Juan Benet. Una tumba. Numa.

diciembre 12, 2011

Santillana, 2004. 134 páginas.
Juan Benet, Una tumba. Numa
Meandros

Libro que llegó hasta mis manos gracias a la generosidad de una amiga; cuando me ofrecen libros voy corriendo, soy un tío Gilito del papel.

En Una tumba un antepasado con abundante carisma sigue manifestando su influencia desde el ataud. En Numa un guardián de un bosque cumple su tarea con un celo casi sobrenatural.

Siempre me ha gustado Benet, heredero de Faulkner, incluso en exceso tales como Saúl ante Samuel. Pero en este caso su estilo me ha resultado cansino, excesivamente retorcido. Al contrario de lo que opinan aquí: Recaredo Veredas recomienda “Una tumba, Numa”, de Juan Benet, yo no recomendaría este libro para empezar con Benet. Y eso que la trama detrás de las historias sí que me ha gustado.

¿Qué me ha pasado? Pueden ser varias cosas. Que realmente no sea de lo mejo del autor. Que mis gustos hayan cambiado. Que como ahora Benet me cae mal -he escuchado entrevistas suyas- sea todavía menos objetivo que antes. Cuando vuelva a leer otra cosa del autor les cuento.

Calificación: Regular.

Un día, un libro (103/365)

Extracto:
Lo sabía antes de ocupar la guardería y durante sus primeros años en el ejercicio de ésta no hizo sino recordar y repetirse aquel único artículo de aquel único código hasta, merced a una implacable disciplina, asimilarlo de tal manera a su naturaleza que ya no tendría necesidad de recordarlo para obedecerlo, como la especie que ha de adecuarse a un nuevo medio desarrollará primero un instinto profético del cambio que se avecina y al conjuro de él hará evolucionar sus órganos para su progresiva adaptación hasta alcanzar una forma nuevamente estable que no necesitará la memoria ni el instinto ni siquiera el registro de aquel instinto (y en virtud de lo cual cabe pensar tanto que la inteligencia no es más que la advertencia de un futuro estado en el que no será necesaria cuanto que en la niñez filogené-tica hubo un momento en el que el alma estaba cerrada en sí misma y en paz con su medio). Así pues había olvidado lo que había informado sus primeros pasos por el monte; recordaba que en aquel tiempo había necesitado guiarse por un principio rector —emanado sin duda de la propiedad— que había olvidado desde el momento en que lo asimilara a una conducta que ya no necesitaba una voz que le dijera lo que tenía que hacer. La voz se había callado hacía tiempo, persuadida de que ya nada tenía que decir a su pupilo, devuelto gracias a su propia disciplina a una armonía anterior —o posterior— al divorcio entre un deber sobreimpuesto exigible y un quehacer voluntario e irresponsable, anterior —o posterior— también a la descomposición de la conducta en bandas de muy distinta tonalidad moral a consecuencia de la refracción del destino en el prisma de la inteligencia; pero se preguntaba si la armonía derivada del olvido del principio sería completa ya que no dejaba de inquietarle, llevándole a abrigar —en épocas de prolongados ocios— la sospecha de que en una evolución tan larga y lenta bien podía haberse extraviado en la senda de su deber, derivando y bifurcándose a su antojo —de manera sibilina e imperceptible incluso para sí mismo— hacia el confortable entretenimiento para el que siempre había demostrado una ciega vocación. Cuando tales dudas —aunque de manera no acuciante— venían a perturbar su monótona y plácida existencia, la mayor fuente de confianza en sí mismo brotaba no tanto de su ejecutoria o de la seguridad de que en ningún momento había traicionado la misión que le había sido encomendada, cuanto de su limitado saber: todo lo que sabía era guardar el monte y por tanto nadie le podía exigir otra cosa; y también sabía —y quizá con mayor convicción— que nunca había sido otra cosa. Por otra parte no había fallado nunca ni hasta entonces le había llegado la menor advertencia a una posible falta suya, por parte de quienes le habían colocado allí.

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