Max Aub. Campo Abierto.

diciembre 4, 2011

Alfaguara, 1998. 444 páginas.
Max Aub, Campo Abierto
Resistencia

En la segunda parte del labrinto mágico Aub deja de lado el virtuosismo de la primera, sin que por eso la calidad del texto sea menor. Por lo que he leído las dos primeras novelas fueron escritas apenas acabada la guerra civil, en París. Fueron testimonio de primara mano de lo sucedido entonces.

Copio ed aquí: El laberinto mágico de Max Aub

En “Campo abierto” asistimos a los primeros avatares de la guerra, principalmente a la presión que las tropas rebeldes comienzan a ejercer sobre Madrid. La guerra parece que va a ser cosa de días: las tropas de Franco ya han tomado los pueblos cercanos y, día a día, van entrando en los barrios periféricos de la capital. Carabanchel, Villaverde, Aluche… Los hombres conjeturan sobre el posible apoyo francés, hablan de su triste condición ante la inminencia de la muerte, tratan de establecer reglas para el hecho casual de no ser alcanzados en cualquier momento por una bala. Seres humanos que expresan sus dudas, sus convicciones y sus miedos, sin que la devastación cotidiana de los obuses ni la cercanía del enemigo les haga llegar por ello a ninguna conclusión definitiva y unánime. En “Campo abierto” surgen las eternas preguntas de los hombres planteadas de nuevo en toda su extensión, unas preguntas que de nuevo quedarán sin resolver.

Les adjunto otro enlace interesante: El “amor unánime” en Campo abierto de Max Aub, y una serie de extractos. Que voy con un día de retraso.

Si lo apresaba la policía oficial sería otra cosa. ¿Dónde le llevarían? Tendría que ir de la Ceca a la Meca. Negarían. Posiblemente le ayudarían algunos capitostes de su partido: varios eran amigos de don Pedro. Habían estado en su casa. ¡Aquella paella del año 35! ¡Cómo habían comido! Allí, en la huerta. Pero, ¿y si lo traían para que ellos decidiesen su suerte? Ellos, es decir, él. Era absurdo. ¿Por qué? Lo mejor sería que su padre se marchara. Los del pueblo no le iban a dejar. Eso, ni pensarlo. Huir. Que llegara a Valencia, con un salvoconducto cualquiera. Embarcarlo. Samper lo había conseguido. Su dinero le costó. Los de la C. N. T. controlaban el puerto. A base de dinero se podía uno entender con ellos; a los que no eran anarquistas les parecían vergonzosos esos tratos. Pero a ellos no: con lo que le sacaban a un fascistoide podían comprar armas en Francia, en Bélgica, en donde fuera, para combatir contra cientos.

El atisbo de la derrota:

o en Madrid.
A lo lejos, Parla, y allá, Valdemoro. Acaba hoy octubre. Llevan quince días retrocediendo. Quince días: Torre de Esteban, el 14; Chapinería, el 15; Valmojado, el 16; Azafia, el 17; Illescas, el 18; Na-valcarnero, el 22; Esquivias, el 24; Torrejón de la Calzada, el 26; Batres, anteayer.
A Vicente le regurgitan los nombres ilustres de la historia de España. No se diferencian mucho, en la realidad, de los anónimos. Pero los tienen que dejar. Dicen que contraatacamos, que Caballero ha proclamado «que ahora tenemos aviones y tanques». Pero, ¿dónde están?
Quince días de retirada: desde que llegó al frente. Y no se puede hacer otra cosa aunque se quiera: siempre, siempre, las órdenes de retroceder. Atrás, atrás. Si no, nos copan. Ahí está el quid: si nos quedamos: nos copan. Y atrás, atrás, atrás. A pegarse a la tierra, a disparar y atrás. Ahora, no. Ahora tienen un buen sitio. Un hoyo hecho adrede, que domina la carretera.
¿Cómo han podido llegar hasta aquí? ¿Cómo no han podido librar Toledo? ¿Es que no tenemos nada? ¿Y los discursos de Prieto? El dinero, la Marina… Ni una mala ametralladora. ¿Y los aviones, y los tanques? Solos, defendiendo a España. Hay que morir. Bueno, se morirá. El recuerdo de Asunción. No le hablé, no la besé. Mejor.
¿Será posible que entren en Madrid? ¿Será posible que ganen? Si es así, mejor quedarse aquí, abonando la tierra, para que retoñe.

La calidad de la prosa nacional, me ha recordado a intereconomía:

Bajando las escaleras del Ministerio, Gorov le dijo a Herrera:
—Puestos a escoger entre la literatura centenaria de este buen señor y la de los rebeldes, todavía es preferible la que acabamos de soportar.
Herrera no sabía nunca cuándo Gorov hablaba en serio o en broma.
—¿No has oído nunca a Queipo hablar por la radio desde Sevilla? —No.
—Vale la pena. Lee. O mejor, déjame que te lo lea.
Subieron al coche y Gorov sacó un papel de su cartera.
—Es de anteanteayer. Te advierto que lo tomaron taquigráficamente. No hay engaño. Oye: «Los rojos —¡ay mamá, qué ricos!— porque me ven luchar al lado de los hombres de orden, dicen que soy un pa… pa… pa. Esperarse un poco, que la palabra es tan rara que se me ha atravesado y la tengo que leer… Un pa-ra-noi-co. Como si dijéramos un chiflao, un loco, un Unamuno, que un día es monárquico; otro, cenetista y, otro, gilrroblista. ¡Cualquiera se fía de ese pájaro, por si acaso! Pero yo contesto a los rojos que ¡nequanquam! Cuando yo ayudé a la implantación de la República, porque la verdad es que don Alfonso me había hecho una cochinadita —¡ya le pesó a él, ya!— lo mismo que a Alcalá Zamora, Miguel Maura y otros, creía que ayudábamos al orden tradicional, que es el sometimiento del pobre a las leyes que dispone el rico, como lo hemos visto desde que Adán le dio pa el pelo a Caín, que era correligionario de Pasionaria, y no a esta República marxista, que nos ha salido la muy equis… Conque que les frían un huevo, que yo soy monárquico…
Gorov dobló cuidadosamente el papel.
—¿Te das cuenta de lo que sería España si llegasen a, ganar?

La eterna división de la izquierda:

¿Crees que todos estos que están ahora abriendo trincheras alrededor de Madrid, o alzando barricadas en sus calles, lo hacen porque se lo manda el Gobierno? ¡Vamos! Además el Gobierno no manda nada… Sólo piensa en salvar el pellejo. ¡Los sindicatos, hijo, los sindicatos! Y eso, porque les sale de adentro a sus sindicados; y no por sindicados sino por hombres, por hombres que tienen sentido de lo que no quieren. Porque están en contra de algo tangible, que está llamando a la puerta de todos. Nada une como lo que no se quiere. Y si no, vete a verlo. Lo mismo da anarquistas, que socialistas, que comunistas. Si tuvieran que luchar por imponer sus soluciones se entrematarían a quien más, mejor. Lo único que une es el anti. El estar en contra. Cada quien quiere otra cosa, pero cuando se trata de no querer, entonces cabe la unión. ¿O es que crees que los madrileños están dispuestos a dejarse machacar por defender la República? ¡No, hombre! Están listos a morir porque no quieren que entren los fachas. El Gobierno no cuenta para nada, ni hace falta. Por mí, que se largue.

La descripción de los horrores de la guerra y una acertada visión de futuro:

Allí, en la plaza, al lado de medio quiosco de periódicos, un tiro al blanco, perdido su toldo y con sus personajes, recortados en plancha, torcidos o rotos; en uno de los cuadros una Agustina de Aragón sigue acercando la mecha encendida a la cureña de un cañón; un trozo de metralla ha deteriorado el letrero: «Bomba va». Al lado, un teatro de marionetas anuncia todavía su función: «La tumba de Elena». Un letrero destrozado deja difícilmente desentrañar: «Carnicería». Más allá, salpicado de metralla, como cartón de encaje de bolillos, otro que ocupa la fachada entera: «Caja de pensiones para la vejez y de ahorros». Al lado, en el escaparate de un fotógrafo, que ha perdido sus lunas, quedan, prendidas por unas «chinches» a un descolorido fondo rosa, las fotografías de Irún bombardeado y un escrito bien caligrafiado: «Especialidad en primeras comuniones». Tres ambulancias, en el centro de la calle, y los camilleros recogiendo despojos en grandes cestos de mimbre, grises de sangre seca. Una mujer se lamenta:
—Me estaba buscando mi marido un piojo… Los ilustres visitantes tienen arcadas. Herrera no les perdona nada: un cuerpo descabezado, sangrante el cercén; un niño con los sesos fuera; un brazo cuelga de un balcón, a su vez sostenido por su cartela. Los ayes de dos viejas heridas, la agonía de Romualda que echa víboras y sangre por la boca.
Los ilustres huéspedes están —todos— a punto de desmayarse. No quieren ver más. Les basta. Ahora sí van a poner telegramas diciendo que los bombardeos de Franco son un ataque contra la civilización.
—¿Y los de ayer? —preguntó Herrera como si cayera de las nubes.
—Uno no se da cuenta… —Hasta que lo ve, ¿no? —Esto es.
—Pues todavía no han visto ustedes nada.
—No queremos ver más.
—Pues lo verán, señores.
—Nos negamos.
—Si no hoy, mañana.
—¿Mañana? Pero, ¿ya saben ustedes dónde van a bombardear mañana? —pregunta la gran dama, suspicaz.
—En Londres.
Los ilustres huéspedes no gustan de esa pesada ironía.

El nombre de la serie de novelas:

—¡Qué gracioso! ¡Eso lo dices tú que en tu última comunicación asegurabas que las condiciones externas acaban por modificar los sentidos! Sí: tu trabajo acerca de las úlceras.
—¿Y qué? El hombre es un centro tan complicado que jamás podremos prever todas sus reacciones. Alabado sea por eso. Porque si no, no habría progreso posible, dado que daríamos con un límite.
—¿Y no lo hay?
—Más allá de nuestros sentidos, nadie lo puede decir. Pero para nuestras facultades, aun centuplicadas, no; no lo hay.
—Entonces, vivimos en un laberinto mágico.
—Limitados por nuestros cinco sentidos.
—¿Crees en un más allá?
—Creo en un más allá .de lo que podemos percibir. Es primario. A medida que pase el tiempo el hombre agranda el mundo. Y lo seguirá agrandando cada día más, gracias a la ciencia. No hacemos más que empezar.

Calificación: Muy bueno

Un día, un libro (95/365)

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