Belén López Peiró. Por qué volvías cada verano.

noviembre 10, 2021

Belén López Peiró, Por qué volvías cada verano
Las afueras, 2020. 136 páginas.

La protagonista ha sufrido un caso de abuso por parte de su tío. Se va contando la historia alternando narración en primera persona, fragmentos de sucesos alternados en el tiempo, extractos de la investigación policial con declaraciones de los testigos, formando un puzle en el que cada pieza dibuja el mapa de un acto terrible.

Por lo que se da a entender los hechos son reales por lo que estamos ante un libro denuncia. En estos casos no es labor del lector ponerse a juzgar calidades literarias, sino analizar si cumple la función de denuncia y -posiblemente- de catarsis de la autora. Si la lectura de este libro lleva a tener más conciencia sobre este problema, habrá cumplido su misión.

Como se dice en el fragmento que pongo como extracto si alguien se atreve a dar el difícil paso de la denuncia se va a evitar que un violador siga cometiendo abusos.

Recomendable.

Se me iba la vida en ese viaje. Cientos de kilómetros de una agonía de mierda. Interminable. ¿Quién carajo me mandaba a poner la cara? Esa idea ridícula de que podía terminar con la hipocresía en un minuto. Esa necesidad de viajar tres horas para llegar al pueblo, ir casa por casa, mirarlos a la cara y decirles, muy seria, que vengo a meterles el dedo en el culo. Golpearlos con mi única arma, contarles cada detalle, incomodarlos. Hablar durante una hora, recordarles cómo es su torso negro desnudo, y lo incómodo que es despertarse con sus dedos adentro. Reconocer en sus caras los gestos de desprecio y de compasión, dejar que me den una palmada en el hombro, y seguir, seguir hablando; contarles cómo ese tipo con el que almuerzan los domingos me cogía en su propia cama cuando ellos se iban, cómo se aparecía a la noche, por atrás, cuando su mujer se dormía, y me apoyaba la pija y después la frotaba hacia arriba y hacia abajo hasta acabar. Seguir mirándolos y empezar a descubrir cómo esos ojos que fingían tristeza de pronto no decían nada. No parar, evitar que me interrumpan, vomitarles la mierda encima, que ahora olía bien, porque ya no era solamente mía; para que cada vez que lo vean a él, cada vez que él se aparezca en sus casas o le agarre la mano a una de sus hijas puedan sentir miedo. Y no tengan excusas.
No tenes que explicarme nada. Yo sé que lo que decís es verdad. Creía que esto me lo iba a llevar a la tumba pero no puedo seguir callada.
Una vez, cuando era chica, creo que vos todavía no habías nacido, fui a buscar a Sofía a su casa. Sí, nuestra prima más grande. La cuestión es que toqué timbre y nadie contestó. Sofía no aparecía. Empecé a preocuparme, volví a tocar timbre, esperé un rato más, y cuando ya estaba por irme él abrió la puerta y se fue, no dijo una palabra. Yo entré y la encontré a ella en el sillón, tirada ahí con las tiritas de la musculosa baja y los ojos llenos de lágrimas. Cuando le pregunté qué había pasado enseguida me tapó la boca y me pidió que me calle. «Esto queda entre nosotras», me dijo.
Siempre pensé que moriría conmigo, y ahora escucho esto. Si ella hubiera hablado quizás vos no estarías acá.

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