Nil Santiáñez-Tió. De la luna a mecanópolis.

octubre 26, 2020

Nil Santiáñez-Tió, De la luna a mecanópolis
Quaderns crema, 1995. 374 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Joaquín del Castillo y Mayone, Viaje somniaéreo a la luna
Tirso Aguimana de Veca, Una temporada en el más bello de los planetas
José Fernández Bremón, Un crimen científico
José Fernández Bremón, M. Dansant, médico aerópata
Leopoldo Alas (Clarín), Cuento futuro
Enrique Gaspar, El anacronópete
Nilo María Fabra, Un viaje a la república argentina en el siglo xxi
Nilo María Fabra, En el planeta Marte
Nilo María Fabra, Teitán el soberbio. Cuento de lo porvenir
Ángel Ganivet, Las ruinas de Granada
José Martínez Ruiz (Azorín), El fin de un mundo
Camilo Millán, Una historia de amor en el siglo xxi
José Martínez Ruiz (Azorín), La prehistoria
Santiago Ramón y Cajal, El pesimista corregido
Ramón Pérez de Ayala, La revolución sentimental
Pompeyo Gener, El theologicalpalace. Fantasía futurista
Miguel de Unamuno, Mecanópolis

En la que se tocan temas de una ciencia ficción emergente con los anteojos del siglo XIX. Son interesantes para ver cómo era la visión del futuro en esa época en la que se empezaban a vislumbrar las maravillas de la tecnología pero sin tener ninguno de sus adelantos. En general han envejecido horriblemente y pocos se mantienen por méritos propios. Quizás los que más me han gustado los de José Fernández Bremón y el del gran Ramón y Cajal.

El resto son mitad crítica social vía utopía futura o al revés -como La revolución sentimental– plantear distopías que miran con añoranza al pasado. Ahora se ha puesto de moda el anacronópete por aparecer en el ministerio del tiempo, pero a pesar de ser sólo un fragmento se me hizo durísimo de leer por su verbosidad pseudocientífica.

Más para curiosos que como lectura placentera. Hay ficha aquí: De la luna a Mecanópolis y poco más.

Se deja leer.

Aterrado quedó Juan al contemplar la fantástica aparición. Y creyendo ser víctima de terrible pesadilla restregóse instintivamente los insomnes ojos y sacudió su cabeza, esperando, sin duda, que la visión espectral se desvaneciera.

Mas el genio avanzó hacia el pasmado filósofo, y, después de tocarle suavemente en la cabeza para dar fe de su corporeidad, con acento dulce y piadoso habló de esta manera:

—No temas, y calma las inquietudes y angustias de tu doliente corazón. Soy el numen de la ciencia, destinado por lo Incognoscible a iluminar los entendimientos y a endulzar, por suaves gradaciones, el triste sino de toda criatura viviente. Muchos son mis nombres: llámame el filósofo intuición; el científico, casualidad feliz; el artista, inspiración; el mercader y el político, fortuna. Soy quien en el laboratorio del sabio o en el retiro del pensador sugiero las ideas fecundas, las experiencias decisivas, las intuiciones felices, las síntesis augustas y triunfadoras. Gracias a las confidencias que yo recatadamente deslizo en el oído de los genios, la infeliz raza humana se aparta progresivamente de los limbos de la grosera animalidad, y el grito lastimero del dolor resuena por cada día menos insistente en las celestes esferas. Bien entiendo de qué nacen, ¡pobres ilusos!, vuestras amargas quejas. Brotan de dos groseras ilusiones que no me es permitido todavía (exceptuados algunos espíritus escogidos) desterrar enteramente de la conciencia humana. Creéis que en el orden del mundo, impenetrable a vuestra pequeñez, sois fines, más aún: el único fin, cuando sois meramente medios, rudos eslabones de inacabable cadena, simples términos de una progresión sin fin… Y este errado supuesto os ha llevado a la manía pueril de ajustar el mecanismo del mundo al menguado modelo de vuestra personalidad, atribuyendo leyes y legisladores a los fenómenos, finalidad a las causas, moralidad e intención a la Naturaleza, olvidando un postulado mil veces demostrado ya por los más agudos y esclarecidos de vuestros pensadores, esto es, que el Cosmos no es sino un conjunto de innúmeras realidades que evolucionan necesariamente, no hacia lo mejor según vuestro mezquino interés, sino hacia playas remotas eternamente desconocidas para el hombre y aun para las formas superiores que del hombre han de salir, como sale la mariposa de la torpe y soñolienta oruga. Vuestro segundo error consiste en suponer que la Causa primera debe perturbar la augusta marcha de la evolución, suprimiendo de un golpe el mal, acicate del progreso y despertador del protoplasma, y anticipando, en provecho de vuestros infinitesimales egoísmos, la plenitud de los tiempos y el reinado definitivo de la verdad; ¡qué desvarío!

«Locura es esperar que el Principio supremo descarte el dolor, al cual la vida está ajustada como la corriente al cauce; absurdo es asimismo exigir de su infinita previsión que lance de pronto en las tinieblas de vuestro saber la última verdad incomprensible hasta para el superhombre. Si por estupenda complacencia consintiera el Incognoscible rasgar de una vez ante vuestras retinas de topo el sublime velo de Isis, mis palabras te serían tan extrañas cual podrían serlo para una mosca la audición de la Crítica de la razón pura, de Kant, o El sistema del mundo, de Laplace. La verdad más general, soltada de repente, no destruiría el universo, según declara un espiritual y paradójico pensador; sería sencillamente como si nada hubiese sido revelado. El Cosmos es un jeroglífico del cual cada edad alcanzara a descifrar trabajosamente algunas frases, las correspondientes a la fase evolutiva de la humana especie, porque el progreso positivo consiste en inspirar al genio solamente aquella parte de la verdad total susceptible de ser asimilada sin grave daño de la vida misma

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