Flako. Esa maldita pared.

octubre 11, 2021

Flako, Esa maldita pared
Libros del KO, 2019. 200 páginas.

Memorias de Flako, butronero hijo de butronero, que se dedicó a robar bancos desde las alcantarillas con mejor o peor fortuna. Finalmente lo trincaron y aprovechó su estancia en la cárcel para escribir, de ahí surgió una película Apuntes para una peícula de atracos y este libro.

El autor no es escritor, y se nota en bastantes ocasiones, pero su calidad estilística no es mala, es mejor que muchas cosas que he leído de supuestos autores consagrados y tiene, además, el añadido de la frescura y de quien escribe desde su experiencia.

El tema tiene su interés, además de las batallitas personales del autor con su vida nos explica las técnicas que utilizaba para entrar en los bancos, cómo las alcantarillas forman una red subterránea que hay que conocer al dedillo, e incluso cuales son las herramientas adecuadas. Pero no son para dar ideas…

Recomendable.


Después de la espantada del Santander de Alcalá, teníamos que andar con precaución. La delegada del Gobierno de aquella época, Cristina Cifuentes, había pedido colaboración ciudadana para atrapar a la banda de las alcantarillas. Dijo que si alguien veía algo sospechoso, que avisara inmediatamente a la policía. Qué cosas, Cristina, quién nos iba a decir entonces que terminarían por pillarnos a los dos. Yo, al menos, por atracar bancos. Tú, por unas cremas.
En esa intervención, Cifuentes salía acompañada por el jefe de la Unidad de Subsuelo, Carlos Losa, que dijo una frase que, no te lo voy a negar, me llenó de orgullo: «Son unos profesionales, solo abrir una tapa de
alcantarillado impone respeto». Siempre es agradable que valoren tu trabajo.
A pesar de todos esos indicios, no fuimos lo suficientemente precavidos. Ojalá hubiese sido más paranoico y hubiese hecho caso a todos los detalles raros que fueron sucediendo en los siguientes meses: un Renault Laguna verde botella, antiguo, con un conductor de unos cincuenta años leyendo el periódico a la una de la tarde justo detrás del furgón de la empresa. No me pareció extraño. Ni tampoco ese Renault Megane gris carbón con el conductor mayor, ojos achinados, piel clara, repeinado, que resultó ser el policía que me trasladaría de la comisaría de la brigada de la Policía Judicial de Madrid a los calabozos de la comisaría de Tetuán en la plaza de la Remonta. Ni tampoco esos dos policías esperándome en Vicálvaro en la misma puerta de un cliente del reparto. O el Q7 blanco siguiéndome camino a casa. Dejé pasar esas malas vibraciones, me convencí a mí mismo de que no podía dejar que las paranoias pasaran por encima de mí.
Más tarde supe que la policía ya nos estaba siguiendo y que teníamos los teléfonos pinchados. Comprendí el significado real de todos esos episodios extraños. Pero, claro, como me dijo Txeroki: «Una vez visto, todo el mundo es listo».

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