Ismael Grasa. Trescientos días de sol.

noviembre 20, 2020

Ismael Grasa, Trescientos días de sol
Xordica 2007, 2007, 2011. 144 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Mecedoras
Pájaros
Un robo
La casa de Benedé
Tablón de anuncios
Un sarrio
Servilletas en la piscina
Algo provisional
La herencia
Trescientos días de sol
Habéis matado al oso
No me gustan los psicólogos

De personajes a la deriva, como los propios relatos que no tienen inicio ni fin y nos dibujan situaciones llenas de desasosiego y falta de destino vital. Me ha gustado especialmente Algo provisional, donde lo turbio del trasfondo le da profundidad al relato, también Un robo con lo que se adivina de trasfondo, y en general los relatos de la segunda mitad.

Un excelente libro de relatos. Otra reseña donde lo frío de los protagonistas les ha dejado ídem: Trescientos días de sol.

Muy recomendable.

Había entrado en una tienda de recuerdos mientras Anna le esperaba fuera. El vendedor guardaba los libros de Von Gloeden en la trastienda. Rubén pensó que el no tenerlos expuestos debía de obedecer a algún modo de precaución. Anna apenas llegó a mirar esas páginas, no parecía interesada en aquel asunto. Guardaron el regalo en la maleta común. Rubén se olvidó de esto hasta que unos años después, durante el juicio, en una de las sesiones en que tuvo que declarar, se mencionó el hecho de que hubiese proporcionado a Víctor fotografías de erotismo infantil. Los intentos de Rubén por defenderse se volvieron en su contra, aprendió que en un juicio de pederastía con violación probada es mejor no empezar frases del tipo “¿Qué hay de malo en…?” Anna había venido desde Barcelona para asistir a esa sesión. Su frialdad de entonces, los silencios que mantuvo con su madre, tampoco le sirvieron de ayuda.

Pero lo que implicó a Rubén en el caso no fueron las fotografías de Von Gloeden, algo que no tenía nada de ilegal, ni siquiera haber llevado a Norman al piso de Víctor, sino el haber ayudado al pederasta, al menos en dos ocasiones, a borrar la memoria del disco duro de su ordenador. Rubén reconoció que, si bien la primera vez sencillamente trataba de ayudar a su amigo con el manejo de un ordenador casi nuevo, en la segunda era consciente de que estaba haciendo desaparecer pruebas de una posible actividad delictiva. De nuevo los intentos de justificación de Rubén resultaron contraproducentes delante de la técnica en maltratos y pedofilia. Rubén había bromeado con Víctor sobre el hecho de que algún día tendría que ir a verlo a la cárcel. De haber tenido la certeza, declaró, de que realmente estuviese cometiendo delitos graves no hubiese empleado con él ese tono. Porque los adolescentes a los que había reconocido viendo la tele en el sofá “no estaban ahí atados”. Hasta el propio Rubén se dio cuenta, después de haber dicho esto último, de que las cosas se torcían para él.

Rubén, que acababa de sacar su plaza de técnico auxiliar, comenzó a temer que pudiese quedar inhabilitado para la función pública. Perdió el sueño durante días, también cayó en la cuenta de que no tenía muchos amigos. Apenas había empezado a pagar su apartamento nuevo. Su madre le había pedido en el pasillo del juzgado que no se acercase a su casa durante un tiempo, hasta que Norman comenzase a entender lo que había pasado y todo volviese a arreglarse. Le prohibió también que llamase por teléfono. Le dijo que sabía que él era inteligente, pero que a veces un poco de inteligencia es justo lo que hace que uno pueda llegar a obrar más estúpidamente de lo normal. Y es cuando le dijo lo de que la estupidez se paga.

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