Fernando Gómez. El misterio de la calle Poniente.

octubre 29, 2011

Huerga y Fierro editores, 2008. 125 páginas.

Fernando Gómez, El misterio de la calle Poniente
La vampira del Raval

La primera vez que oí hablar de Enriqueta Martí fue en la bitácora de Absence: Enriqueta me está arrebatando. Ahora están de moda los asesinos en serie, pero ya existían en el pasado y los habí más sanguinarios que el famoso Jack el destripador.

En el caso de esta mujer se mezclan una serie de factores que conforman una historia digna de folletín, pero que son reales y están documentados. Enriqueta se dedicaba a secuestrar niños, los prostituía, y posteriormente los mataba. Sus clientes se contaban entre las clases altas de Barceona, lo que la libró cuando la policía descubrió su primer prostíbulo de menores en la calle Minerva. Pero la desaparición de Teresita se convirtió en un asunto nacional cuando estaban las aguas sociales muy revueltas. Cuando una vecina dio la pista a la policía y detuvieron a la asesina se dieron cuenta de que estaban ante algo más que un caso de prostitución. Se encontraron restos de huesos y otras atrocidades, ya que Enriqueta usaba la sangre y los cuerpos de los infantes para preparar remedios que vendía a la aristocracia. Se encontró un libro en clave con los nombres de los clientes. La culpable tuvo por fin su merecido, pero allí se detuvo la investigación.

El asunto, como ven, da mucho de sí. El libro es una novelización de los hechos, observados desde diferentes puntos de vista. Literariamente no es excesivament brillante -y hay algunos errores de acentos que ningún corrector ha solucionado- pero cumple su papel de mostrarnos la información disponible.

Con toda seguridad buscaré el resto de libros escritos sobre esta peculiar asesina. Cuantas veces he pasado -y sigo pasando- por el número 29 de la calle Joaquín Costa. Ahora, lo miro de otra manera.

Calificación: No es brillante pero sí informativo.

Un día, un libro (59/365)


Extracto:[-]

En un piso de la calle Tallers fueron descubiertas, ocultas debajo de una cama, dos cabelleras de niñas de entre dos y seis años, debieron ser arrancadas del cuero cabelludo, estaban manchadas de sangre y envueltas en papel de periódico. También aparecieron huesos de animales mezclados con restos humanos.

En la calle Jocs Floráis, se encontró un cráneo pequeño, posiblemente perteneciente a un niño. También fueron hallados varios huesos y un zapato de una talla pequeña.

En la calle Picalqués un falso tabique ocultaba un hueco dentro del cual aparecieron escondidos huesos, entre ellos las manos de un niño. Junto a los huesos fue encontrado un calcetín seguramente del mismo niño al que pertenecían las manos, un niño que debía pertenecer a una familia muy humilde, porque estaba zurcido y añadido desde la mitad con hilo de otro color.

En una torre de San Feliu de Llobregat sita en la calle Falgueras, y perteneciente al padre de Enriqueta Martí se hallaron libros de recetas de ediciones antiguas y nuevos frascos con sustancias desconocidas que actualmente están siendo analizadas en la Universidad de Medicina, posiblemente se trate de sebo de las víctimas.


La tienda de antigüedades iba de mal en peor, las deudas se hacían cada día mayores, el casero amenazaba con desahuciarlos. No entraban en el almacén nuevas mercancías, ningún ladrón se arriesgaba a ser detenido para después no cobrar. La lista de acreedores era interminable y nadie les fiaba por miedo a no poder recuperar lo prestado.
Una vez más discutió con Pújalo, quienes desde la calle oyeron la última discusión juraron que ella parecía una fiera por los gritos que daba. Fue tras ese enfrentamiento, después de cerrar la tienda de un portazo, cuando Enriqueta Martí decidió dar un giro a su vida, un giro dramático.

Enriqueta conocía el interior del universo de los ricos, había trabajado de criada en sus casas, conocía sus costumbres y sus vicios. Sabía que entre ellos había un cierto grupo de degenerados a los que no importaba pagar una fortuna por cumplir sus caprichos sin límite. Degenerados con dinero que demandaban niños para dar rienda suelta a sus más repugnantes vicios sin importarles el precio.

Empezó a raptar, alquilar y comprar niños a los dedicó a la mendicidad. Los distribuía en la puerta de las iglesias los días festivos siguiendo una teoría creada por ella, contra más grande la iglesia mas raquítico y enfermo debía ser el niño que mendigase en su puerta, en la Catedral colocaba al más tísico, descubriendo al recoger lo recaudado que su teoría era acertada. Así empezó a apreciar el tintineo de las monedas. Ese sonido metálico la arrastró a la segunda de sus equivocaciones convertirse en alcahueta.

Durante el día se vestía de mendiga y podía infiltrarse en los peores ambientes sin levantar sospechas y allí reclutaba a sus víctimas. Cuando caía la tarde se transformaba en una dama elegante y sofisticada que ofrecía los servicios de jóvenes de entre cinco y quince años a burgueses ansiosos de acariciar piel tierna.

Hace un par de años Enriqueta fue detenida en su domicilio de la calle Minerva y cuando registraron el piso descubrieron que lo había convertido en un prostíbulo de menores, no importaba el sexo de los niños tenía clientes de todo tipo. En una de las habitaciones los agentes sorprendieron a un cliente joven sodomizando a un chiquillo de no más de siete años. Tras detenerlo e interrogarle en los calabozos resultó ser hijo de una familia distinguida muy unida a altos cargos de la Diputación.

Aunque Enriqueta fue procesada la causa se perdió en los archivos y fue conmutada su condena, la familia del joven ejerció sus influencias para que su hijo y por extensión su linaje no fuera salpicado por el escándalo.
Enriqueta pronto fue conocida como la alcahueta más importante de Barcelona. Los aristócratas corruptos formaban cola para que les atendiera.

Un comentario

  • Oscar Lebron abril 4, 2013en6:37 pm

    Realmente en contra de tu opinión es brillante. Sorprende la forma de como esta narrado y la visualidad de toda la obra. Francamente es un libro recomendadísimo, acabo de leerlo y no tardaré en volverlo a releer.

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