Brenda Navarro. Casas vacías.

noviembre 11, 2021

Brenda Navarro, Casas vacías
Sexto piso, 2020. 164 páginas.

La novela se construye alrededor de dos mujeres: una a la que le roban a su hijo en el parque por estar despistada mirando el móvil y otra que es la que se lo lleva a un entorno desestructurado y marginal.

Las partes de la mujer que se queda sin niño son las que menos me han gustado, hasta el punto de que, como la novela empieza con ella, estuve a punto de dejarlo a un lado. Esta vez mi manía de acabar los libros ha resultado buena, porque las otras partes están muy bien escritas, describen muy bien la situación de alguien que no ha podido tener hijos y que mentalmente no está muy centrada y cuya vida ha sido una sucesión de desgracias.

Es decir, superado el primer capítulo que me parece horrendo el libro está muy bien, aunque la mitad de la madre auténtica me siguió pareciendo muy inferior en estilo a la otra, pero con momentos (el extracto es un ejemplo) también brillantes.

Recomendable.

¿Cómo no viste a fu hijo, eh? ¿Cómo no viste adonde se fue? Me tanteó la pierna que yo tenia tapada con una cobija. Cállate, Nagore. Y seguí con la cara volteada para tratar de ver la televisión. Déjame ir, repitió y volvió a darme un leve golpe en la pierna, casi en la rodilla, por eso mi pierna se movió sola. Traté de ignorarla. Déjenme ir, insistió moviendo mi pierna de un lado a otro. Me zarandeó las dos, le respondí con una bofetada para dar por terminada la conversación, pero Nagore ya no era la niña que quería cepillarme el cabello, ni tenía los cabellos dorados, ni la picardía infantil en los ojos: era una jovencita de cuerpo mediano que me devolvió la bofetada. Me ardió la cara e iba a responderle pero ella me detuvo las manos y la mirada. Déjenme ir. Quise zafarme pero no pude. ¿Me vas a matar como tu padre mató a tu madre, Nagore?, ¿eres igual de bestia que tu padre, nos quieres superar en pendejadas? Y Nagore se puso roja y bufó y volvió a darme una bofetada. Intenté levantarme pero no pude, ella aprovechó para echarse encima de mí con jalones de cabello y yo empecé a reír, primero a reír, pero luego a llorar. ¡Sí, pégame, pégame bastarda, pégame! YNagore, entre bufadas, intentaba clavar sus uñas en mis brazos. Yo reíay decía ¡pégame, pégame!, y ella me clavaba sus uñas y su odio yyo me dejaba odiar. ¡Pégame, pégame!, le repetía, hasta que se alejó y pudo ver que yo estaba empapada en llanto y no podía parar y se quitó el cabello de la caray también me quitó el mío y me limpió las lágrimas y yo seguía llorando entre risas mientras movía los brazos en el aire diciendo que regresara a terminar la golpiza que había iniciado, pero Nagore me abrazó y puso mi cara entre su pecho y yo la abracé muy fuerte y seguí llorando y ella empezó a
acariciarme el cabello y a darme besos en la cabeza y yo bajito le decía: Pégame, pégame, pégame… Pero Nagore sólo me abrazaba y me hacía: Shhh shhh, como cuando ella dormía a Daniel y lo mecía y lo calmaba y lo dejaba dormido, y yo seguí abrazándola y quise dormir porque yo no quería saber que ella había crecido y se estaba yendo.
Nagore se quedó a contenerme y me recostó como pudo y me acomodó en la almohada y cerró mis oj os y si -guió acariciándome la cara con el shhh shhh que tantas veces calmó y durmió a Daniel.
Antes de que regresáramos a México, la mamá de Fran se arrodilló ante mí y me suplicó que no nos fuéramos. Convence a Fran, convéncelo, yo te ayudo a cuidar a los niños, no voy a estorbar, voy a ayudarte, convence a Fran de quedarse, pero yo decía que no, aunque quería decir que sí, y ella me decía que no la dejara sola en esa casa grande, blanca y hueca de Utrera, que no podría con tanta soledad y sin su hija y con todos los días sin su hija y sin su nieta, que no me fuera, que convenciera a Fran, pero yo sólo negaba con la cabeza porque si decidí no quedarme no era porque no quisiera, sino porque tenía la esperanza de que yo podía hacerme cargo de mí misma y de mi familia. No sé por qué, ni bajo qué manda o perorata social me impuse ese deseo que, a decir verdad, no sentía. Pero también, lo sé, estaba el hecho de temer que su madre también fuera una carga para mí. Me daba miedo dejar de ser ligera cuando llevaba ya, entre mis brazos, la mayor carga de mi vida.

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