Gonzalo Hidalgo Bayal. La sed de sal.

septiembre 23, 2019

Gonzalo Hidalgo Bayal, La sed de sal
Tusquets, 2013. 320 páginas.

Un joven decide seguir la ruta de un antiguo viajero inglés y, mochila a la espalda, se lanza al camino. Pero en unas fiestas de pueblo ha desaparecido una joven y le cargan el mochuelo. A partir de ese momento las fuerzas vivas del pueblo lo encierran en un extraño calabozo y su situación parece más cercana a la de un personaje de Kafka que a la de un sospechoso de asesinato.

El título del libro es un palíndromo y parece darnos una pista acerca de la propia construcción del mismo: un gusto por los juegos del lenguaje, siempre más atentos a la sonoridad de los monólogos interiores de ese joven Travel a merced de unas circunstancias de las que todo desconoce que al desarrollo de la trama.

Trama hay, aunque algo inconsistente en mi humilde opinión, empezando por el primer encierro y cómo lo tratan y acabando por la resolución de la historia, una especie de deus ex machina que no quiero revelar aquí.

A mí se me hizo repetitivo por momentos, tanto darle la vuelta a los mismos temas en ocasiones se me hacía muy cansino, pero personajes y ambientación son lo suficientemente interesantes como para darle una oportunidad. Yo lo descubrí aquí: La sed de sal

Si se comprobara, por ejemplo, que la joven desaparecida había sufrido una muerte violenta, por parte de algún indeterminado forastero con mochila, dijo (y estaba claro que ése era yo), o por parte de algún conocido de Murania, añadió (y ahí no supe si ampliaba el campo de las sospechas o se recreaba en las disyuntivas del discurso), sería evidente, siguió, que ambos, el forastero o el muraniense, habrían actuado impulsados por la sed, porque el sexo y el amor son variaciones de la sed y porque la violencia es el lenguaje del sediento. El asesino acude al lugar del crimen impulsado por la sed: si va con premeditación es porque ya tenía sed antes (el muraniense, por ejemplo), si va sin premeditación y a pesar de ello ejerce la violencia, es porque las circunstancias le despiertan unas ansias irresistibles de beber (el forastero con mochila). Y una vez en el lugar del crimen el asesino actúa como el lobo. No importa que el cordero esté situado más abajo, no importa que no tenga culpa alguna, sólo importan las necesidades o apetencias del lobo, que son las verdaderas razones para aniquilar al cordero. Como mucho, necesita cargarse de razón, convencerse con un descargo justo y verdadero, aparentar una justificación moral. Se equivocó el profeta al predecir la convivencia del lobo y el cordero y la cohabitación del leopardo y el cabrito. La fábula se impone aquí a la profecía. Sin embargo, Travel, dijo, en verdad en verdad te digo, si me lo permites, que no se equivocó al anunciar la comensalía del becerro y el león, que la sabiduría de los profetas es oscura e insondable. Comerán juntos el becerro y el león, recitó con retintines bíblicos. Y me pregunté si el león sería León, si no sería yo el tierno y candido becerro y si no sería, en fin, la conversación
nuestra singular comensalía. Así era más o menos la definición del criminal que hacía Noé León y así la descripción del crimen. De tales supuestos se desprendía una conclusión operativa, los modos como el encargado de solucionar cada caso criminal tiene que enfrentarse a los procedimientos de la sed. La sed de sal, dijo Noé León. Así lo llamo, Travel, la sed de sal.

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