído (difícil pues tengo una voz de bajo seductor que, modestia aparte, les encanta) y se lo volví a preguntar. Entonces se giró hacia su compañera, una potranca inglesa y rubia de grandes pestañas, y le dijo en inglés lo que le había preguntado. Y como hacían Marcela y sus amigas cuando la edad del pavo, ambas se rieron como si supiesen algo que los demás no. Ya era tarde, me entristecí: eran iguales que sus dueños. Y tenía el aspecto de ser para siempre.
Se comprenderá así que, cuando comenzó esa jornada del concurso, yo ya no estuviese para andar dando saltos, preocupándome en componer la figura y caracolear mientras me esforzaba en no derribar ningún palito. Estaba herido en mi orgullo, lo reconozco, pues no es por nada pero en mis tiempos las potrancas hacían cola para que yo les preguntase si querían ser corredoras de hipódromo o saltarinas de concurso, los dos destinos que entonces, jóvenes que éramos, creíamos más glamurosos. El de jugadores de polo era, en contra de lo que se cree, para los más bajitos, musculosos y tontos de cada casa.
Mas lo que me preocupaba es que a Marcela se le fuese a pegar algo. Que cogiese mañas, como nosotros cuando nos montan mal. Ese ambiente, sin saber muy bien por qué, me parecía peligroso. Y en efecto, pese a que ese día me saludó con la dulzura de siempre, me pasó por la grupa su mano de niña y me besó la estrella de la frente, sí me pareció que en el fondo de su nariz ya comenzaba a colarse ese chicle que hace que esa gente hable raro. «¿Cóumo estáss?», preguntan como si ya no supiesen castellano. Y dos frases más tarde, sin venir a cuento, la frase en inglés.

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