Jorge de Cascante. El libro de Gila.

diciembre 16, 2019

Jorge de Cascante, El libro de Gila
Blackie Books, 2019. 420 páginas.

Libro a imagen y semejanza de aquel sobre Gloria Fuertes e igual de bueno. Pongo en esta ocasión como autor al editor-compilador-escritor de textos Jorge de Cascante que también merece reconocimiento.

Fragmentos de sus memorias y autobiografías, textos humorísticos, una buena selección de chistes gráficos, cuentos, anécdotas, documentación gráfica… todo cabe en esta recopilación que es una verdadera delicia. ¿Quién no se ha reído con los chistes de Gila? ¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!

Sin embargo la parte que más me ha gustado es la que no quiere hacer reír, la que habla de la miseria de la ¿vida? de la guerra y postguerra española, triste y miserable. He disfrutado mucho de su lectura.

Muy recomendable.

El teléfono siempre me había atraído y siempre lo había relacionado con el humor y con las situaciones sin sentido. Recuerdo llamar a un cliente de mi abuelo siendo yo un adolescente. Llamé a la hora de la siesta por una emergencia y dije: «Disculpe que le despierte a estas horas», y el hombre, lleno de ironía, me respondió: «No te preocupes, muchacho, si me iba a despertar de todas formas. Estaba sonando el teléfono»
* * *
Lo que más me gusta es dar largos paseos. No hay nada comparable a caminar por las calles de la ciudad. Disfruto en especial cuando llevo un rato largo paseando y llego a una plaza llena de ancianos tomando el sol. Qué estampa es ésa, resume la vida entera.
* * *
A veces en mis actuaciones cuento cosas que me pasaron en el frente, pero las cuento tal cual, porque la vida misma tiende a ser delirante. Una vez estaba en el frente, en Somosierra, en La Cabrera (en Peña Gandullas) y entre varios del bando republicano arreglamos jugar un partido de fútbol contra los del ejército nacional. Ya se sabe que estas cosas pasaban. Así que hicimos una tregua pequeñita y jugamos el partido. Ganamos por siete a cero. Ellos se enfadaron tanto que uno agarró su pistola y se lio a tiros, aunque por suerte no nos dio a ninguno. Y sólo porque les habíamos ganado. Broma, broma no es, porque nos podían haber matado. Pero algo de gracia tiene.


Mi amigo Fermín
En febrero de 1937 nos trasladaron al frente de La Peraleda, en Aravaca.
El ancho de la carretera de La Coruña separaba el frente republicano del nacional, una distancia muy escasa.
Una de las noches que estaba de guardia escuché a uno que cantaba en la trinchera enemiga. Me sentía tan solo que no pude evitar tomar contacto con él, aunque sólo fuese de palabra. Le di un grito:
—¡Eh, tú, el cantante!
Me respondió:
—¿Qué quieres?
—Nada. Es que te he oído de lejos y por tu manera de cantar me parece que eres vasco o asturiano.
—No. Soy de Pamplona. ¿Conoces Pamplona?
—No. No la conozco, pero he oído hablar de los Sanfermines. Tengo entendido que os lo pasáis bárbaro.
—Cuando termine la guerra te invito a mi casa en Pamplona para que los conozcas. Te vas a divertir.
Le pregunté cómo se llamaba y dijo:
—¿Cómo cono quieres que me llame? Me llamo Fermín.
Y se echó a reír.
-¿Y tú?
—Miguel.
Cada noche, la hora y media que duraba la guardia era un diálogo permanente entre Fermín y yo. Ya se había hecho una costumbre.
Yo, desde mi trinchera le preguntaba a qué hora tenía guardia al día siguiente, y luego le pedía a mi sargento que me pusiera la guardia a la misma hora que la de Fermín.
Me contó que tenía novia, le dije que yo también, me dijo que le gustaba mucho el fútbol, a mí también. Me contó que trabajaba de camarero en un hotel, yo le conté que trabajaba de mecánico.
Fueron muchas noches de hablar y contarnos cosas.
Fue un enemigo muy amigo, del que sólo llegué a conocer su voz. Ojalá que en el momento en que escribo esto aún viva y que al final de la guerra se casase con aquella novia de la que me habló y que junto a ella viva rodeado de sus hijos y sus nietos.
Creo que de esa situación me nació el gran rechazo hacia los que, con la disculpa de defender una bandera, mandan a los jóvenes a ese matadero que es una guerra.
Lo he repetido cientos de veces: para mí, un país no es otra cosa que una nación a la que los militares llaman patria.


Así surgen las historias de locos, de borrachos, de jorobados y de gente que se sale de la norma. El humor que se «ríe de» es un humor que persigue al diferente. «Reírse de» es lo más fácil, pero no lo más meritorio. Yo me divertí mucho de niño colgando a un cura un cartel en la espalda en que ponía «Peligro de pedo», pero me extraña que humoristas adultos sigan empleando estos trucos.
Mi abuelo Abdón (abuelo por parte de madre) era trapero y recorría las calles de Madrid gritando: «¡El tra-peroooooo!» Era un hombre muy cariñoso conmigo, pero cuando pasaba por la calle de Zurbano yo me hacía el distraído y me escondía, porque los otros chicos del barrio, cuando mi abuelo decía lo de trapero, gritaban: «¡Pues haber nacido ministro!», y luego echaban a correr. Otras veces esperaban y, cuando se llevaba la mano a la boca y estaba apunto de lanzar su pregón, decían: «¿Quién es un gilipollas?», y mi abuelo gritaba: «¡El traperoooooo!» Por eso nunca les dije que aquel era mi abuelo.
Me dolía mucho aquello. Era una mezcla entre vergüenza y rabia en la que nunca he dejado de pensar. Creo que desde entonces detesto la burla. No tiene nada que ver con el humor. Por desgracia, mucha gente no encuentra la diferencia. Para mí, el humor embellece y la burla afea. Y el mundo ya tiene fealdad suficiente como para añadirle más.

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