Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman. La biblia desenterrada.

abril 5, 2021

Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, La biblia desenterrada
Siglo XXI, 2003, 2005 y 2009. 416 páginas.
Tit. or. The bible unearthed. Trad. José Luis Gil Aristu. Revisión y prólogo: Gonzalo Puente Ojea.

¿Es histórico lo que se narra en la biblia? Muchos investigadores desde el bando creyente han intentado aportar pruebas de que es así, llegando en muchos casos a extremos ridículos (he leído varias noticias sobre descubrimientos de restos del arca de Noé). Por otro lado hay escépticos que dicen que son sólo cuentos de hadas y que no tiene ningún sentido buscarle fundamento histórico.

La realidad, como siempre, se encuentra a mitad de camino. Igual que en la guerra de Troya, donde se entrelazan hechos y mitología, la compilación de la biblia recoge historias que son bastante precisas y que por lo tanto se supone que sí que están basadas en cosas que realmente sucedieron con exageraciones dedicadas a aumentar la gloria de los gobernantes del momento.

El libro está muy bien estructurado. Nos presenta la narración bíblica, nos explica los datos que son precisos y su fundamentación arqueológica, nos separa el trigo de la paja y nos ilumina el por qué se ha incorporado esa versión a la Biblia. Todo esto con los datos en la mano y mostrándonos la historia del reino de Israel, sus alianzas, la diferencia entre el norte y el sur y la evolución del territorio.

Muy recomendable.

Solo cuando la Biblia hebrea empezó a ser diseccionada y estudiada al margen de su poderosa función en la vida de la comunidad, los teólogos y biblistas comenzaron a exigirle algo que no era. A partir del siglo XVIII, cuando la Ilustración partió en busca de una historia absolutamente exacta y verificable, el carácter histórico factual de la Biblia pasó a ser —y sigue siéndolo— un asunto de enconados debates. Al constatar que una creación en siete días y unos milagros espontáneos no podían explicarse satisfactoriamente por la ciencia y la razón, los estudiosos comenzaron a seleccionar lo que consideraban «histórico» en la Biblia y lo que, según ellos, no lo era. Surgieron teorías sobre las diversas fuentes contenidas en el texto de la Biblia, y los arqueólogos discutieron sobre las pruebas que demostraban o desautorizaban la fiabilidad histórica de un determinado pasaje bíblico.
Sin embargo, la integridad de la Biblia y, de hecho, su historicidad no dependen de una dudosa «demostración» histórica de sus sucesos y personajes concretos, como la división de las aguas del mar Rojo, el resonar de las trompetas que derribó las murallas de Jericó o la muerte de Goliat a manos de David con un único disparo de su honda. La fuerza de la epopeya bíblica le viene de ser una expresión narrativa convincente y coherente de temas intemporales relativos a la liberación de un pueblo, su constante resistencia a la opresión y la búsqueda de una igualdad social. La Biblia expresa elocuentemente el sentimiento profundamente arraigado de unos orígenes, unas experiencias y un destino compartidos que toda comunidad humana necesita para sobrevivir.
Desde una perspectiva específicamente histórica, sabemos que la epopeya bíblica surgió por primera vez como respuesta a las presiones, las dificultades, los retos y las esperanzas a los que se enfrentó el minúsculo reino de Judá en las décadas anteriores a su destrucción y las que tuvo que encarar en Jerusalén la comunidad aún más minúscula del Templo en el periodo posterior al exilio. De hecho, la máxima contribución de la arqueología a nuestra comprensión de la Biblia es, quizá, la constatación de que unas sociedades tan pequeñas, relativamente pobres y remotas como la de los últimos años del reino de Judá y la de la provincia de Yehud tras el exilio pudieron haber producido las líneas principales de esa epopeya perdurable en un periodo de tiempo tan reducido. Tal constatación es crucial, pues solo cuando reconozcamos cuándo y por qué acabaron entretejiéndose con tanta destreza las ideas, las imágenes y los sucesos descritos en la Biblia podremos comenzar, por fin, a apreciar el verdadero genio y la fuerza constante de esa creación literaria y espiritual, la obra individual más influyente de la historia de la humanidad.

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