Antonio Lobo Antunes. En el culo del mundo.

octubre 16, 2020

Antonio Lobo Antunes, En el culo del mundo

Un hombre dialoga con una mujer en lo que parece ser una noche de seducción, trayendo de su memoria sus años en la guerra como médico, su historia familiar y lo terrible de vivir determinadas situaciones. La tragedia de la guerra se mezcla con lo cotidiano de un ligue nocturno.

¡Que libro! Hay que paladearlo, tomarlo en pequeños sorbos, con su lenguaje poético lleno de imágenes, pero no tan enrevesado como para no entenderse. Hay escenas que, realmente, me han arrancado las lágrimas. placer estético y emocional de la mano. Que bien sienta.

No se lo pierdan. No pondré reseñas, escuchen este podcast donde se habla muy bien del libro: Punto de libro (el podcast). Y vayan corriendo a leerlo.

Genial.

—Hola, Modesty Blaise —dije yo encogiéndome. Sus pechos, bajo la blusa estampada, se asemejaban a dos peras enormes debajo de una servilleta de Coca-Cola: sin el uniforme, perdía el coeficiente de misterio que yo insisto en atribuir a los ángeles por el vicio que me quedó del catecismo, incluso a los que sirven comidas envueltas en celofán en un pasillo de avión. El apartamento olía a ropa sin lavar y a comida enlatada de animales, la noche de África entraba por la ventana abierta con un aliento espeso de pesebre, en la cama sin hacer un libro de poemas de Éluard me prometió de repente un horizonte de dulzuras insospechadas y frágiles en aquella amazona violenta, llegada, ¿sabe?, de no sé qué cielo, encargada de la misión específica de romper las lánguidas columnas vertebrales de los perros de lujo y de pulverizar los huevos recelosos de los guerreros de paso, en tránsito hacia el alambre de púas y hacia la muerte, pobres animales uniformados escondidos en las jaulas de madera de las casernas.

—¿Qué quieres tomar, Ojos Azules? —preguntó ella con una sonrisa carnívora de acordeón que se desdobla y me trajo a la memoria el libro, lleno de imágenes aterradoras, de la Caperucita Roja de mi infancia: Para comerte mejor, Caperucita, y el lobo, con una cofia, mostraba desde las sábanas, babeando, los dientes puntiagudos.

Para comerte mejor, Caperucita, para comerte mejor, Caperucita, para comerte mejor, Caperucita: la boca de ella crecía en mi dirección, cóncava, gigantesca, sin fondo, las uñas rojas se alargaban hasta rozarme la piel, alientos fríos de carne cruda se me acercaban, la gruta de un esófago de pozo, donde el pedregullo de mi cuerpo caería en atropellada caída, le nacía en la raíz de tela vaquera de los muslos. El perro minúsculo arañaba la puerta de la cocina entre gemidos melancólicos. Dejé el vaso en una mesa de bambú donde el ombligo de un buda pantagruélico se estremecía con carcajadas de cerámica, y el tintinear de los cubitos de hielo me trajo a la memoria el sonajero que había comprado para la cuna de mi hija y que improvisaba suavemente una melodía sin nexo; a esa hora, en casa, mi mujer calentaba el biberón de la medianoche, el cigarrillo ardía en el cenicero de estaño serenidades azuladas de incensario, el confort de los silencios domésticos redondeaba las dolorosas aristas de la desesperación, una eternidad de retablo medieval inventaba ángeles gordos por el techo. Tal vez el sofá de la sala conservase aún la fugaz impresión digital de mis nalgas, y un resto diluido de mis rasgos flotase en el agua vacía de los espejos, pupilas inertes que se olvidan. Todo un universo del que me encontraba cruelmente excluido proseguía, imperturbable, en mi ausencia, su trote menudo ritmado por el corazoncito jadeante del despertador, un grifo cualquiera sudaba una gota perpetua en las tinieblas. La muchacha apartó el libro de Éluard de la cama (larmes des yeux les malheurs des malhereux) con el gesto de quien quita migas de pan de un mantel, y se deslizó desnuda fuera de la ropa agitando las crines de sus cabellos largos a guisa de una gran yegua ávida que espera, relinchando una especie de vapor por los ollares abiertos. En Lisboa, mi hija, con los ojos cerrados, comenzaba el biberón, y sus orejas, a la luz de la lámpara, adquirían la transparencia rosada del mar de Antonioni, enrollando en sí mismo espirales delicadas. Me quité los pantalones, me desabroché la camisa, el ombligo del buda se burlaba de mi delgadez pálida y acongojada, me tumbé en el colchón, avergonzado del tamaño de mi pene fláccido que no crecía, no crecía, reducido a una tripa engurruñada entre los pelos rojizos allí abajo, la azafata lo cogió educadamente con dos dedos como en una cena de gala, no sé si con sorpresa o con disgusto, Empálmate, pelmazo, me ordené para mis adentros, mi hija interrumpió el biberón para eructar y sus ojos miraban hacia dentro, desenfocados, toqué la vulva de la muchacha y era blanda y tibia y tierna y mojada, encontré el nervio duro del clítoris y ella lanzó un suspiro de tetera por el pico estirado de los labios, Por tus muertos, empálmate, supliqué mirando de reojo a mi verga muerta, no me hagas quedar mal y empálmate, por tu bien, empálmate, empálmate, joder, empálmate, mi mujer cambiaba pañales con un imperdible en la boca, el teniente debía de hablar de la criada al capellán aterrado que se santiguaba, los ataúdes en la cárcel aguardaban a que yo me tendiese, obediente, en el revestimiento de plomo, la muchacha dejó de besarme, se apoyó en el codo como las figuras de los túmulos etruscos, me pasó la mano por la cara y preguntó ¿Qué es lo que no marcha, Ojos Azules?, y yo me encogí de hombros, rodé hasta quedar boca abajo sobre la sábana y me eché a llorar.

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