Daniel Ausente. Mentiré si es necesario.

enero 22, 2015

Daniel Ausente, Mentiré si es necesario
El butano popular, 2013. 154 páginas.

Hace dos años ya que no compro libros, ya no me caben. Las bibliotecas de Barcelona están muy bien surtidas, y no digamos el espacio digital. Pero de vez en cuando hay que darse un capricho, y mi regalo de San Jordi fue este libro. Que sea el único libro que he comprado en mucho tiempo ya debería darles una pista de su calidad.

Aquí no acaba la cosa, el libro ya me lo había leído entero (o casi, no lo sé) porque es una recopilación de artículos aparecidos en El Butano Popular. Todavía pueden leerse aquí: Sr. Ausente. Me alegra tenerlo en papel, porque es una pequeña joya que he tenido la suerte de conocer.

Hay un paralelismo con los libros de Javier Pérez Andújar a la hora de recordar la juventud en Barcelona. Pero donde Javier es lírico y social, Ausente es gamberro y casi punk. Un superviviente de épocas convulsas, que vive para contarnos el naufragio.

Mención aparte son las historias de su familia, que ignoro hasta que punto serán reales, pero que en esta conversación con la sra. Ausente parece que bastante, pese al título: Las mentiras de Daniel Ausente.

El autor debe su fama a sus enciclopédicos conocimientos de cultura B. Pero no es esa la principal virtud del libro. Ausente escribe muy bien, mejor que muchos profesionales del sector. Ya lo demostró en sus vidas ajenas y aquí sube un escalón más.

He disfrutado mucho de su lectura. Más reseñas aquí: Mentiré si es necesario, de Daniel Ausente. y “Mentiré si es necesario” de Daniel Ausente. La nostalgia como eje narrativo.

Calificación: Muy bueno.

Extractos:
Hoy: Compota de potorro
Hoy: Las navidades de Pablito Calvo

En las comidas marca normas estrictas: la tele apagada, no se responde al teléfono y nadie se levanta de la mesa hasta que él se levanta. Por otro lado, las botellas de Rondel se ventilan a pares. Se bebe Rondel, un espumoso atolondrado, porque es barato y mi abuelo sabe de buena tinta que en realidad es Codorniu con otra etiqueta. Así lo afirma y así son mis comidas del domingo durante mucho tiempo. Chistes escatológicos, comentarios anticlericales, que si la novia de uno de mis tíos traga o no traga y la otra no lleva bragas, y potorros, muchos potorros. Que no falten los potorros.

El potorro. Recuerdo la primera vez que escuché tan bella palabra durante la comida. Yo debía de rondar los cinco o seis años y el potorro era algo que una señora untaba con mermelada. Y aquí debo hacer un alto en el camino para ponerles en situación. Aquel potorro relleno de melocotón confitado era el de mi vecina Mari Ángeles. Vivía en el Segundo Tercera y para mí era “la Angi”. En pleno baby boom desarrollista, su matrimonio se fundamentaba en una obsesión: la procreación en cadena; y como la descendencia no llegaba siempre se ofrecía para cuidarme. Mi memoria más lejana suministra fogonazos de la dulzura de aquella vecina. Supongo que en algún momento confió la intimidad sexual a mi madre y de ahí saltó a la mesa del tiberi dominical. La Angi se untaba el potorro de mermelada y su marido se abría paso a lengüetazos.


Siempre guardo silencio cuando me cuelo en el despacho de mi abuelo porque es un lugar sagrado. Miro con respeto, una a una, las fotografías de la pared. En una Robert Mitchum y mi abuelo brindan con una copa y sonríen a la cámara. Robert era tan chulo como yo, por eso nos hicimos amigos al instante. Ese es Peter Ustinov, un gran tipo y un gran bebedor de vodka que sabía disfrutar de los placeres de la vida. Rock Hudson fue una pequeña decepción, me lo llevé de putas y acabó con un chavalín. Mira la Cardinale, qué guapa era de joven. Y Marisol, ya de bien pequeña una putilla calientabraguetas. No sé por qué tengo aún esta foto con Mari Santpere, era una mala persona que humillaba a su marido. Ava Gardner era otra cosa, era una diosa hermosa y borracha, la única mujer que pudo ganar a mi abuelo a lingotazos. Un día, Ava Gardner entró como una cuba en el Ritz de Barcelona, se plantó en medio del hall, separó las piernas y se meó allí mismo. Una larga meada. La expulsaron de inmediato y la declararon persona non grata. Para mi abuelo eso fue un acto indigno y desagradecido. Una meada de Ava Gardner es un regalo de la naturaleza, como el Rocío al amanecer o los riachuelos que bajan de la montaña en primavera.

Mi abuelo entró a trabajar muy joven en la filial española de la Gaumont, pionera francesa en la producción y distribución de películas. La vieja casa Gaumont, mascullaba mi tío con sorna harto de escuchar siempre la misma historia del hombre hecho a sí mismo. Mi abuelo entró de mozo y poco a poco fue subiendo peldaños en el mundo del cine. Tras la guerra se convirtió en el jefe de la modesta Internacional Films, fue Director Gerente de Chamartín en Barcelona y trabajó en las producciones de Samuel Bronston haciendo lo que más le gustaba: irse de juerga y putas con los actores. Alberto Sordi llama todas las Navidades para felicitarle las fiestas y pasan un buen rato al teléfono recordando gloriosas hazañas. Las fotos de mi abuelo con Alberto Sordi son las más grandes y numerosas del despacho. Cuando Alberto Sordi llegaba a Barcelona, lo primero que hacía era llamar a mi abuelo, y juntos podían desaparecer una semana entera.

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