Charlotte Brontë. Jane Eyre.

abril 26, 2012

Charlotte Brontë, Jane Eyre
Salvat, 1972. 206 páginas (esta parte).

Me daba vergüenza haber leído El caso Jane Eyre y no la obra original, así que con esta edición clásica de Salvat remediaba mi ignorancia. Pero, craso error, era sólo el primer volumen de dos, algo que no aparece en portada, sólo al final del libro. Por suerte, al ser un clásico, estaba disponible en internet y lo he ido leyendo en el móvil.

El resumen en la wikipedia: Jane Eyre. Son las desventuras -con tintes folletinescos- de la protagonista desde que vive de caridad en casa de su tía, pasa después a un colegio de caridad, encuentra trabajo de institutriz, se enamora, hay un secreto, se escapa sin rumbo, tiene un encuentro inesperado y al final… tendrán que leerlo.

Hay libros que te enganchan, éste lo hizo. No tanto por los giros de guión al estilo telenovela, que en la época estarían bien pero que ahora nos resultan un tanto postizos. Sí por los personajes, sobre todo por la indomable Jane Eyre, un prototipo de mujer rebelde y con ideas propias, que incluso ahora llama la atención. No quiero imaginarme en una época tan machista como cuando fue escrito.

Hay clásicos que siguen estando muy vivos.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (239/365)

Extractos:
—Puedes verlo —contestó, ofreciéndome el tomo.
Un breve examen me convenció de que el texto era menos interesante que el título, al menos desde el punto de vista de mis gustos personales, porque allí no se veía nada de hadas, ni de gnomos, ni otras cosas similares y atrayentes. Le devolví el libro y ella, sin decir nada, reanudó su lectura.
Volví a hablarle:
—¿Qué quiere decir esa piedra de encima de la puerta? ¿Qué es la Institución Lowood?
—Esta casa en que has venido a vivir.
—¿Y por qué se llama institución? ¿Es diferente a otras escuelas?
—Es una institución semibenéfica. Tú y yo, y todas las que estamos aquí, somos niñas pobres. Supongo que tú eres huérfana.
—Sí.
—¿De padre o de madre?
—No tengo padre ni madre. Los dos murieron antes de que yo pudiera conocerles.
—Pues aquí todas las niñas son huérfanas de padre o madre, o de los dos, y por eso esto se llama institución benéfica para niñas huérfanas.
—¿Es que no pagamos nada? ¿Nos mantienen de balde?
—No. Nuestros parientes pagan quince libras al año.
—Entonces, ¿cómo se llama una institución semibenéfica?
—Porque quince libras no bastan para cubrir los gastos y vivimos gracias a los que se suscriben con dádivas fijas.
—¿Y quiénes se suscriben?
—Señoras y caballeros generosos de los contornos y de Londres.
—¿Quién era Naomi Brocklehurst?
—La señora que reconstruyó la parte nueva de la casa. Es su hijo quién manda ahora en todo esto.
—¿Por qué?
—Porque es el tesorero y director del establecimiento.
—¿De modo que la casa no pertenece a esa señora alta que lleva un reloj y que mandó que nos diesen pan y queso?
—¿Miss Temple? ¡No! Sería mejor, pero no… Ella tiene que responder ante Mr. Brocklehurst de todo lo que hace. Es él quien compra la comida y la ropa para nosotras.


El fin de la media hora coincidió con las cinco de la tarde. Todas se fueron al refectorio. Yo me retiré a un rincón oscuro de la sala y me senté en el suelo. Los ánimos que artificialmente recibiera empezaban a desaparecer y la reacción sobrevenía. Rompí en lágrimas. Helen no estaba ya a mi lado y nada me confortaba. Abandonada a mí misma, mis lágrimas fluían a torrentes.
Yo había procurado portarme bien en Lowood. Conseguí amigas, gané el afecto y el aprecio de todos. Mis progresos habían sido muchos: aquella misma mañana Miss Miller me otorgó el primer lugar en la clase. Miss Temple sonrió con aprobación y me ofreció que, si continuaba así dos meses más, se me enseñaría francés y dibujo. Las condiscípulas me estimaban: las de mi edad me trataban como una más y ninguna me ofendía. Y he aquí que, en tal momento, se me hundía y se me humillaba. ¿Cómo podría levantarme de nuevo?
«De ningún modo», pensaba yo.
Y deseé ardientemente la muerte. Cuando estaba expresando este deseo con desgarrador acento, apareció Helen Burns. Me traía pan y café.
—Anda, come —me dijo.
Pero todo era inútil. Yo no podía reprimir mis sollozos ni mi agitación. Helen me miraba, seguramente con sorpresa.
Se sentó junto a mí en el suelo, rodeó con sus brazos sus rodillas y permaneció en aquella actitud, silenciosa como una estatua india. Yo fui la primera en hablar.
—Helen, ¿por qué te acercas a una niña a quien todo el mundo considera una embustera?
—¿Todo el mundo, Jane? Aquí no hay más que ochenta personas y en el mundo hay muchos cientos de millones.
—Sí, ¿pero qué me importan esos millones? Me importan las ochenta personas que conozco, y ésas se burlan de mí.
—Te equivocas, Jane. Seguramente ni una de las de la escuela se burla de ti ni te desprecia, y estoy segura de que muchas te compadecen.

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