Eric R. Kandel. En busca de la memoria.

junio 17, 2026

Eric R Kandel, en busca de la memoria
Katz editores, 2008. 568 páginas.
Tit. or. In search of memory. Trad. Elena Marengo.

Eric Kandel es un premio nobel que, en el momento que estoy escribiendo esto, va camino de cumplir los cien años fresco como una lechuga. Su contribución ha sido muy importante en diferentes mecanismos de la creación de la memoria, gracias a sus trabajos iniciales con un caracol marino en el que encontraron cómo consigue el cerebro con sus redes neuronales almacenar recuerdos.

El libro se mueve entre la biografía y el ensayo científico. El autor tuvo una vida ajetreada huyendo del nazismo y siendo pionero en muchos tipos de estudio que indicaron el camino a generaciones posteriores. Me ha sorprendido su amor por el psicoanálisis, influido, seguramente, por haber nacido en Viena. Incluso cuando sus descubrimientos contradicen los postulados de Freud se las arregla para hacer alguna defensa.

A veces me ha sobrado algún elemento biográfico y otras alguna explicación demasiado técnica, pero nos da un panorama de los primeros estudios de la ciencia de la mente de mano de uno de sus principales investigadores.

Muy bueno.

Nos pusimos a estudiar Aplysia buscando un comportamiento que pudiera utilizarse para investigar el aprendizaje. Llegamos a conocer al dedillo casi todas las características de su comportamiento alimentario, el perfil de su actividad locomotriz diaria (figura 13.1), de la expulsión de tinta y de la postura de huevos. Quedamos fascinados por su comportamiento sexual (figura 13.2), su actividad social más evidente y digna de admiración. Estos caracoles son hermafroditas; pueden actuar como macho y como hembra con distintas parejas en momentos diferentes e, incluso, simultáneamente. Hacen un reconocimiento mutuo y pueden formar impresionantes cadenas de copulación, en la que cada eslabón actúa como macho con respecto del animal que lo precede en la cadena y como hembra con respecto al que lo sigue.
Analizando estos comportamientos y meditando sobre ellos, llegamos a la conclusión de que eran demasiado complejos pues algunos involucraban varios ganglios del sistema nervioso. Teníamos que hallar un comportamiento muy simple controlado por las células de un único ganglio. Así, decidimos analizar los diversos comportamientos que controla el ganglio abdominal, que yo había estudiado ya en París y que conocía más o menos a fondo. Este ganglio contiene sólo unas dos mil células y controla el ritmo cardíaco, la respiración, la postura de huevos, la liberación de tinta y de mucosidad, la retracción de la branquia y el sifón. En 1968, nos decidimos por el comportamiento más simple: el reflejo de retracción de la branquia.

La branquia es un órgano externo que Aplysia usa para respirar. Está ubicada en una cavidad de la pared externa que se denomina cavidad del manto, y cubierta por una lámina de piel llamada plegamiento del manto.[*] Esta especie de repliegue termina en el sifón, canal blando que expulsa el agua de mar y los desperdicios acumulados en la cavidad del manto (figura 13.3A). Cuando se aplica una suave estimulación táctil al sifón, se produce una brusca retracción defensiva del sifón y de la branquia hacia el interior de la cavidad del manto (figura 13.3B). Sin lugar a duda, la retracción tiene por objeto proteger la branquia, órgano delicado y vital.

Pues bien, con Irving descubrimos que incluso este reflejo muy simple puede modificarse mediante dos formas de aprendizaje —la habituación y la sensibilización— y que cada una de ellas se guarda en una memoria de corto plazo que dura unos pocos minutos. Así, cuando se toca levemente el sifón por primera vez, se produce una retracción brusca de la branquia. Pero la aplicación reiterada del mismo estímulo táctil produce habituación: el reflejo se debilita cada vez más a medida que el animal aprende a reconocer que el estímulo es inocuo. Generamos sensibilización aplicando una descarga intensa en la cabeza o en la cola. El animal reconoció que el estímulo intenso era perjudicial y, de ahí en adelante, mostró un reflejo exagerado de retracción de la branquia, incluso en respuesta al leve estímulo táctil inicial del sifón (figura 13.3C).


En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, bajo la influencia del psicoanálisis, la psiquiatría dejó de ser una disciplina médica experimental estrechamente vinculada con la neurología para transformarse en una especialidad no empírica, cuyo eje de interés era el arte de la psicoterapia. En la década de 1950, la psiquiatría académica olvidó sus raíces en la biología y la medicina experimental y paulatinamente se convirtió en una disciplina terapéutica apoyada en las teorías psicoanalíticas. Como tal, hacía gala de una extraña indiferencia con respecto a las pruebas empíricas o al cerebro como órgano de la actividad mental. Por su parte, durante esos mismos años la medicina dejó de ser un arte terapéutico para transformarse en una ciencia terapéutica fundamentada en un enfoque reduccionista, proveniente al principio de la bioquímica y luego de la biología molecular. Cuando estaba en la Facultad de Medicina, fui testigo de esa evolución y también producto de su influencia. Por consiguiente, me fue imposible pasar por alto la peculiar posición de la psiquiatría en el seno de la medicina.
El psicoanálisis había creado un método novedoso para estudiar la vida mental de los pacientes, que se fundamentaba en la asociación libre y en la interpretación. Freud enseñó a los psiquiatras a escuchar atentamente a los pacientes y a hacerlo de una manera inédita. Ponía el acento en la sensibilidad ante el significado manifiesto y el latente de lo que el paciente expresaba. También ideó un esquema provisorio para interpretar lo que, en caso contrario, podían parecer manifestaciones inconexas e incoherentes.
Tan novedoso y convincente era ese enfoque que durante muchos años no sólo Freud, sino también otros psicoanalistas inteligentes y creativos, pudieron sostener que las entrevistas entre el paciente y el analista eran el mejor contexto para indagar científicamente la mente, en especial los procesos inconscientes. De hecho, en los primeros años, los psicoanalistas aportaron muchas observaciones útiles y originales que contribuyeron a la comprensión de la mente, limitándose a escuchar atentamente a los pacientes y poniendo a prueba las ideas surgidas del psicoanálisis —como la de la sexualidad infantil— durante la observación del desarrollo normal de los niños. Entre otros aportes originales, podemos citar el descubrimiento de distintos tipos de procesos mentales inconscientes y preconscientes, la complejidad de las motivaciones, la transferencia (desplazamiento de las relaciones pretéritas del paciente sobre su vida presente) y la resistencia (la tendencia inconsciente a oponerse a los esfuerzos del terapeuta para producir cambios en su conducta).
No obstante, sesenta años después de haber dado sus pasos iniciales, el psicoanálisis había agotado ya buena parte de su impulso indagador. En 1960 era evidente, incluso para mí, que muy pocos conocimientos nuevos podían adquirirse observando a pacientes individualmente y escuchándolos con atención. Aunque históricamente el psicoanálisis tuvo aspiraciones científicas —siempre se propuso desarrollar una ciencia empírica de la mente que pudiera verificarse—, rara vez fue científico en sus métodos. A lo largo de los años, no pudo someter sus hipótesis a una experimentación que pudiera reproducirse. De hecho, siempre fue más fructífero para generar ideas que para verificarlas. Como consecuencia, no avanzó al mismo ritmo que otras especialidades de la psicología y la medicina. En lugar de concentrar los esfuerzos en temas que pudieran comprobarse empíricamente, amplió sus miras y abarcó perturbaciones mentales y físicas que excedían su capacidad óptima en cuanto tratamiento.
En un comienzo, el psicoanálisis se utilizó para tratar lo que entonces se denominaban neurosis: las fobias, las obsesiones, la histeria y la ansiedad. No obstante, con el tiempo se extendió y abarcó casi todas las enfermedades mentales, incluso la esquizofrenia y la depresión. A fines de la década de 1940, influidos tal vez por el éxito obtenido en el tratamiento de soldados que habían sufrido perturbaciones psiquiátricas en el frente, muchos psiquiatras llegaron a creer que las intuiciones del psicoanálisis podían ser útiles para tratar enfermedades mentales que no respondían fácilmente a los fármacos. Pensaban que enfermedades como la hipertensión, el asma, las úlceras gástricas y la colitis ulcerosa eran psicosomáticas, es decir, que se originaban en conflictos inconscientes. Así, alrededor de 1960, para muchos psiquiatras —en especial los que ejercían en las dos costas de los Estados Unidos, la oriental y la occidental— el psicoanálisis se había transformado en el modelo predominante utilizado para comprender todas las enfermedades mentales y algunas físicas.
En la superficie, ese ámbito terapéutico ampliado parecía afianzar el poder explicativo y la agudeza clínica del psicoanálisis, pero, en realidad, debilitaba la eficacia de la psiquiatría y estorbaba el intento de transformarla en una disciplina empírica mancomunada con la biología. En 1894, cuando Freud estudió por primera vez el papel de los procesos mentales inconscientes, también se empeñó en desarrollar una psicología empírica. Intentó elaborar un modelo neural del comportamiento pero, debido a inmadurez de la ciencia del cerebro en ese entonces, abandonó el modelo biológico sustituyéndolo por otro que descansaba en el relato verbal de experiencias subjetivas. En la época en que yo llegué a Harvard para mi formación en psiquiatría, se habían hecho ya algunas incursiones importantes desde la biología para comprender los procesos mentales superiores. Pese a esos avances, cierto número de psicoanalistas adoptaron una posición más radical aun: según ellos, la biología no era aplicable al psicoanálisis.
Esa indiferencia —por no decir desdén— por la biología fue uno de los dos problemas que se me presentaron durante la residencia. El problema más grave era la falta de interés de los psicoanalistas por llevar a cabo estudios objetivos e, incluso, por tener en cuenta el sesgo del investigador. En otras ramas de la medicina se intentaba controlar ese sesgo llevando a cabo experimentos ciegos, en los que el investigador no sabe qué pacientes reciben el tratamiento estudiado y cuáles no. Por el contrario, los datos que se recopilan en las sesiones psicoanalíticas son casi siempre de índole privada. Se privilegian los comentarios, las asociaciones, los silencios, las posturas, los movimientos y otros comportamientos del paciente. Desde luego, la protección de la intimidad del paciente es fundamental para la confianza que debe ganarse el psicoanalista, y ése, precisamente, es el meollo de la cuestión. En casi todos los casos, el único registro de las sesiones es el relato subjetivo del psicoanalista sobre lo que cree que sucedió. En palabras del psicoanalista e investigador Hartvig Dahl, semejante interpretación no se acepta en calidad de prueba en casi ningún ámbito científico. Sin embargo, a los psicoanalistas no suele preocuparles el hecho de que los relatos sobre las sesiones de terapia sean necesariamente subjetivos.
Cuando inicié la residencia en psiquiatría, sentí que el psicoanálisis podía enriquecerse enormemente uniendo fuerzas con la biología. También pensé que si la biología del siglo XX se veía llamada a responder algunos de los interrogantes más refractarios acerca de la mente humana, las respuestas serían más ricas y significativas si el psicoanálisis hacía su aporte. Creía entonces, y creo con mayor convicción ahora, que la biología puede esbozar los fundamentos físicos de varios procesos mentales que constituyen el corazón mismo del psicoanálisis: a saber, los procesos mentales inconscientes, el determinismo psíquico (el hecho de que ninguna acción o conducta, ningún acto fallido, es totalmente aleatorio ni arbitrario), el papel del inconsciente en la psicopatología (es decir, la vinculación de los sucesos psicológicos en el inconsciente, incluso los que son dispares entre sí) y el efecto terapéutico del propio psicoanálisis. Lo que me seducía por demás en razón de mi interés por la memoria era la posibilidad de que la psicoterapia —que, presumiblemente, obra en parte creando un ámbito en el que la gente aprende a cambiar— produjera modificaciones estructurales en el cerebro y que estuviéramos ya en condiciones de evaluar directamente esas modificaciones.

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