Manuel Vázquez Montalbán. Pigmalión y otros relatos.

noviembre 9, 2011

Seix-Barral, 1987. 186 páginas.
Manuel Vázquez Montalbán, Pigmalión y otros relatos
Coordenadas ideológicas

Manuel Vázquez Montalbán tenía más talento como escritor que el que sus novelas de la serie Carvalho dejan ver. Pero eso que ha ganado la novela negra. En estos relatos se quintaesencian algunos argumentos que después utilizaría en otros libros, y la calidad es mucho más alta. La lista es la siguiente:

1945
El comentarista de política internacional ha enloquecido
Helena del París de Francia
Desde un alfiler a un elefante
El muchacho del traje gris
El delantero centro fue devorado al atardecer
Pigmalión
El matarife
El alevoso asesinato de Agatha Christie
El jefe está que trina
Mao en el Yang-Tse-Kiang. Río abajo. Cuento chino
La vida privada del doctor Betriu
A mí no me toca un tío asqueroso
Las señoritas del abanico
Paisaje de adolescencia con iglesia románica sumergida
¿Qué tienes entre manos? Relato de terror ferial
El viaje

El relato que da título al libro es uno de los más redondos, el protagonista seduce a una casada de barrio por intelectual vía, pero toda educación tiene sus riesgos. El Matarife también destaca por la brutalidad de sus personajes.

Lo que más me ha sorprendido son las continuas reflexiones ideológicas que plantean. En un siglo XXI donde la izquierda parece haberse olvidado de su pasado y donde el dinero es el único valor es conveniente recordar que antes se discutía sobre la mejor manera de crear un mundo más justo.

Calificaciòn: Muy bueno.

Un día, un libro (70/365)

Extractos:
«De plástico. Pues puede ser que sepa a plástico. Pero ya me dirán cómo se podría cubrir tanta demanda de jamón como hay. Es como todo. Como estos pantalones. Seguro que meten la tela por una parte y sale el pantalón hecho por la otra. Si tuviéramos que ir cuidando las cosas de una en una, no habría para todos. Ahora hay jamón para todos. Y si no puedes pagarlo tan caro, pues no comes jamón o lo compras más barato. Es también como lo de la alimentación en general. Antes, que si su sofrito y sus horas de cocina. Ahora te dan los sofritos en lata y diez minutos de olla a presión y va que chuta. Y así irá todo, y así va todo. Es el precio del progreso. Como en la matanza. Antes era un arte. Te venía el cerdo hecho una furia. Uno que lo agarra por el rabo. Otro que le pega una patada en el lomo para que aprenda. Dos que me le cogen las patas de atrás. Y ahí voy yo. Como los toreros. Eso es. Si es lo más parecido a la fiesta nacional. Los subalternos te dejan la bestia a punto. Llegas tú y haces la faena. Desde los quince años no paré. Y hasta en sueños repetía el gesto de apretar la cabezota del cerdo contra mi costado y
clavarle la cuchilla en el resuello. Y no es un oficio agradecido, porque los vecinos te miran como si fueras un criminal. A mi madre una vecina le dijo «na vez: «¿Y usted no tiene miedo de que se acostumbre a matar?» Y mi madre le contestó que, como siguiera por ahí, le partía la boca. Sin mi madre no habría conseguido hacer nada. Para empezar, hay que ver cómo trabajó la pobre mujer para darme de comer y hacerme tan fuerte. Recuerdo aquellos años de hambre, hambre para todos, pero no para mí. Aunque fuera un plato lleno de aceite con sal y pimentón y una barra de pan. Y dale que te pego. Y así crecí yo, como un toro. Luego el gimnasio. El profe de gimnasia sueca siempre me miraba con retintín cuando me veía en las poleas. «Todo esto se deshincha.»


—Recuerdo una foto de Nietszche publicada en una biografía sobre Lou Andreas Salomé.
Sitjar se encogió de hombros.
—La Salomé fue amante de Nietszche, Rilke, Freud…
—¿Una coleccionista?
—En cierto sentido. En el libro salía la clásica foto trucada de feria: un carrito de cartón, Nietszche en el lugar del caballo y la Salomé sobre el carro, como flagelándole. La foto es la evidencia misma de que hasta el ser humano más inteligente dispone de un rincón oscuro en su alma para la más feroz estupidez.
—La estupidez es un mal menor. La maldad. Eso es lo grave.
Pensé en mi crueldad de hacía unas horas, cuando forzaba a Luisa a pasar el verano conmigo, colocándola entre mi espada y la pared de sus hijos. Recordaba las figuras difuminadas de aquellos niños como odiosos rivales a los que no me importaría borrar de las páginas de nuestra historia. A veces había imaginado la definitiva ruptura matrimonial de Luisa, su llegada a mi casa con todos sus hijos y mi posterior trabajo para convencerla de que los internara en un colegio.

Un comentario

  • enrique noviembre 11, 2011en8:27 pm

    esta muy interesante

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