George Gamow. Biografía de la Física.

mayo 29, 2012

George Gamow, Biografía de la Física
Salvat, 1971. 262 páginas.
Trad. Fernando Vela.

A Gamow le debemos muchas cosas, la más conocida la teoría del Big Bang (aunque el nombre se lo puso Hoyle para ridiculizarla lo que hizo fue hacerla más popular). Esta biografía, donde se repasa la historia de la física hasta sus días, ya la había leído, pero siempre es un placer releer a Gamow.

Porque escribe muy bien y sabe explicar con claridad y sin perder rigor los conceptos más complicados de la física. Además incluye un montón de anécdotas (algo que me encanta) y muchas de ellas vividas en primera persona, porque Gamow es parte fundamental de la historia de la física. A mí me estremece leer cosas como esta, donde se narra el origen de la energía atómica:

[…]él y su ayudante, Fritz Strassman, bombardeando uranio con neutrones, habían encontrado la presencia del bario, un elemento que está a la mitad del sistema Mendeleev. Meitner y su sobrino, Otto Firsch (dos Otto en el asunto), que había ido con ella a Estocolmo, pensaron que ello había sido el resultado de una fisión, es decir, de la desintegración en dos de un núcleo de uranio golpeado por un neutrón. Tan pronto como Bohr leyó la carta, la discusión se desvió del tema relativamente poco incitante de la conferencia para dar paso a un vivo debate sobre si la fisión del núcleo de uranio podía llevar a una liberación de energía nuclear en gran escala. Enrico Fermi, que también participaba en la conferencia, subió a la pizarra y escribió algunas fórmulas relativas a los procesos de fisión. El corresponsal de un periódico de Washington, que había estado dormitando anteriormente, despertó y comenzó a tomar notas, pero Merle Tuve, un físico nuclear de la Institución Carnegie, le señaló inmediatamente la puerta, diciéndole que la discusión era demasiado técnica para él. Este fue el primer paso en las normas de seguridad que fueron impuestas inmediatamente sobre el desarrollo de la «energía atómica». Pero lo que el periodista había oído antes de ser despedido salió en los periódicos, y a la mañana siguiente ‘el autor de este libro fue despertado por una llamada telefónica de Robert Oppenheimer desde California, que deseaba conocer qué había sucedió. Y así comenzaron las cosas.

Una lectura recomendable a todo el mundo interesado por la física. Un maestro en todos los sentidos.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (271/365)

Extractos:
Gran científico por sus descubrimientos fue también un ejemplo clásico del profesor distraído. Se dice que durante sus lecciones usaba frecuentemente el trapo con que limpiaba la tiza de la pizarra para sonarse la nariz y se cuenta que una vez, paseando por las calles de París, tomó la carrocería de un «simón»‘por una pizarra y comenzó a escribir fórmulas matemáticas en ella. Cuando el «simón’ comenzó a andar lo siguió corriendo decidido a terminar sus cálculos. Una vez, cuando Napoleón Bonaparte visitó la Academia de París, Ampére no le reconoció y Napoleón le dijo sonriendo: «Ya ve usted, señor, qué inconveniente es no ver frecuentemente a los colegas. Yo nunca le veo tampoco en las Tullerías pero yo sé cómo obligarle a ir, al menos a decirme buenos días». Y le invitó a cenar en Palacio al día siguiente. Pero al día siguiente la silla en la mesa del comedor de palacio estaba vacía: Ampére había olvidado la invitación.

Pero, después de descubrir la electrólisis, Faraday tuvo que andar buscando un empleo porque su colocación en la librería expiraba a los pocos meses. Su aspiración era trabajar con Sir Humphry Davy, el famoso qúímico, a cuyas lecciones Faraday había asistido durante su aprendizaje. Transcribía caligráficamente sus notas sobre las conferencias de Davy, añadiéndoles dibujos ejecutados de mano maestra, y las envió en un volumen elegantemente encuadernado a Sir Humphry con una petición de empleo en su laboratorio. Cuando Davy pidió el consejo de uno de los gobernadores de la Real Institución de Gran Bretaña, de la cual era director, sobre el empleo de un joven encuadernador, el hombre le dijo: «Dejadle que lave botellas. Si es algo bueno aceptará el trabajo; si lo rechaza es que no es bueno para nada.»

Otro ejemplo de la lentitud de pensamiento de Bohr era su inhabilidad para encontrar una rápida solución a los crucigramas. Una tarde, el autor fue a la casa de campo de Bohr en Tísvileleje (al norte de Jutlandia), donde Bohr había estado trabajando todo el día con su ayudante, León Rosenfeld (de Bélgica) en un importante trabajo sobre las relaciones de incertidumbre (véase más adelante). Ambos, Bohr y Rosenfeld estaban completamente agotados por el trabajo del día y, después de cenar, Bohr indicó, para descanso, resolver un crucigrama de alguna revista inglesa. La cosa no marchó muy bien y una hora más tarde, Fru Bohr («Fru» significa, en danés, «Señora») sugirió que debíamos irnos todos a dormir. Quién sabe a qué hora de la noche, Rosenfeld y yo, que compartíamos la habitación de invitados en el piso superior, fuimos despertados por unos golpes en la puerta. Saltamos de la cama preguntando: «¿Qué hay? ¿Qué ocurre?» Entonces oímos una voz apagada a través de la puerta: «Soy yo, Bohr. No quiero perturbarles, pero quiero decirles que la ciudad industrial inglesa con siete letras, que termina en ich, es Ipswich».
La expresión favorita era «No quiero decir que… pero.», y muchas veces paseaba con una revista abierta en las manos diciendo: «No quiero criticar, pero quisiera comprender cómo un hombre puede escribir tales absurdos».
Otra anécdota sobre Niels Bohr antes de tratar su teoría del átomo. Una vez, ya tarde, por la noche (hacia las once por los relojes de Copenhague), el autor volvía con Bohr, Fru Bohr y un físico holandés, Cas Casimir, de una cena dada por uno de los miembros del Instituto de Bohr. Cas era un experto escalador de fachadas, y a menudo podía vérsele en la biblioteca del Instituto encaramado cerca del techo en lo alto de los estantes de libros con un libro en la mano y las dos piernas estiradas a lo largo. íbamos por una calle desierta y pasamos al lado del edificio de un Banco. La fachada del Banco, formada por grandes bloques de cemento, llamó la atención de Casimir y escaló dos pisos. Cuando bajó, Bohr quiso igualar la hazaña y ascendió lentamente por la fachada del Banco. Algo confusos, Fru Bohr, Casimir y yo, estábamos debajo observando la lenta ascensión de Bohr por la pared. En este momento, dos guardias de la ronda de noche se aproximaron rápidamente por detrás, dispuestos a la acción. Miraron a Bohr, que pendía entre el primero y segundo piso, y uno de ellos dijo: «Oh, no es más que el profesor Bohr», y ya completamente tranquilos, siguieron su camino.

Una vez, durante un período de preguntas después de una conferencia de Dirac en la Universidad de Toronto, un profesor canadiense entre el auditorio levantó su mano. «Señor Dirac, dijo, no comprendo cómo usted puede deducir esa fórmula que está en el ángulo superior de la izquierda de la pizarra.» «Eso —dijo Dirac— es una manifestación, no una pregunta. Venga la pregunta siguiente, por favor. ‘

Como ya es costumbre citar en este libro pequeñas anécdotas sobre los grandes físicos y como Enrico Fermi fue uno de los físicos más eminentes de nuestro tiempo, he aquí una anécdota basada en sus propias palabras. Por sus primeros descubrimientos en el campo de la física fue elegido miembro de la Real Academia Italiana de Ciencias y le fue concedido el título de Eccellenya por Benito Mussolini. Una vez conducía su pequeño Fiat para ir a una reunión de la Academia que sería presidida por el propio Mussolini, de manera que las puertas principales estaban guardadas por dos carabinieri. Estos cruzaron sus fusiles ante el pequeño coche y le preguntaron quién era. «No me creerán si les digo que yo soy un Eccellenza —pensó Fermi— porque todos los que son Eccellenza parecen mucho más solemnes y viajan en grandes coches conducidos por chóferes. Así, sonrió a los carahinieri y les dijo que era el chófer de Eccellenza Fermi. Esto produjo el efecto deseado y en consecuencia le dejaron entrar y esperar hasta que su señor saliera de la reunión.

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