José Ribas. Los 70 a destajo.

septiembre 8, 2020

José Ribas, Los 70 a destajo

Este es un libro que por su tamaño y su tema iba dejando de lado, y el confinamiento obligatorio por culpa del coronavirus me brindó un momento ideal. Mezcla de diario personal con autobiografía con memorias con historia del nacimiento de Ajoblanco. Pepe Ribas siempre ha escrito diarios y de ahí ha sacado material para este libro, por el que desfilan cientos de personajes que luego han sido relevantes en la cultura y la política de este país.

Hay historias muy jugosas, sobre todo las relacionadas con la revista, los escritores de la época o las vicisitudes de la revista. Aparece un joven Quim Monzó que fue quien diseñó el logo-parodia de la Coca-cola aunque luego lo tuvieron que cambiar porque recibieron una carta de cese-y-desista. Después se distanciaría del grupo. También las broncas con Vázquez Montalbán y buena parte de la izquierda de entonces, que los veían como unos jóvenes hedonistas hijos de papá con equivocada conciencia política.

Al autor le han acusado -así lo explica en las páginas- de burgués jugando a revolucionario. Mientras los comunistas se iban colocando políticamente y las revoluciones sindicales tomaban las calles ellos defendían conceptos como la ecología, el uso de drogas o el amor libre. Un hippismo contracultural que se veía en la época como cómplice del sistema.

Es imposible resumir el libro o las impresiones que he tenido leyéndolo. Cosas que me llaman la atención: el autor se define como bisexual y nos cuenta algunas de sus andanzas homosexuales -y pocas heterosexuales- pese a que en general tiene novias y las descripciones de mujeres abundan en adjetivos mientras que las de los hombres suelen ser bastante escuetas.

La abundancia de nombres en vez de resultarme interesante me ha molestado, muchas veces se nombran porque pasaban por allí y parece que el autor piensa más en el índice que pondrá al final del libro que en la relevancia que tiene en lo que está contando.

Impagable el retrato de una época en la que todo estaba en efervescencia, y que creo que fue mucho más libre y creativa en Barcelona que en Madrid, aunque luego con la movida esta última se llevara el gato al agua.

Tristes las broncas de la izquierda, las peleas constantes, las trifulcas ideológicas que fueron, son y serán sello y desgracia de las ideas progresistas. Imprescindible la declaración del final del libro donde afirma haber escrito este libro para mostrar que durante una década la ilusión de otra sociedad menos autoritaria, más transversal, fue posible. De aquellos fuegos todavía quedan algunas brasas, que espero no se apaguen nunca.

En lo personal y siempre de segunda mano puesto que yo crecí en los 80 siempre fui más de la revista Star y la contracultura más radical que la que se predicaba en las páginas del ajoblanco, más de tendencia hippie y ecologista. Pero no se puede negar que lo que era contracultural en esa época es en la nuestra pensamiento consolidado.

Una lectura muy estimulante. Otras reseñas: Los 70 a destajo y Los 70 a destajo.

Recomendable.

Manipular las asambleas era el pan nuestro de cada día. Cinco o ans miembros de un determinado grupo político tomaban la palabra y se La iban pasando sin dejar hablar a los demás. Los rollos eran tan pesados y demagógicos que, a la media hora, el noventa por ciento de i» asistentes había abandonado la asamblea. Entonces «los más politizados» decidían que había llegado el momento de votar. Parece que es fue como los futuros cuadros de la transición aprendieron a gestionar la democracia. Quienes defendían la voluntad de la mayoría eran acusados inmediatamente por los miembros de estos grupúsculos de pandilla de gamberros inmaduros, frívolos o pijos. Descalificar al contrario fue la estrategia leninista por excelencia.


Como llega tarde y el alcalde la espera, coge una Mobylette y recorre Valencia, que está llena de falleras y petardos. En Valencia hay una larga tradición de travestís y el mariquita de pueblo es como el cura o el médico, una persona respetadísima.»

La risa fue el exorcismo que nos liberó de la hecatombe. Una tarde, acabábamos de llegar de las fallas, la telefonista entró en el despacho gesticulando como una loca. Estábamos Fernando Mir, Carlos Bosch, Jordi Brusi y yo, además de la secretaria, Ester, y el encargado de enviar los paquetes de revistas por correo, Evaristo. No entendíamos a cuento de qué venían las contorsiones de aquella rubia platino que tanto cariño nos había tomado y a la que se le había erizado hasta la cabellera. «Me han dicho que soy una puta catalana y que se la chupe a Cruyff para que agarre unas buenas purgaciones.» Nadie contuvo la risa. Carlos preguntó con malicia: «¿Y qué más?». La mujer se puso roja y dijo: «Más obscenidades que no se las contaré ni a mi marido en la oscuridad del dormitorio. Después va y llama otro energúmeno y me dice que vendrán más de cincuenta en autobús para matarme». Congestionada, dejando escapar una risita nerviosa entre el carmín de sus labios pequeños, se cogió el escapulario con la mano, lo besó, retorció la crucecita de oro y volvió al teléfono. Recuerdo que llevaba puesto un jersey de cuello alto, una falda corta verde oscuro y unas medias negras.

Toni Puig llegó con un montón de cartas, todas de Valencia, que le había pasado la portera. Había estallado el escándalo. Un valenciano residente en Barcelona, Felipe Vilarroya Mateo, había remitido al teniente de alcalde y presidente de la Junta Central Fallera, Ramón Pascual Lainosa, un ejemplar de Ajoblanco. Lo leyó y, tras comprobar que la revista se editaba en Barcelona, debió de pensar: «Son catalanes. Ésta es la mía», y se la pasó al alcalde. A todo meter hicieron gestiones ante el fiscal de la Audiencia de Barcelona para que pusiera la revista en manos del Tribunal del Orden Público. También enviaron una carta a todas las comisiones falleras, descontextualizando oportunamente el contenido del dosier y remarcando su origen. Las instituciones, en manos de anticatalanistas furibundos, el diario Las Proviudas, la Hoja del l unes y Radio Valencia alentaron la indignación del mundo fallero y de los valencianos. En ese momento llevábamos vendidos 1.680 ejemplares en Valencia, 4.006 en Barcelona y 1.040 en Madrid. El resto, hasta quince mil, en otras zonas de España.

El sentido del humor de la telefonista y el buen hacer de nuestro abogado, Félix Vilaseca, que en ningún momento politizó nuestra respuesta como hubiera hecho cualquier abogado progre, nos salvaron de un lío aún mayor y, quién sabe, hasta de la muerte súbita de Ajo-blanco. Barnils mantuvo también una conducta estelar en la multitud de juicios a que nos vimos abocados.

El z de abril, Las Provincias publicó un extenso artículo de Vicente Giner Boira, destacado representante del conservadurismo valenciano, con el título: «Un insulto a Valencia y a las fallas». Definía el dosier como «una infamia vertida en un papelucho que se edita en Barcelona. ¿Por qué tanto odio a los valencianos desde las Ramblas? Solamente desde Barcelona vienen insultos tan infames contra Valencia […] que de Valencia no se lleve ni un céntimo esta revista catalana […] Y con sus nombres no hay ninguna duda de la región a que pertenecen, porque se llaman Sanpons, Jordi, Brusi, Folguera, Barnils, etc., que nos están diciendo bien claro a qué raza pertenecen […] Todo esto se tiene que escribir para que Valencia lo sepa y también para que se levante de indignación y como valencianos cumplamos con nuestro deber». A partir de ese día, Las Provincias abrió una sección, que duró un mes, a la que tituló: «Reacción popular contra Ajoblanco», donde antiguas falleras mayores, falleros, agrupaciones y ciudadanos que no habían leído la revista exigían acciones legales de todo tipo contra nosotros.

La polémica de si el valenciano venía o no del catalán condicionó la manipulación que se hizo de nuestro dosier en defensa de una fiesta libre. Giner Boira aprovechó la oportunidad para escribir que el valenciano no podía venir del catalán por no existir cuando en 1238 los ejércitos de Jaime I conquistaron Valencia: «Existía el romane o romanz, tal como escribió el rey cuando corrigió los nuevos fueros: Els Furs han de ser traducidos a la lengua que el pueblo habla, el romanç. De esta lengua deriva el catalán, el castellano y el valenciano (códice 146 de la catedral de Valencia)».

2 comentarios

  • Cities: Walking septiembre 28, 2020en10:09 am

    Tiene muy buena pinta, todo lo que huele a contracultra en los 1970s me resulta muy interesante. A ver cuándo, cómo y dónde me hago con él.

  • Palimp septiembre 29, 2020en12:45 pm

    Es un tocho de cuidado, pero cuanta cosas muy interesantes.

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