Mijaíl Bulgákov. Salmo y otros cuentos inéditos.

julio 11, 2012

Mijaíl Bilgákov, Salmo y otros cuentos inéditos
Nevsky Prospects, 2011. 160 páginas.
Trad. Raquel Marqués García.

Tras leer Corazon de perro y La isla púrpura me quedé con ganas de más. Por suerte en esta época de internet te enteras de cuando sale un libro que te interesa, la pista me la dio El síndrome Chejov.

Contiene los siguientes cuentos:

Salmo
El fuego del Jan
Los cuatro retratos
El holandés errante
Un tipo abominable
El agua de la vida
Tratado sobre la vivienda
Un día de nuestra vida
Una historia de diamantes

Todos excelentes, desde la última visita de un aristócrata a sus posesiones en El fuego del Jan, con un enfrentamiento entre dos mundos (y ninguno de los dos sale muy bien parado) hasta el retrato de las condiciones de vida de Moscú en Tratado sobre la vivienda. Desde la pequeña obra maestra del humor negro en El holandés errante, periplo administrativo de un enfermo hasta la picaresca de Un tipo abominable.

Pero, por encima de todos, Salmo, que no ha envejecido lo más mínimo, con un estilo fresco y una ternura que me ha conmovido.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (314/365)

Extracto:
—¿De niños? Eso, amigo, es tarea difícil. Pero bueno, para ti, ahí va. Bien: érase una vez un niño. Sí, señor. Era pequeño, más o menos de unos cuatro años. Vivía en Moscú. Con su mamá. Ese niño se llamaba Slavka.

—¿Zí? ¿Cómo yo?

—Era bastante guapo, pero por desgracia era un pegón. Pegaba con lo que fuera: con los puños, las piernas, incluso los chanclos. Un día estaba en la escalera la niña del piso número 8, una niña buena, tranquila, guapa, y él le dio un golpe en toda la cara con una libreta.

—Ella también pega, ¿eh?

—Espera. Este cuento no es sobre ti.

—¿Ez otro Zlavka?

—Uno que no tiene nada que ver contigo. ¿Por dónde iba? Ah, sí… Bueno, como es normal, cada día azotaban a este Slavka, porque las riñas estaban prohibidas. Pero Slavka seguía peleándose. Así iba pasando el tiempo hasta que, un buen día, Slavka riñó con Shurka, que era otro niño, y sin pensarlo dos veces, clavó los dientes en la oreja de Shurka y le arrancó media oreja como si nada. Se organizó un gran alboroto; Shurka gritaba a grito pelado; azotaban a Slavka, que también gritaba… Pegaron la oreja de Shurka con sindeticón como pudieron; a Slavka, por supuesto, lo pusieron de cara a la pared… De repente suena el timbre. Aparece un señor desconocido con una barba pelirroja larguísima y gafas azul oscuro y pregunta con voz profunda: «¿Se puede saber quién de vosotros es Slavka?». Slavka contesta: «Yo». «Muy bien», dijo, «Slavka, soy el inspector de los pegones, y he venido a buscarte, estimado Slavka, para expulsarte de Moscú. Al Turkestán». Slavka vio que el asunto se ponía feo y se arrepintió de todo corazón. Dijo: «Confieso que me he peleado. Estaba jugando a las monedas en la escalera, y le dije una mentira a mamá, le dije que no jugaba… Pero no lo haré más, porque voy a empezar una vida nueva». «Bueno», dijo el inspector, «eso es otra cosa. Te mereces una recompensa por tu arrepentimiento sincero». Y se llevó a Slavka al almacén de distribución de recompensas. Slavka vio que allí había montones de cosas: globos, automóviles, aeroplanos, pelotas de rayas, bicicletas, tambores… Dijo el inspector: «Escoge lo que más te guste». Y Slavka escogió… No me acuerdo…

— ¡Una bicicleta! (Voz dulce, soñolienta, baja.)

—Eso, una bicicleta, se me había olvidado. Slavka se montó enseguida en la bicicleta y pedaleó derechito hasta el puente Kuznetski. Pedalea y toca la bocina; la gente lo ve pasar desde la acera y dice asombrada: «¡Qué tipo tan extraordinario, este Slavka! ¿Cómo se lo hará para que no lo atropellen los coches?».

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