Álvaro Cunqueiro. Un hombre que se parecía a Orestes.

junio 23, 2014

Álvaro Cunqueiro, Un hombre que se parecía a Orestes
Destino, 1969. 246 páginas.

Cuanto más leo a Cunqueiro, más me gusta. Su personal estilo es inclasificable, aunque algunos hayan querido ver en él un precursor del realismo mágico, es más un heredero de los cuentos medievales e incluso clásicos.

Como clásico es el mito de Orestes, que recrea aquí en tres bloques diferenciados. En el primero un extranjero que podría ser Orestes ha llegado al reino de Egisto, en el segundo Egisto y Clitemnestra viven angustiados por la posible llegada del vengador y en la tercera y última Orestes parece no decidirse nunca a ejecutar su terrible venganza. Porque como se dice en el libro ¡Hay muchas vidas, querido amigo!.

En Cunqueiro el camino entre dos puntos nunca es el más corto. Siempre hay tiempo para desviarse y ver un nuevo paisaje y contar una historia paralela. Para preguntarse por la suerte de tal o cual personaje secundario que también tiene derecho a su momento de gloria. Para perderse en un laberinto de palabras sin querer buscar la salida. Sólo en sus libros, después de contar una historia sobre centauros, puede alguien de la concurrencia preguntar si tienen ombligo de humano o de caballo.

Una delicia. Más reseñas aquí: Un Hombre que se Parecía a Orestes, de Álvaro Cunqueiro y ALVARO CUNQUEIRO: UN HOMBRE QUE SE PARECÍA A ORESTES . Como siempre les dejo una muestra, leanla con cariño.

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
MADRUGANDO al siguiente día para ir hacia el puerto, que un campesino que llevaba al mercado dos sacos de manzanas, bien estibados en las parihuelas de su asno, avisó que se avistaba navio griego, antes de montar hizo Egisto un aparte con Eumón, y recordándole su discurso de la noche pasada, le preguntó si creía verdaderamente que el muerto de la escalera de palacio era Orestes.
—El vino me hizo confuso parlanchín, amigo Egisto, y me limité a decir en voz alta mis más secretas deliberaciones. En mi país paso por intelectual escéptico, y no veas en mis palabras de ayer otra cosa que no sea un intento de ayudarte a hacer más llevadera tu terrible espera. El muerto puede ser Orestes, o no serlo. Lo que importa es que tú tengas la seguridad, o la esperanza, de que lo haya sido. Unos días estarás cierto de ello, y otros no. Pero, con las dudas, tu vida será diferente. Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas, querido coleea. La filosofía no consiste en saber si son más reales las manzanas de ese labriego o las que yo sueño, sino en saber cuál de las dos tienen más dulce aroma. Pero esto es arte mayor. Bástete saber que tu vida será diferente con las dudas, como te decía, y que si es lo mismo morir de Orestes que de una
fiebre sabatina, a la fiebre no la tienes por visita irremediable.


—¿Y tu don escocés encontró centauros? —preguntó uno de los ayudantes de pompa de Eumón, el más flaco y pequeño, buen cabalgador, que respondía por Cirilo.
—No encontró centauros vivos mi amo don escocés, pero en la cueva en la que tuvo que refugiarse un día de horrible tempestad halló el esqueleto de uno, y pasamos allí dos semanas lavando los huesos y numerándolos, y eran en total ciento nueve, y mi amo decía que aquella cifra contradecía la ciencia anatómica paduana, de lo que parecía muy satisfecho. Se llevó el esqueleto en tres cajas precintadas, y me dejó de recuerdo seis agujas de calcetar y una gorra a cuadros rojos y verdes, que mucho sentí perderla, que un día en que paseaba por el muelle vino una ventolada súbitamente y me la arrancó de la cabeza, llevándola al mar.
El oficial Cirilo pidió permiso a Eumón para contar una historia, a lo que el rey accedió gustoso. Estaban todos sentados en sus cojines alrededor del fuego, haciéndose lenguas de la generosidad de Ragel, pródigo ahora en limonada y en melones dulces, y Egisto había llamado a su vera a su oficial de inventario, que parecía mustio y distraído, como que estuviese pensando en cosas que pasaban a mil leguas. No se quitaba el ancho sombrero marrón con toquilla carmesí, cuyas alas le ensombrecían medio rostro, y en el viaje se retrasaba siempre un poco, evitando la conversación con los ayudantes tracios. Gastaba bigote, rubio, espeso y caído, y tenía las manos muy blancas. El sirio Ragel alimentó ,el fuego con unas astillas de roble bravo y virutas de aliso, que se consumen en azul. Y Cirilo contó:
—En un valle entre montañas, en mi país natal, nació un niño cuyas orejas, siendo nuestra nación ya abastecida de ellas en exceso, sorprendieron por lo grandes, peludas y puntiagudas, y desde que el niño nació, las orejas no cesaban de crecer, tanto que cuando el crío fue destetado, y entre nosotros se usa hacerlo al año justo, las orejas eran mayores que todo el cuerpo y le caían como dos alas negras hasta el suelo. Para que el infante aprendiese a andar, discurrieron ponerle un artilugio en el cuello, que era un aro de madera del que salían dos varas, y a éstas se ataban las orejas. Pero el niño, que aprender aprendió a caminar, se cansaba, y habiendo ido a verlo, por las noticias que le llegaron del caso, el gobernador de la provincia le regaló un caballito enano. El niño, bien atado a su bayo, hacía su vida montado, comiendo y aprendiendo el alfabeto, apurando las necesidades en vejigas, haciendo recados, y finalmente durmiendo sin apearse, que buscó el truco de que el caballito se echase de panza, apoyada la cabeza en un haz de paja, con lo cual el niño, que se llamaba Critón, podía desbruzarse como en almohada de cama. Se comentaba el asunto en todo el país, y los padres de Critón decidieron cobrar a los que llegaban curiosos a ver el teratillo, a quien ya llamaban el centauro de Tracia. Y de boca de pastores, un día de viento favorable, debió de llegar a un campo de centauros veros la noticia de que había uno de muestra en un valle de Tracia, y el cabeza de los centauros mandó hacer un censo por si se había traspelado alguno, y no, que estaban todos en el campo; visto esto se pasó a averiguar cuál centauro se había deslizado hasta mi valle en busca de moza, sin dar parte a una oficina que hay entre ellos, que concede salvoconductos para incumplir el sexto con humanas de religión ortodoxa, que para las otras hay libertad. Y por un pastor viejo que era apreciado entre centauros por haberles enseñado a distinguir las hierbas purgantes y a silbar en caramillo de juncos, y regalado un plano de París de noche, pidieron permiso aquéllos para enviar un embajador a reconocer a su congénere. Concedido éste, una mañana galopó hasta mi aldea un hermoso centauro, la capa hípica de percherón normando y la parte humanal pilosa en trigueño, el rostro bien barbado y noble, los ojos claros y la cabellera trenzada sobre la nuca. Fue bien recibido, aceptó una jarra de cerveza, y se le explicó por el alcalde de barrio que no era tal centauro lo que había, que eso era hipérbole como anuncio de barraca de feria, y que lo que había era un niño orejudo y un bayo enano. Sin perder el centauro la cortesía, pero notándosele el cabreo, rogó que se olvidasen de llamar centauro de Tracia a aquella anormalidad, que la palabra centauro era marca registrada en Hornero y en Plinio, entre otros, y que no podía usarse a capricho, y que lo que era un centauro, bien a la vista estaba. Hizo muestras de trote y de galope, tendió el arco, relinchó, y después de hacer unos pasos de escuela española, se sostuvo en el aire, apoyándose en el erecto miembro jaspeado. Y se fue, saludando a las mujeres que aplaudían. Yo estaba allí, encaramado a una cerca de madera, y no le quité ojo durante toda la embajada. ¡No se me olvidará nunca!
—A mi patrón escocés, que se llamaba sir Andrea, le preocupaba dónde tendrían los centauros el ombligo, si en el vientre humano o en el caballar. ¿ Pudiste fijarte en ello?
—Me fijé. Los centauros tienen el ombligo en su vientre humano.


—Yo tenía que matar al segundo marido de mi madre, porque andaba a escondidas enamorando a una hermana mía. Salí de la ciudad para prepararme para el crimen, para poder estudiar el asunto, atando todos los puntos, no fallase el golpe. El calor de la sangre moza me traía otros pensamientos, pero tres veces al día recibía una señal de mi madre, unos hilos rojos atados a una punta de flecha. Sí, lo mataría con flecha. Tenía que terminar con aquel asunto, quería dedicar mi vida a otras cosas. Pero mi ayo me decía que no podría, que sería peor después de la venganza, que andarían voces volando tras de mí, acusándome del crimen.
»—No dormirás, no hallarás casa fija, te mirarán como a un leproso. ¡ Serás un perpetuo vagabundo! ¡Y no serás un hombre justo si dejas con vida a tu hermanilla!
Bebió de un golpe toda la nieve que quedaba en el fondo de la copa.
—No, no sería un hombre justo.
—¿Te vengaste? —preguntó Orestes.
—Todo salió de muy diferente manera de cómo yo imaginaba. Me entrené en el arco, y cuando me hallé maestro, volví a la ciudad en busca del padrastro. Era la hora en que él acostumbraba a salir del baño. Tenía siete espejos y se iba mirando en ellos mientras se paseaba secándose. Se detuvo un momento y se inclinó, para mejor secarse una pantorrilla. Tendí el arco y disparé la flecha contra su cuello. Me había equivocado. No le había disparado a él, sino a su imagen, reflejada en uno de los espejos. Asomó la cabeza, me vio, y se echó a reír. Reía con sonoras carcajadas, arrastrando la toalla, desnudo, pegando saltos, sin miedo de una segunda flecha mía. Reía y gritaba, acudieron esclavos, acudió mi madre. Mi padrastro reía y reía, no podía dejar de reír, se ponía rojo, y de pronto quedó serio, mirándome fijamente, dio un paso hacia mí y cayó muerto. Su cabeza rebotó en el mármol. Le salía sangre por la boca y por las narices. Yo dije que había entrado a mostrarle mi arte en flechas, y que lo había encontrado en aquel ataque. Le echaron la culpa a que había comido higos por la mañana, y no había hecho la digestión. Y dieron la muerte por natural. Y pese a ello yo tenía la amarga certeza de haberle dado muerte. Lo peor era que, aunque vengador, no podía exhibirme como tal, desterrado ritual en cortes extranjeras. ¿Y cómo iba a castigar a mi hermana? Mi madre me pedía que la ahorcase, que ella iría a tomar las aguas a un balneario de la montaña, y mientras tanto yo la ahorcaba. Me dejó la cuerda, una trenza flamenca de tres cabos, dos amarillos y uno blanco, que hacía muy fino.
»—¡Volveré dentro de quince días! —me dijo mi madre al despedirse.
«Encontré a mi hermana en el jardín, con las manos cruzadas sobre el vientre, mascando un tallo de avena loca, los ojos cerrados. Y en aquel momento tuve la intuición de que estaba preñada.
»—¿Para cuándo? —le pregunté—. ¿Para cuándo el niño?
»Me miró asombrada, y se echó a llorar.
»—Para la vendimia —dijo.
»—Te buscaré marido —afirmé.
»— ¡ Ya lo tengo! ¡ Ya me lo tenía buscado el difunto!
«Así era. Ya le tenía buscado el difunto un marido, un gentilhombre campesino, que llegó a pedir la mano saludando desde lejos con un sombrero verde. Me cogió del brazo, y me dijo que no podíamos negarle la niña, que ya sabía yo su estado, y que perdonase el desliz, pero que a la muchacha le había caído el pañuelo al camino y él se encaramó a la muralla de la huerta para devolvérselo. Hubo boda. Mi madre no quiso asistir, se negó a chupar los caramelos que mandó el yerno, y decía que se había quedado sin hija. Pero, unos meses más tarde, lloraba de alegría acunando el retoño.
Sonrió, recordando la estampa de la abuela y el nieto.
—Por eso —le dijo a Orestes— te pido que lo dejes por algún tiempo. Quédate aquí domando caballos. Tengo hijas y sobrinas en edad de casar. Puedes elegir la que más te guste. Si te asomas esta noche a la ventana de la cámara que he ordenado disponer para ti, las verás en el patio, jugando al diávolo. ¡Hay muchas vidas, querido amigo!

Un comentario

  • Sílvia junio 23, 2014en8:56 am

    Quin gran escriptor Alvaro Cunqueiro!!!! fa anys vaig tenir la meva època cunqueriana i el recordo com uns del millors que jo he llegit.

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