Raduan Nassar. Un vaso de cólera.

marzo 18, 2019

Raduan Nassar, Un vaso de cólera
Sexto Piso, 2016. 80 páginas.
Tit. Or. Un copo de colera. Trad. Juan Pablo Villalobos.

El encuentro amatorio de una pareja deriva en una lucha dialéctica repleta de acusaciones que va subiendo de intensidad hasta acabar en insultos, que dejarán paso a la pasión de nuevo.

Reconozco que a pesar de la brevedad del libro hacia la mitad del mismo todavía no acababa de ver las virtudes que tanto me habían alabado. Lenguaje cuidado, sí, rozando lo poético, pero ensimismado y sin demasiado rumbo. La segunda parte, sin embargo, al establecer esa confrontación de puntos de vista, con el personaje masculino acusando y la mujer esquivando y dando la vuelta a la argumentación, bajando del pedestal de intensidad a su grandilocuencia, y acabar con esa tensión sexual desbocada me atrapó finalmente.

La historia tampoco es que sea nada nuevo, pero está muy bien escrita.

Recomendable.

«Tenía trece años cuando perdí a mi padre; en ningún momento me cubrí de luto, ni siquiera entonces sufrí ningún sentimiento de desamparo, no voy a ponerme ahora a buscar un nuevo padre: se necesitaría redimir mi historia para que yo renunciara a esa orfandad»; «Tengo que felicitarte por la proeza», dijo ella ligera, «sólo tú consigues ser al mismo tiempo huérfano y canoso… ja ja ja…» y, tergiversando lo que yo decía, su sarcasmo forjó también un sutil desdoblamiento, sugiriendo, al incluirme en la generación grisácea, que eso me atormentaba tremendamente, justo a mí, que hasta cultivaba precocidades de anciano, y la cabrona lo sabía; ella no ignoraba, según su propio comentario, ésa, mi «superilua veleidad», lo que sólo venía entonces a realzar el atrevido contorsionismo de la parrafada, tanto más si se piensa que yo tenía unos hilos blancos, cronológicos, surgidos en la disciplina del tiempo, pero que estaba lejos de tener el cabello mezclado (eran brillantes las cavilaciones de su raciocinio, sin duda que merecía felicitaciones), si bien es verdad que, brillo aparte, la burla escondía como siempre una niebla densa de sensualidad, la misma solicitud quejosa, provocadora, redundante: a ñn de cuentas, la jovencita nunca tenía suficiente de este «canoso»; yo sólo sé que continué actuando según mis cálculos, pero, soberano, reconozco que ella aún agarraba mis números por las orejas con los dedos, porque, a pesar de haberse agotado el plazo que yo mismo me concediera para la discusión, me vi enmendando a prisa —punta con punta— el hilo cortado por ella un poco antes: «Dije y repito: sería necesario redimir mi historia para que yo renunciara a esa orfandad; sé que es imposible, pero ésta sería la condición primordial; ya pasó el tiempo en que veía la convivencia como algo viable, exigiendo nada más de este bien común, piadosamente, mi quiñón-, ya pasó el tiempo en que consentía en contratos, dejando muchas cosas fuera sin ceder, a pesar de todo, en lo que me era vital, ya pasó el tiempo en que reconocía la existencia escandalosa de imaginados valores, columna vertebral de todo «orden»; pero no tuve ni siquiera el aliento necesario, y, negado el respiro, me fue impuesto el sofoco; ésta es la conciencia que me libera, es ella la que hoy me empuja, ahora son otras mis preocupaciones, hoy es otro mi universo de problemas: en un mundo estrafalario —definitivamente descolocado— tarde o temprano todo acaba reduciéndose a un punto de vista, y tú, que vives mimando las ciencias humanas, ni siquiera sospechas que estás mimando un chiste: imposible ordenar el mundo de los valores, nadie arregla la casa del diablo-, me niego pues a pensar en aquello en lo que ya no creo, sea el amor, la amistad, la familia, la iglesia, la humanidad; ¡me importa una mierda todo eso!, todavía me da pavor la existencia, pero no tengo miedo de quedarme solo, fue conscientemente que elegí el exilio, y hoy me basta el cinismo de los grandes indiferentes…»

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