Kiko Amat. Cosas que hacen BUM.

octubre 6, 2008

Editorial Anagrama, 2007. 300 páginas.

Kiko Amat, Cosas que hacen BUM
Revolución surreal

Lo primero que me llamó la atención de este libro fue que estuviera incluído en la mítica contraseñas, colección de mi adolescencia, y que pensaba de capa caída. Después leí por ahí una crítica totalmente negativa que lo dejaba a la altura del barro y eso me acabó de decidir. Tenía que leerlo.

Pànic Orfila no ha tenido una vida convencional. Huérfano de padres queda a cargo de su tía abuela Àngels, anciana anarquista y miembro del Insituto de Vandalismo Público -dedicado a robar cuanta señal municipal encuentre. Su nombre no es muy normal, sus lecturas son extravagantes, y su relación con la gente de su edad, problemática. Cuando se traslade a Barcelona a vivir a casa de otra de sus tías, Lola, su horizonte se ampliará de repente. Conocerá a los Vorticistas, un extraño grupo revolucionario que parece comprender sus ideas y se enamorará de Rebeca, encatadora aunque rica. El cóctel está servido.

A medida que la iba leyendo pensaba pues no está tan mal, hasta que recordé que la mala crítica la leí en el Lector ileso que pone mal a todo el mundo. La novela es lo que es; iniciación adolescente, previsible a ratos, con un protagonista un tanto inútil al que te gustaría darle un par de sopapos por idiota… vamos, lo que puede ser cualquiera de joven.

Pero está bien escrita, el esquema es correcto, los momentos de angustia existencial y nihilismo te traen algún que otro recuerdo y en definitiva deja un buen sabor de boca. Está en la colección correcta, y yo todavía tengo la suficiente mentalidad adolescente como para disfrutar de su lectura.

Eso sí, la cara de soy guay aunque no lleve gafas de pasta de la contraportada puede asustar a más de uno:

Amat

No le hagan mucho caso y prepárense para pasar un buen rato.

Escuchando: Auf Achse. Franz Ferdinand.


Extracto:[-]

Tuve que ahorrar un poco para mi siguiente obsesión. Los discos de mi padre se me habían quedado cortos, así que finalmente dejé de desayunar durante unas semanas y reuní lo suficiente para una nueva adquisición.

Un disco.

Era Temptin Temptations, de los Temptations. En la portada aparecían cinco jóvenes negros vestidos de blanco inmaculado, con chaquetas cortas de un botón y zapatos negros.

Recuerdo la primera vez que lo puse en el tocadiscos. Primero un crujido. Y luego, BAM. Una música elegante, evocadora, romántica. Chirriando, algo lejana, tomando la habitación. La canción era «Since I lost my baby».

Mirándolo, comprendí. Esa foto pintaba un mundo superior en el que los hombres eran dandis y toda la música era gloriosa, sus trajes nítidos, blancos, sus caras de ébano, sus zapatos relucientes. Donde cada minuto de vida era así: refinado y pleno, hermoso. Sin manchas. Un mundo irreal en el que nadie envejecía y había códigos de honor, y todo era puro y bello. Un mundo que no se parecía en nada a mi pueblo, a mi instituto, a los jugadores de fútbol que me perseguían para mantearme.

Mi tía abuela me ha contado muchas veces cómo entraba en mi cuarto y me encontraba dormido al lado del tocadiscos, durmiendo plácidamente en el suelo. Aquellos discos eran mi medicina y mi vaso de leche caliente, mi primer compadre, mi escondite y refugio, mis armas.

Con el tiempo llegaron las Marvelettes y los Impressions, los Temptations y Betty Harris, Bobby Womack y Al Creen, Sam Dees y los Miracles. También Gloria Jones, Kim Weston, Barbara Acklin, Esther Williams, Curtis Mayfield, los 4 Tops, las Supremes, Chuck Jackson, Z.Z. Hill, Tommy Hunt, Billy Stewart, Sly & The Family Stone, Nina Simone, Billy Butler, Gene Chandler, Shirley Ellis y J.J. Jackson.

Nunca volví a escuchar otra cosa.

Supongo que con eso tenía suficiente.
Tardé muy poco en darme cuenta de que las amigas de Eleonor no dejaban de señalarme.

Igual que el resto del instituto.

Era medio inglés, me llamaba Pánic y no hablaba con nadie. Llevaba siempre libros extraños debajo del brazo, los ojos verdes de reptil abiertos como ventanas, el cabello negro punzante y poliédrico, como cortado a mordiscos. Blasfemaba por los pasillos y llevaba cuellos altos negros y trenka. No era muy discreto con mis asuntos.

-Algún día tienes que venir á* mi casa a escuchar mis discos -le dije a Eleonor un día a la hora del recreo, después de hablarle durante veinte minutos de Irma Thomas. Lo dije sin ninguna esperanza. Me había conformado con recordar sus pies, sentado en el váter de tía Angels con el culo ovalado.

-Esta tarde, si quieres -contestó, a la vez que expulsaba el humo de su cigarrillo.

Juré entre dientes. Eleonor no había titubeado ni gritado socorro. Su respuesta fue instantánea, decidida, ansiosa.

Aquélla fue la vez que me di cuenta de que Eleonor me encontraba atractivo en el plano físico. A pesar de todos los demás planos que no lo eran.

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