Julian Barnes. La mesa limón.

mayo 1, 2020

Julian Barnes, La mesa limón
Anagrama 2005, 2007. 236 páginas.
Tit. Or. The lemon table. Trad. Jaime Zulaika.

Incluye los siguientes cuentos:

Una breve historia de la peluquería
La historia de Mats Israelson
La de cosas que sabes
Higiene
El reestreno
Vigilancia
Corteza
Saber francés
Apetito
La jaula para frutas
El silencio

Que giran en su mayor parte alrededor de la vejez y la muerte. Con Barnes voy teniendo mis encuentros y desencuentros pero, a pesar de que se prodiga poco en el relato, es posiblemente su libro que más me ha gustado. Especialmente Apetito, con su libro en el congelador y el último, El silencio sobre el compositor Sibelius.

Otras reseñas aquí: La mesa limón y La mesa limón .

Muy recomendable.

En años posteriores, cuando Gertrud le reprendía, cuando el aquavit hacía efecto, cuando miradas corteses le decían que, verdaderamente, se había convertido en un pelmazo, cuando el lago se congelaba por los bordes y la carrera de patines hasta Ráttvik podía celebrarse, cuando su hija salió de la iglesia como una mujer casada y él vio en sus ojos más esperanza de la que sabía que existía, cuando empezaron las largas noches y su corazón parecía cerrarse para hibernar, cuando su caballo se detuvo en seco y empezó a temblar ante lo que presentía pero no veía, cuando el viejo barco de vapor entró en dique seco y lo pintaron con colores nuevos, cuando unos amigos de Trondheim le pidieron que les enseñase la mina de cobre de Falún y él accedió y luego, una hora antes de la partida, se vio a sí mismo en el cuarto de baño, metiéndose los dedos hasta la garganta para provocarse el vómito; cuando en el vapor pasó por delante del hospicio de sordomudos, cuando las cosas cambiaron en la ciudad, cuando las cosas en la ciudad siguieron sin cambios un año tras otro, cuando las gaviotas abandonaron sus puestos junto al malecón y empezaron a chillarle dentro de su cráneo, cuando tuvieron que amputarle el índice izquierdo a la altura del segundo artejo, después de haber tirado por inadvertencia de una pila de madera en uno de los cobertizos de secado: en estas ocasiones, y en muchas otras, pensaba en Mats Israelson. Y a medida que pasaban los años, Mats Israelson pasó de ser en su mente un conjunto de hechos claros, que podían obsequiarse como un regalo de enamorado, a transformarse en algo más difuso pero más poderoso. En una leyenda, quizá: en algo que a ella no le habría interesado.
Ella había dicho: «Me gustaría visitar Falún», y lo único
que él debería haber respondido era: «La llevaré allí.» Tal vez si ella, en realidad, hubiese dicho, como una de aquellas mujeres imaginarias: «Me encantaría conocer Estocolmo», o: «Por las noches sueño con Venecia», él le habría entregado su vida, comprado billetes de tren a la mañana siguiente, causado un escándalo y, meses más tarde, habría vuelto a casa borracho y suplicante. Pero él no era de esa manera, porque ella tampoco era así. «Me gustaría visitar Falún» había sido una frase mucho más peligrosa que «Por las noches sueño con Venecia».
Durante un largo rato, Anders Bodén no pensó. Observó cómo el tejado de cobre iba adquiriendo una tonalidad más oscura. Sacó la mano incompleta de debajo de la sábana y se desordenó el pelo con ella. Dio el tarro de mermelada a la primera enfermera que entró en la habitación.
Una de las cosas que había aprendido en la vida y en la que esperaba poder apoyarse, era que un dolor más grande disipa otro menor. Una tensión muscular desaparece ante un dolor de muelas, y un dolor de muelas ante un dedo aplastado. Confió —era su única esperanza ahora— en que el dolor del cáncer, el dolor de agonizar, disiparía los dolores del amor. No parecía probable.
Cuando el corazón se rompe, pensó, se parte como la madera, a lo largo de toda la longitud del tablón. En sus primeros días en el aserradero había visto a Gustaf Olsson coger una pieza de madera sólida, introducir una cuña e imprimirle un pequeño giro. La madera se partía de un extremo a otro, a lo largo de la veta. Era lo único que se necesitaba saber del corazón: dónde estaba la veta. Entonces, con un giro, con un gesto, con una palabra, podías destruirlo.

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