
Salamandra, 2007. 254 páginas.
Tit. or. The ladies of Grace Adieu. Trad. Ana María de la Fuente
Antología de cuentos que se mueven en el mismo mundo mágico de la obra más famosa de la autora, Jonathan Strange y el Señor Norrell , y que tiene el mismo sentido de la maravilla y la misma riqueza en la profundidad psicológica de sus personajes. Algunos cuentos parecerían provenir de la tradición oral por su uso de elementos reconocibles pero, a la vez, diferenciados.
Lo leí en un momento duro en el que fue compañía.
Muy bueno.
“Vaya —exclamó—, en este sueño hay una torre negra muy alta, en un bosque oscuro en medio de la nieve. La torre está en ruinas, como una dentadura mellada. Unos pájaros negros de alas desflecadas vuelan alrededor de ella. Tú estás dentro de la torre y no puedes salir. Niño humano, ¿no te dio miedo este sueño?”.
»“No, tío —dijo el Niño Cuervo—, porque soñaba con la torre donde nací y con los cuervos que me traían agua cuando aún era tan pequeño que no sabía ni gatear. ¿Por qué había de darme miedo?”.
»El tío Auberon miró el sueño siguiente y exclamó: “En este sueño veo relucir ojos crueles y babear fauces malignas. Niño humano, ¿no te dio miedo este sueño?”.
»“No, tío —dijo el Niño Cuervo—, porque soñaba con las lobas que me daban de mamar y que se echaban a mi lado para darme calor cuando yo era tan pequeño que no sabía ni gatear. ¿Por qué había de darme miedo?”.
»Entonces el tío Auberon miró el sueño siguiente y, al verlo, se estremeció y dijo: “En este sueño hay un lago oscuro en un crepúsculo triste y lluvioso. Los bosques son lóbregos y silenciosos y un barco fantasma navega por el agua. El barquero es tan seco y retorcido como una raíz de espino y su cara está en sombra. Niño humano, ¿no tuviste miedo de este sueño terrible?”.
»Entonces el Niño Cuervo, exasperado, dio un puñetazo en la mesa y una patada en el suelo. “¡Tío Auberon! —exclamó—. ¡Si es el barco mágico y el barquero mágico que tú y la tía Titania enviasteis para que me trajera a vuestra casa! ¿Por qué había de tener miedo?”.
»“Vaya —dijo entonces una tercera persona que hasta ese momento no había hablado—, ¡cómo presume de valiente el niño!”. El que ahora intervenía era el criado del tío Auberon, que estaba en el estante de arriba de la biblioteca, disfrazado (hasta ese momento) de busto de William Shakespeare. Su repentina aparición causó un sobresalto al tío Auberon, pero el Niño Cuervo ya sabía que estaba allí.
»El criado miraba fijamente al Niño Cuervo desde el estante de arriba y el Niño Cuervo lo miraba desde abajo. “Hay toda clase de cosas en el cielo y la tierra que ansían hacerte daño —dijo el criado—. Hay fuego que quiere quemarte. Hay espadas que quieren atravesarte una y otra vez y cuerdas que quieren maniatarte fuertemente. Hay mil y mil cosas que aún ni has soñado: criaturas que pueden robarte el sueño durante años y años, hasta que ya no sepas ni quién eres, y hombres aún no nacidos que te maldecirán e intrigarán contra ti. Niño humano, ya es tiempo de tener miedo”.
»Pero el Niño Cuervo dijo: “Robin Goodfellow, siempre supe que esos sueños me los enviabas tú. Pero yo soy un niño humano y, por lo tanto, soy más listo que tú, y cuando esas criaturas malignas vengan a hacerme daño, seré más listo que ellas. Yo soy un niño humano y toda esta vasta tierra inglesa, pétrea y lluviosa, me pertenece. Soy un niño inglés y me pertenece todo este anchuroso espacio inglés, lleno de negras alas que baten y grises fantasmas de lluvia que suspiran. Siendo así, Robin Goodfellow, dime ¿por qué habría de tener miedo?”. Y entonces el Niño Cuervo movió de derecha a izquierda su cabellera negra como ala de cuervo y desapareció.
»El señor Goodfellow miró al tío Auberon, un poco nervioso, para ver si le había disgustado que hubiera hablado con tanto atrevimiento a su ahijado humano, pero el tío (que era ya muy anciano) hacía rato que había dejado de escuchar a uno y otro para seguir buscando un libro. El libro contenía un hechizo que servía para convertir a los miembros del Parlamento en ciudadanos de provecho para la sociedad y ahora, cuando el tío Auberon creía que había llegado el momento de utilizarlo, no lo encontraba (a pesar de que no hacía ni cien años que lo había tenido en las manos). Así pues, el señor Goodfellow no dijo más y, discretamente, volvió a convertirse en William Shakespeare.
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