Ignacio Vidal-Folch. El arte no paga.

octubre 16, 2011

Anagrama Contraseñas, 1988. 118 páginas.
Ignacio Vidal-Folch, El arte no paga
Corrosivo

Mi admiración por Vidal-Folch comenzó con estos relatos, que antes de en este libro leí en la revista Star. La lista es la siguiente:

Ilíada
Mi visión del mundo
Una canita al aire
Lenin y Rasputín
Mensaje hallado en un coche
El amor a los tebeos
El arte no paga
Nostalgia
Mi amigo Hidalgo
Otoñal
Queda gente por detener

No tienen desperdicio. Todos son muy buenos, desde el desmadre sangriento de Una canita al aire hasta el retrato de la chica carne de secta de Queda gente por detener. Es muy raro que un libro despierte carcajadas, y este lo consigue. No solo no ha envejecido, sino que sigue siendo igual de actual.

Calificación: Indispensable.

Un día, un libro (46/365)

LENIN Y RASPUTIN
—un documento histórico—

Han transcurrido muchos años desde los acontecimientos que me dispongo a narrar, han fallecido todos sus protagonistas, y creo que ésta mi modesta crónica no entorpecerá los gloriosos logros de la Revolución. Y aunque los entorpeciera, ¡tampoco es cosa de ocultar al lector maduro cuan poco faltó para que el inmenso esfuerzo de la Revolución se malograra… por unas copas de más bebidas en una taberna de San Petersburgo, en el año 1916…!
Era tarde en la noche blanca de San Petersburgo. La campana de la catedral de San Pablo sonó diez veces con grave acento. Un viento glacial había despoblado la Perspectiva Nevski —la más bella arteria del mundo, según los testigos de la época— por donde avanzaba, con paso rápido y firme, un bolchevique vestido con modestia, bajito, de rasgos mongoloides, que lucía breve perilla y cuyos desordenados cabellos desafiaban al viento y al frío tremebundo.
El bolchevique se dirigía a la Taberna de Basili el Loco, donde tenía cita con otros revolucionarios, para, según las palabras que en aquel momento su mente bara-
m
jaba, «hacer de Rusia una bomba que estalle bajo las blandas posaderas del zar». ¿Y quién era ese misterioso bolchevique? El lector ya lo habrá adivinado: ¡Lenin!
Al empujar el portalón y entrar en la taberna, una algarabía de gallinero le sorprendió desagradablemente. Nuestro agitador había escogido «lo de Basili» por el carácter bohemio y pequefioburgués del tranquilo local, que hasta muy avanzada la noche mantenía las puertas abiertas al funcionario insomne, al estudiante expulsado de su buhardilla por papá Invierno y a los bebedores melancólicos.
Pero en lugar del silencio propicio a la conspiración, esto halló Lenin: cánticos, risas y el desafinado rasguear de una cítara se confundían con el tintineo de vasos y botellas, que los camaradas bolcheviques apuraban en torno a una robusta mesa de madera caucasiana, mientras un mujik de largas barbas, mirada hipnótica y aliento de mil demonios les subyugaba hablando por los codos:
—¿Bolcheviques son? ¡Hale, hale, ganapanes, que lo tienen facilillo! Porque Nicolás II nació… ¡el día de San Job! ¡Mal presagio es!… Si a eso le añaden ustedes que es el treceavo —¡el treceavo, amigos!— monarca de la dinastía Romanov, verán como el padrecito tiene encima la Mala Sombra… Recordad el día de la Coronación —prosiguió el müjik, tuteando confianzudamente a los revolucionarios—, cuando miles y miles de pajarracos, atraídos por la luz inusual de las farolas, se estrellaron contra ellas y dejaron la capital a oscuras… o la mortal avalancha en la explanada Kodhynka… contra esos signos del destino, mis hechizos poco pueden…
La entrada de Lenin interrumpió la chachara del mu-
jik. Los bolcheviques saludaron efusivamente al recién llegado:
—¡Buenas noches! ¡Buenas noches! —exclamó Bu-jarin.
—¡Bienvenido, camarada Vladimir! —dijo Zinoviev.
—¡Hola, Lenin! —gritó Stalin, sin soltar la cítara ni el vaso—. ¿Qué tal el exilio en Europa? ¿Fatal, no? ¿A que Rusia es el mejor país del mundo? ¿A que sí?
—¡Calla, imbécil! —le cortó Lenin; y dirigiéndose a otro bolchevique—: ¿Quieres explicarme qué significa esta juerga, camarada León? ¿Cómo es posible que mientras yo sufro las mil penalidades del destierro, vosotros creéis las condiciones objetivas para la Revolución… a base de alcohol, cítara y conversación con mujiks supersticiosos? ¡Viva la vida! ¿No? ¡Sólo os faltan ostras y champán!
—¡Buena idea! —dijo el mujik—. A mí me encanta el champán. Podríamos…
Lenin le hizo callar con un gesto imponente de la mano y se volvió al llamado León:
—¿Y bien? ¡Espero tu autocrítica!
—Verás, camarada Vladimir —contestó, cohibido, Trotski. (¡Sí, el tal León no era otro que Trotski, inventor del concepto sutil de «Revolución permanente»!)—. La culpa es del mujik. Nosotros estábamos aquí, echando aplicadamente pestes contra los reaccionarios, los mencheviques, el zar, cuando…
—¿Pero qué tenéis contra Nicolás? —interrumpió el mujik, perplejo—. ¡Si es un chico encantador! ¡A mí nunca me ha negado un favor! A mí, siempre…
Los bolcheviques callaron, horrorizados; no cabía duda: se hallaban ante un lacayo de la autocracia.
—…Por ejemplo —prosiguió el barbudo, ajeno al estupor que causaban sus palabras—. ¿Qué pasó cuando el primer ministro Kokostov quiso alejarme de la Corte? ¿Qué pasó? ¡Fue a por lana y salió trasquilado, amigos! ¡Nico le destituyó!… Y luego, lo de Makarov ¿no fue grande? Se chivó de las cartas que me enviaba la zarina. Nico agarró una buena rabieta, pero el que se las cargó fue Makarov. ¡Os digo que el zar es todo un tipazo!
—Pero vamos a ver, vamos a ver… ¿Quién diablos es este individuo? —bramó Lenin.
—Pues ya lo ves, camarada Vladimir —dijo Stalin—, un tipo muy salado que nos ha entretenido la espera con su charla. ¡Y la de cosas que sabe! ¿Verdad, cama-radas?
—Sí, creo que tendríamos que presentarnos —prosiguió el barbudo mujik—. Me llamo Grigori Yefimovich. —Y, siguiendo la costumbre siberiana, estampó un húmedo y sonoro beso en la boca de Lenin.
Este se mesaba horrorizado la perilla: ¡Grigori Yefimovich! ¡Dicho de otro modo, el malvado Rasputín! ¡Sí! ¡Allí estaba la Vanguardia, lo más granado de la futura Revolución rusa… en tertulia amable, en alcohólica camaradería con el consejero íntimo del Zar, con el Monje diabólico, con la Serpiente Lúbrica…! —y Rasputín le había dado un beso con tal sabor a corrupción zarista, con tal regusto a bota tiránica que oprime al pueblo, que, para borrarlo, Lenin hubo de apurar de un solo trago un gran vaso de vodka. Luego, encarándose a los bolcheviques, apostrofó con recia voz:
—¡Muy bonito, señores revisionistas! ¡Vanguardia de pacotilla! ¡Y tú, camarada Stalin! ¿Quieres dejar de tocar la cítara, imbécil?
—Sólo… sólo trataba de alegrar la reunión —balbuceó Stalin, lloroso.
-—Pero camaradas, ¿sabéis con quién estabais hablando? —gritó Lenin—. ¡Este feo barbudo es el perrito faldero de la Corona imperial!
Rasputín no podía dejar pasar aquel insulto:
—¡Despacio! ¡Despacio! ¡De perrito faldero, nada, señores! ¡De perrito faldero, nada! ¡A mí en la Corte se me respeta, yo soy un tipo importante en Tsarskoié-Selo! —y se contoneaba, satisfecho—. ¡Si hasta duermo con la zarina y sus hijas, en la mismísima cama de Nicolás!… ¿Os lo cuento?
—Cuenta, cuenta —le animaron Bujarin, Zinoviev, Trotski y Stalin, mientras Lenin, congestionado por la ira, trataba de templar sus nervios apurando otro gran vaso de vodka.
—Todo el mundo sabe —prosiguió Rasputín, satisfecho de recuperar el protagonismo de la reunión— que soy monje vidente y guía espiritual de los Romanov. Para que os hagáis una idea, a mí, en la Corte, me llaman Cristo… Bien, pues cierta noche se me ocurrió decirle a Alejandra —la zarina, ¿conocen?— que para ganar cielo hay que arrepentirse; y para arrepentirse, lo primero que hay que hacer es pecar. A Aleja le gustó el silogismo. Vi la ocasión propicia, le di un cachete en el culo y…
Stalin desbordaba estulta admiración:
—¡Caramba! ¡Así que te las llevas al catre con el cuento del pecado y la redención! ¿Y tragan?
—Todas tragan, muchacho; ¡desde la zarina hasta la última aldeana! —dijo Rasputín en tono confidencial—. Es infalible: mística y lujuria, la fórmula Khlyst… ¡Y te-
ner conversación, que en eso no cojeo precisamente! Escucha, escucha…
Y clavando su hipnótica mirada en el beocio Stalin, salmodió:
—El alma viva debe ser absorbida por el vampiro místico.
—¿A que es bonito? ¡Pues es frase mía! ¡Esta frase me la he inventado ya!
Stalin soltó cítara y botella, y cayó de hinojos, en trance ante Rasputín:
—¡Maestro! ¿Qué debo hacer para entrar en la secta de los Khlyst?
Trotski, algo mareado por el vodka, pero todavía lúcido, decidió poner orden:
—¡Alto, camarada! Recuerda que la religión es el…
—¡Iba a decirlo yo! —le interrumpió Lenin—. ¡La religión es el opio del pueblo, y hasta aquí podíamos llegar! ¡Levántate, imbécil, que nos vamos!… En cuanto al perrito faldero del zar, que se acueste con quien quiera: ¡La historia le condenará!
Y, en uno de sus proverbiales arranques de mal genio, Lenin volcó la mesa sobre el monje y los revolucionarios. Se levantó un formidable guirigay de ayes y quejas, y vasos y botellas estallaron contra el suelo en carcajadas cristalinas.
Rasputín, que pasaba los días temiendo y las noches pavorosamente soñando atentados contra su vida, interpretó el gesto de Lenin —mero efecto teatral para galvanizar a los suyos— como una mortal agresión: algo tuvo que ver el vodka en ello. El caso es que lanzándose sobre el pequeño —pero genial— revolucionario, le rodeó el
cuellito con sus enormes zarpas y empezó a estrangularle mientras ambos gritaban con voz de falsete:
—¡Socorro!
—¡Un atentado!
—¡Quieren matarme!
Trotski y el tabernero trataron vagamente de separar a los contendientes, pero el corpulento monje enloquecido no soltaba presa. Se mascaba ya la tragedia irreparable, cuando el portalón de la Taberna de Basili el Loco se abrió a un joven militar apuesto y elegante, vestido con uniforme de gala, chapado de condecoraciones, que, viendo la escena, interpeló así a Rasputín:
—¿Qué pasa, staretz? ¿Ya estás borracho y armando bronca? ¡Y yo que venía a invitarte a la fiesta que doy esta noche en mi palacio!… Pero ya veo que estás ocupado…
Rasputín se incorporó de un brinco, olvidando a Lenin:
—¡Qué dices! ¿Una fiesta?… ¿Estará Anouchka?
—Estará Anouchka, estará Nadia… y estará una hermosa dama que acaba de venir de París expresamente para conocerte… Anda, vamonos.
Rasputín se colgó del brazo del apuesto joven y bendijo apresuradamente a la parroquia.
—Vamos, vamos, príncipe… En un momento de enajenación he creído correr peligro…
Y blasfemando horriblemente —según su inveterada costumbre— salió de la taberna en el preciso momento en que Stalin empezaba a roncar…
Lo demás ya lo sabe la opinión pública: el apuesto joven no era sino el mismísimo príncipe Yusupov, que esa
noche, conjurado con otros aristócratas, asesinó a Ras-putín.
Su llegada fue, pues, doblemente providencial: por una parte eliminó al «Monje Infernal» cuyas torpezas libidinosas y cuya influencia parasitaria en la Corte de los zares tanto daño hizo al pueblo ruso.
Y por otra parte, salvó la vida de Lenin. ¿Qué sería, en efecto, la historia del siglo xx si uno de sus más preclaros motores hubiera muerto en una vulgar riña, en la Taberna de Basili el Loco?

3 comentarios

  • Nacho octubre 16, 2011en10:58 pm

    Éste me lo apunto. Recuerdo que me gustó mucho «La cabeza de plástico», que imagino habrás leído.

  • The Walking City octubre 17, 2011en9:28 am

    Me gusta como suena, va de cabeza a la wish list

  • Palimp octubre 20, 2011en2:42 pm

    Nacho, leído y reseñado aquí: La cabeza de plástico

    @City, espero que te guste. Tiene un sabor muy particular.

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